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Como Escapar Del Estress y Tener Una Vida Feliz - Pilar Sordo

Como Escapar Del Estress y Tener Una Vida Feliz - Pilar Sordo

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12/30/2013

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Charla de Pilar Sordo:
Cómo escapar del estrés y tener una vida más feliz
Cuando me pidieron generar esta reflexión en este seminario, lo primero que hice fue preguntarme si yo misma me había hecho el examen de mama. Y gracias a Dios este año tengo que decir que sí, así es que estoy siendo consecuente. Si no, debería haber partido diciendo:
tendría que habérmelo hecho la semana pasada.
 Creo que es fundamental establecer la prevención de una enfermedad como el cáncer de mama. Vengo llegando de Colombia, donde estuve tres semanas dando conferencias, y allá también estaban en plena campaña de prevención de este mal. Ellos tenían una frase que decía: “Ojalá el examen de mama no “se-nos” olvide…” Y me pareció que era de una simpleza maravillosa, y que tenía que ver con el recuerdo de cómo prevenir y cómo jugar con las palabras para que logremos cuidarnos. Cuidarnos es algo que parece costarnos tanto a las mujeres… Creo que pasamos más en las consultas de los médicos con nuestros hijos, en la de los dentistas, fonoaudiólogos; acompañamos al marido cuando le toca el examen de próstata u otras cosas. Pero a nosotras nos cuesta tanto tener conciencia de salud, cuidarnos. Es como que nuestro motor interno sicológico siempre estuviera orientado hacia los otros, y eso va generando una despreocupación. A la estructura femenina, más que a la masculina, le cuesta mucho entender que si ella está bien, su mundo funciona mejor. Y eso no está alimentado en un criterio egoísta, al contrario: está fundamentado en una sana concepción del amor. En la medida en que logro quererme, logro cuidarme, y tengo avalada esta estructura interna en mi autocuidado, voy a poder entregarme mucho mejor a los que amo, de una forma mucho más libre. He atendido durante mucho tiempo a mujeres con cáncer de mama. Partí mi carrera  profesional trabajando con muchos ginecólogos y obstetras relacionados a este tema dentro de la Quinta Región y después en Santiago, y siempre me encuentro con la realidad emocional de esas mujeres que explica por qué no aprendieron a cuidarse, a prevenir, a detectar que era necesario. En ellas dominó el “para qué, si lo puedo hacer el próximo año”. “Qué más da un año más, o uno menos”, con una nula conciencia de sentir que, en la medida en que me cuido, entrego lo mejor de mí. Probablemente, esta sensación de no cuidarse tiene que ver con algo que yo ya he mencionado en mi libro “Viva la diferencia”, que es este principio sicológico que moviliza a todas las mujeres, y que es la obsesión por sentirnos necesarias. Como nos encanta sentirnos necesarias y necesitadas por los demás –incluso para algunas mujeres es necesario sentirse imprescindibles e indispensables–, estamos permanentemente dando más hacia fuera que hacia nosotras mismas. No es menor que una mujer, cuando se separa, tiende a  preocuparse estéticamente de ella como nunca lo hizo antes, y eso tiene que ver con que  pareciera ser que por alguna razón recupera tiempo, y en ese tiempo que recupera da la sensación de que ahora sí puede preocuparse por ella; entonces, hace cosas que antes no había hecho.  Nos cuesta manejar tantas variables: casa, hijos, trabajo, porque a mi juicio las estamos viendo como realidades separadas. En general, no coincido mucho con seguir hablando de lo que es conciliación trabajo-familia, porque cuando hablo de “conciliación”, estoy enfrentando a dos mundos que son opuestos, y yo creo que la vida es una sola, que uno debiera manejarse y oscilar por esa vida con cierta continuidad, y no con la sensación de que me fragmento, me corto desde la casa al trabajo y desde el trabajo a la casa. Debiera
 
ser algo más continuo, permanente, y eso tiene que ver con el estrés, con cómo estamos disfrutando de la vida y de las cosas que hacemos. Cuánto de verdad sentimos –y decimos– que estamos disfrutando de todas las selecciones que hacemos, cuánto nos cuesta a las mujeres que trabajamos afuera decir que nos gusta trabajar afuera, y cuánto les cuesta a las mujeres que trabajan adentro decir que disfrutan estando dentro de sus casas. Cuánto cuesta decir que lo pasamos bien teniendo obligaciones. Nuestras verbalizaciones son siempre de carga, de agobio: “estoy agotada”, “estoy cansada”. De alguna manera, esa sensación verbalizada hace que yo cada vez me sienta peor, si yo digo todo el día que estoy cansada, más cansada me siento. Esa sensación de agobio hace que la responsabilidad en Chile sea asimilada a la sensación de cansancio. Acabo de terminar un pequeño estudio con escolares, para responder una pregunta tan simple como ¿por qué los niños no disfrutan yendo a clases? ¿Por qué los universitarios no van contentos a clases cuando, para peor, ellos eligieron lo que están haciendo? ¡Porque en su vida han visto a sus padres irse contentos a sus trabajos! Porque objetivamente nosotros salimos con cara larga de la casa y volvemos a la casa con la cara larga. Porque la responsabilidad está asociada al agobio, a la lata, al cansancio. Por eso decimos: “Gracias a Dios es viernes”… ¿y en qué estuvimos de lunes a jueves? Uno debiera suponer que la vida es un continuo en mi proceso de aprendizaje, donde debo tener la capacidad de ir disfrutando y de ir expresando lo que me va pasando,  pero en un sentido que aporte a mi salud. Y eso pasa por cambiar las verbalizaciones,  porque lo que nosotros hablamos refleja cómo pensamos, y el cómo pensamos es lo que a la larga termina generándonos enfermedades. Hay un estudio maravilloso en Japón, que aparece en la película “Y tú, ¿qué sabes?” que se hizo con moléculas de agua, a las cuales se les hablaba y se les decía, a un grupo de ellas, sólo cosas positivas:
Tú eres sana, tú te vas a mejorar, tú eres linda, tú puedes, eres capaz, te felicito, muchas gracias, te lo agradezco, yo te quiero.
Al otro grupo de moléculas se les dijo sólo cosas negativas:
Tú no  puedes, tú no vas a ser capaz, estás destinada al fracaso, no te va a resultar.
 La investigación concluyó que la composición de esas moléculas de agua cambió, y era muy distinta la de las moléculas de agua a las cuales se les había hablado positivamente, a las moléculas de agua a las cuales se les había dicho cosas negativas. Nosotros, los seres humanos, somos en más de un 70% agua… Por lo tanto, empiecen a deducir lo que comienza a pasar en nuestro cuerpo cuando decimos: “Soy tonta”, “estoy cansada”, o “estoy deprimida”, “esto no va a resultar”. Yo siempre les digo a las mujeres: ¿Cómo no nos vamos a estar enfermando de cáncer cérvico-uterino y de cáncer mamario, si desde los 13 años estamos entrenadas para decir una vez al mes, durante cuatro días promedio, “estoy enferma”?. ¡Al final el cuello del útero me tiene que hacer caso, si llevo treinta años dándole la instrucción de que estoy enferma, de que me siento mal! Esa sensación de decir que estoy enferma por tanto tiempo, termina por asociar la menstruación y todos los órganos femeninos a algo que es negativo, que duele, que molesta, que no es grato, que si pudiera evitar sería fantástico, algo que es un cacho. Y, objetivamente, con esa cantidad de rotulaciones del mundo que hacemos sobre el hecho de ser mujer, es mucho más probable que estas enfermedades aparezcan en la incidencia en que aparecen.  No sería así si nosotras las mujeres aprendiéramos a sentirnos más orgullosas de ser mujeres, si no tuviéramos la sensación de que tener guagua es una especie de película de terror, si no asociáramos ideas negativas al útero y al busto, o a las secreciones. Cada vez que las mujeres hablamos de flujo vaginal, de leche, hacemos una sensación de asco, y eso
 
implica tener poco amor a lo que somos, cuando eso es lo que permite entregar vida. Si no cambiamos la forma de pensar acerca de nosotras, vamos a seguir generando situaciones de enfermedad, o de retención de emociones. En el “Viva la diferencia”, yo decía que las mujeres somos eminentemente retentivas, que lo femenino es eminentemente retentivo. Que somos buenas para guardar cosas, nos cuesta mucho botar: guardamos comida, ropa, recuerdos, boletos de micro, pétalos de flores, fotos, millones de cosas que tienen que ver con este aspecto de retención, y que también tiene que ver con la memoria. Las mujeres tenemos una estupenda memoria emocional, y nos acordamos de todas las cosas que nos han hecho. Esa sensación de retener, de guardar, y de ser retentivas con la expresión verbal –que tiene que ver con lo preguntonas que somos las mujeres: ¿me quieres? ¿qué te pasa? ¿qué hicieron? ¿dónde estuviste? ¿y de qué hablaron?... preguntas que a los hombres les encanta responder…–, se relacionan con un nivel de retención que, cuando deja de ser sano, va a generar una mujer a la que le cuesta mucho soltar, y que va a empezar a guardar dolores, rencores, y a no ser capaz de expresar mucho. Las mujeres somos estupendas para hablar –de hecho, yo en una investigación  pruebo que las mujeres hablamos alrededor de 27 mil palabras diarias–, pero generalmente, cuando estamos pasando por cosas graves, nos quedamos calladas. Si a una mujer le están  pegando, esa mujer no cuenta. Si hay una mujer de la que están abusando económicamente, o ella está permitiendo que abusen, en términos estrictos, tampoco va a contar que están  permitiendo que abusen. Tampoco contamos esas cosas. Primero, porque tenemos la sensación de que esas cosas siempre son transitorias –“no, si ahora va a cambiar, me juró que era la última vez”–, y con ese margen de rango nos vamos quedando calladas sobre ciertos fenómenos que a lo largo de la vida van generando que esa retención emocional se traduzca sobre el cuerpo. A los occidentales les cuesta tanto entender que somos una sola unidad, que lo que hago con mi alma, con mis verbalizaciones, con mis afectos, se verá traducido en el cuerpo, porque él es el envase de todo lo que tengo adentro, no pueden ir separados. Por lo tanto, mi cantidad de dolor es acumulada por la cantidad de rabia que tengo guardada, la cantidad de cosas que no he perdonado, porque además a la mujer le cuesta mucho entender que el perdón femenino no pasa por el olvido: nosotras no podemos olvidarnos de nada. El perdón femenino pasa por recordar sin dolor. Cuando una mujer recuerda sin que le duela, es porque fue capaz de perdonar. Por lo tanto, sanó ese elemento, y por lo tanto lo logró liberar, y por lo tanto se evitó una posible enfermedad de aquí a varios años más. Si las mujeres soltáramos lo que nos hace mal y aprendiéramos a decir lo que realmente sentimos, sin tener esta sensación acumulativa en el tiempo de tener guardadas miles de cosas, probablemente nos enfermaríamos menos. Nuestras grandes enfermedades todas tienen que ver – y los médicos se ríen mucho, porque sé que técnicamente cuesta mucho comprobar lo que digo– con la “generación de pelotas”: formamos pelotas por todos lados, y esa generación de pelotas en las mamas, en el útero, a mi juicio tiene que ver con este enrolle de tensión que a la larga vamos acumulando, y que se disuelve en la medida en que trabajo con el efecto de soltar y voy aceptando que tengo que cuidarme y expresar lo que siento, aprender a disfrutar de lo que tengo y no de lo que me falta. Las mujeres siempre estamos pensando que las cosas podrían haber salido mejor de lo que son: que la casa podría haber quedado más bonita decorada de lo que quedó, que la comida podría haber quedado más sabrosa de lo que fue, que mi marido podría ser más cariñoso de lo que es, más expresivo, y mis hijos más responsables de lo que son, con esa sensación  permanente de que las cosas son sin peros, siempre estamos con la sensación de sentir que

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