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La Breve Vida Feliz de Francis Macomber

La Breve Vida Feliz de Francis Macomber

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07/07/2014

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La breve vida feliz de Francis Macomber Ernest HemingwayÉsta es mi traducción del texto original que circula en la red. Espero que les sea útil aquienes no han podido leer este excelente cuento, y que sepan disculpar los errores queencuentren y me los hagan saber, así como sus comentarios. Si tienen. Como sea, nohay otra.Era la hora de almorzar y todos estaban sentados bajo el doble toldo verde de la tienda-comedor, pretendiendo que nada había sucedido. —¿Quiere jugo de lima o limonada? —preguntó Macomber. —Lima con ginebra —le contestó Robert Wilson. —Para mí también. Necesito algo fuerte —dijo la esposa de Macomber. —Supongo que está bien —concedió Macomber—. Dígale que prepare tres limas conginebra.El mozo ya había empezado a prepararlos, sacando las botellas de las bolsasrefrigerantes de lona bañadas en sudor en el viento que soplaba a través de los árbolesque hacían sombra a las tiendas. —¿Cuánto debería darles? —preguntó Macomber. —Una libra será suficiente —le dijo Wilson—. No querrá malacostumbrarlos. —¿El jefe lo repartirá? —Absolutamente.Media hora antes, Francis Macomber había sido llevado en triunfo hasta su tiendadesde el borde del campamento en los brazos y hombros del cocinero, los ayudantes, eldesollador y los cargadores. Los porteadores de armas no habían tomado parte en lacelebración. Cuando los nativos lo bajaron a la entrada de su tienda, les estrechó lasmanos a todos, recibió sus felicitaciones y luego entró en la tienda y se sentó en lacama hasta que entró su esposa. Ella no le habló al entrar y él salió inmediatamente para lavarse la cara y las manos en el lavatorio portátil que estaba afuera y luegodirigirse a la tienda-comedor para sentarse en una confortable silla de lona en la brisa yla sombra. —Ya tiene su león —le dijo Robert Wilson—. Y uno condenadamente bueno, además.La señora Macomber miró a Robert Wilson rápidamente. Era una mujer extremadamente atractiva y bien conservada, perteneciente a la alta y bella sociedad,que, cinco años antes, había cobrado cinco mil dólares para patrocinar, con fotografías,un producto de belleza que nunca había usado. Había estado casada con FrancisMacomber once años. —Es un magnifico león, ¿no es así? —dijo Macomber. Su esposa lo miró ahora.Miraba a ambos hombres como si nunca antes los hubiera visto.A uno, a Wilson, el cazador blanco, ella sabía que verdaderamente nunca lo había vistoantes. Era de estatura mediana con pelo castaño encendido, bigote recortado, un rostromuy colorado y ojos azules extremadamente fríos con ligeras arrugas blancas en lasesquinas que se volvían surcos agradables cuando sonreía. Él le sonreía ahora y ellaapartó la vista de su rostro para fijarse en la forma en que sus hombros descendíandentro de la camisa suelta que vestía con cuatro grandes cartuchos sostenidos por tirillas en donde debería haber estado el bolsillo izquierdo del pecho, en sus grandesmanos bronceadas, sus viejos pantalones sueltos, sus botas muy sucias, y de nuevo ensu rostro colorado. Se percató de que el intenso bronceado de su cara terminaba en unalínea blanca que marcaba el círculo dejado por su sombrero Stetson que colgaba ahorade uno de los ganchos del soporte principal de la tienda. —¡Bueno, por el león! —dijo Robert Wilson. Le sonrió a la mujer de nuevo y, sinsonreír, ella miró con curiosidad a su esposo.Francis Macomber era muy alto, de muy buena complexión si no se tenía en cuenta esalongitud de huesos, moreno, cabello corto de remero, más bien de labios delgados, y selo consideraba atractivo. Vestía el mismo tipo de ropa de safari que Wilson, exceptoque las suyas eran nuevas, tenía treinta y cinco años, se mantenía en muy buena forma,era bueno en juegos de campo, tenía un buen número de récords de pesca de altura yacababa de mostrarse, muy en público, como un cobarde. —¡Por el león! —dijo—. Nunca podré agradecerle lo que hizo.Margaret, su esposa, dejó de mirarlo y miró de nuevo a Wilson. —No hablemos del león —dijo.Wilson la miró sin sonreír, y ahora ella le sonrió. —Ha sido un día muy extraño —dijo ella—. ¿No tendría que ponerse el sombreroincluso bajo la tienda al mediodía? Usted me lo dijo, ¿recuerda? —Debería —dijo Wilson. —Usted tiene un rostro muy colorado, señor Wilson, ¿sabe? —le dijo, y le sonriónuevamente. —La bebida —dijo Wilson. —No lo creo —dijo ella—. Francis toma en gran cantidad, pero su cara nunca se poneroja. —Hoy está roja —trató de bromear Macomber. —No —dijo Margaret—. La mía es la que hoy está roja. Pero el señor Wilson siempreestá colorado. —Debe ser racial —dijo Wilson—. Digo, ¿no pretenderá que hablemos de misatractivos, verdad? —Apenas acabo de empezar. —Dejémoslo ahí —dijo Wilson. —Va a ser difícil encontrar de qué hablar —dijo Margaret. —No seas tonta, Margot —dijo su esposo. —No será difícil —dijo Wilson—. Tenemos un león condenadamente bueno.Margot los miró a ambos y ellos vieron que iba a llorar. Wilson lo había visto venir por largo rato y lo temía. Macomber lo temía mucho más.
 
 —Desearía que nunca hubiera ocurrido. ¡Oh, desearía que nunca hubiera ocurrido! — dijo ella, y se dirigió a su tienda. No se escuchaba su llanto, pero ellos podían ver quesus hombros se sacudían bajo la rosada blusa a prueba de sol que vestía. —Cosas de mujeres —dijo Wilson al hombre alto—. No tienen importancia. Tensiónen los nervios o si no es una cosa es otra. —No —dijo Macomber—. Supongo que tendré que soportar eso por el resto de mivida. —Tonterías. Echémosle un vistazo al gran depredador —dijo Wilson—. Olvide todo elasunto. De todas maneras, no se puede hacer nada. —Podemos intentarlo —dijo Macomber—. Pero no olvidaré lo que hizo por mí. —Nada —dijo Wilson—. Son todas tonterías.Se sentaron entonces en la sombra, en la parte del campamento tendida bajo unasacacias de amplias copas con un risco sembrado de peñascos detrás y una extensión dehierba que llegaba hasta la orilla de un arroyo lleno de piedras redondas al frente conun bosque más allá, y tomaron sus bebidas de lima apenas frías evitando ambos losojos del otro mientras todos los muchachos ahora ya lo sabían y cuando vio al ayuda personal de Macomber mirando con curiosidad a su amo mientras ponía los platos enla mesa le espetó unas palabras en suahili. El muchacho se retiró con la cara lívida. —¿Qué le dijo? —preguntó Macomber. —Nada. Le dije que se avivara o me encargaría de que recibiera quince de los buenos. —¿Qué? ¿Latigazos? —No es muy legal —dijo Wilson—. Se supone que los multe. —¿Aún los hace azotar? —Oh, claro. Podrían causar problemas si se quejaran. Pero no lo hacen. Lo prefieren alas multas. —¡Qué extraño! —dijo Macomber. —No es extraño, en realidad —dijo Wilson—. ¿Qué preferiría? ¿Recibir una buenazurra o perder su paga?Luego se sintió avergonzado de haberlo preguntado y antes de que Macomber pudieracontestar, prosiguió: —Todos recibimos una paliza cada día, ¿sabe?, de una forma u otra.Peor. “Buen Dios” —pensó—. “Soy todo un diplomático, ¿no?” —Sí, todos recibimos una paliza —dijo Macomber, aún sin mirarlo—. Lamento profundamente el asunto del león. No tiene que ir más lejos, ¿verdad? Quiero decir,nadie se va a enterar, ¿no es así? —¿Quiere decir si iré a contarlo en el Club Mathaiga?Ahora Wilson lo miró fríamente. No se había esperado esto. Así que es un malditohombre de cuatro caras aparte de ser un maldito cobarde, pensó. Casi me caía bienhasta hoy. ¿Pero qué se puede esperar de un norteamericano? —No —dijo Wilson—. Soy un cazador profesional. Nunca hablamos de nuestrosclientes. No tiene que preocuparse por eso. Pero se supone que pedirnos que nohablemos es una ofensa.Para entonces había llegado a la conclusión de que el rompimiento sería mucho mássencillo. Entonces comería a solas y podría leer un libro con sus comidas. Elloscomerían por su cuenta. Se tratarían el resto del safari de una manera muy formal — ¿cómo lo llamaban los franceses? Consideración distinguida—, y sería muchísimo másllevadero que tener que soportar toda esa basura emocional. Lo insultaría y romperíanclara y limpiamente. Luego podría leer un libro con sus comidas y aún estaría bebiendo de su whisky. Así se decía cuando un safari se echaba a perder. Uno setopaba con otro cazador blanco y le preguntaba: “¿Cómo va todo?”, y el otrorespondía: “Oh, aún estoy bebiendo de su whisky”, y uno sabía que todo se había idoal diablo. —Lo siento —dijo Macomber, y lo miró con su cara norteamericana que permaneceríaadolescente hasta la madurez, y Wilson reparó en su pelo corto, en sus ojos sóloligeramente deshonestos, buena nariz, labios delgados y atractivo mentón—. Lamentono haberme dado cuenta. Hay montones de cosas que no sé.Qué se puede hacer entonces, pensó Wilson. Estaba completamente listo para romper rápida y limpiamente y el tipo este se disculpaba después de que acababa de insultarlo.Lo intentó una vez más. —No se preocupe de que lo vaya a contar —dijo—. Tengo que ganarme la vida.Además, en África una mujer jamás deja escapar su león y un hombre blanco jamás seecha para atrás. —Yo me eché para atrás como un conejo —dijo Macomber.Ahora qué diablos se puede hacer con un hombre que habla así, se preguntó Wilson.Miró a Macomber con sus inexpresivos ojos azules y el otro le sonrió. Tenía unasonrisa agradable si uno no se daba cuenta de cómo lo delataban sus ojos cuandoestaba herido. —Tal vez pueda reivindicarme con los búfalos —dijo—. Es lo que viene ahora, ¿no? —Por la mañana, si quiere —le dijo Wilson. Tal vez se había equivocado. Sin dudaésta era la mejor manera de llevar las cosas. Ciertamente nunca se puede decir ningunamaldita cosa sobre un norteamericano. Estaba completamente del lado de Macomber otra vez. Si pudiera olvidar la mañana. Pero, desde luego, no podía. La mañana habíasido todo lo mala que podía ser.
 
 —Aquí viene la memsahib —dijo. Ella venía de su tienda luciendo refrescada yanimada y casi adorable. Tenía un rostro perfectamente ovalado, tanto que se esperaríaque fuera estúpida. Pero no era estúpida, pensó Wilson, no, para nada estúpida. —¿Cómo está el hermoso y colorado señor Wilson? ¿Te sientes mejor, Francis, perlamía? —Mucho mejor —dijo Macomber. —Voy a olvidar todo el asunto —dijo, sentándose a la mesa—. ¿Qué importancia tienesi Francis es bueno o no matando leones? No es su negocio. Es el negocio del señor Wilson. El señor Wilson es realmente muy impresionante matando cualquier cosa.Usted mata cualquier cosa, ¿no es así? —Oh, cualquier cosa —dijo Wilson—. Simplemente cualquier cosa.Ellas son, pensó, las más difíciles en el mundo; las más duras, las más crueles, las másdepredadoras y las más atractivas y sus hombres se ablandan o acaban con los nerviosdestrozados mientras ellas se hacen fuertes. ¿O es que escogen hombres que puedanmanejar? No pueden saber tanto a la edad en que se casan, pensó. Estaba agradecido deya haber culminado su educación en mujeres norteamericanas, porque ésta era muyatractiva. —Vamos a ir por búfalos en la mañana —le dijo. —Yo también voy —dijo ella. —No, usted no. —Oh, claro que voy. ¿No es así, Francis? —¿Por qué no se queda en el campamento? —Por nada del mundo —dijo ella—. No me perdería algo como lo de hoy por nada delmundo.Cuando se fue, pensaba Wilson, cuando se ocultó para llorar, parecía una buenísimamujer. Parecía comprender, darse cuenta, estar lastimada por él y por ella misma ysaber cómo eran las cosas en realidad. Desaparece veinte minutos y simplementeregresa recubierta de esa femenina crueldad norteamericana. Son las mujeres másletales. Realmente las más letales. —Montaremos otro espectáculo para ti mañana —dijo Francis Macomber. —Usted no viene —dijo Wilson. —Está muy equivocado —le dijo ella—. ¡Quiero tanto verlo actuar otra vez! Estamañana estuvo adorable. Eso si volarle la cabeza a una cosa puede ser adorable. —Aquí está el almuerzo —dijo Wilson—. Está muy contenta, ¿no? —¿Por qué no? No vine aquí para aburrirme. —Bueno, hasta ahora no ha sido aburrido —dijo Wilson. Podía ver las piedrasredondas en el río y más allá la elevada rivera con árboles y recordó la mañana. —Oh, no —dijo ella—. Ha sido encantador. Y mañana. No sabe cómo espero quellegue mañana. —Eso que le ofrecen es antílope —dijo Wilson. —¿Son esas grandes cosas que parecen vacas y saltan como liebres, no? —Supongo que eso las describe —dijo Wilson. —Es muy buena carne —dijo Macomber. —Sí. —¿No son peligrosas, no? —Sólo si le caen encima —le dijo Wilson. —¡Qué alivio! —¿Por qué no dejas un poco el sarcasmo, Margot? —dijo Macomber, cortando el bistec de antílope y poniendo un poco de puré de patatas, salsa y zanahoria en eltenedor curvado hacia abajo que atravesaba el bocado de carne. —Supongo que puedo —dijo ella—, ya que lo pides tan amablemente. —Esta noche tomaremos champán por el león —dijo Wilson—. Es un poco caluroso almediodía. —¡Oh, el león! —dijo Margot—. ¡Había olvidado el león!

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