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08 Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre

08 Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre

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Published by: Jonathan Muñoz García on Jan 05, 2014
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11/16/2014

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original

 
Hasta
ahora
hemos
dejado en
manos de
los
poetas
pin-
tarnos las
«condiciones de amor» bajo
las
cuales
los
seres humanos
eligen
su
objeto y
el
modo en
que
ellos concilian los
requerimientos
de
su
fantasía
con la realidad.
Es
cierto
que
los
poetas
poseen
muchas
cualidades que los
habilitan
para dar
cima
a
esa tarea
sobre todo la st nsibilidad
para
percibir
en otras
personas
mociones anímicas escondidas, y
la
osadía
de dejar
hablar
en voz
alta
a
su
propio inconcicntc.
Pero
una
circunstancia
disminuye
el
valor cognoscitivo de
sus
comu-nicaciones. Los
poetas
están
atados
a la cona icn de obte-
ner
un
placer
intelectual
y estético,
así
como
determinados
efectos
de
sentimiento, y
por
eso no
pueden
figurar tal cual el
material
de
la
realidad, sino que deben
aislar
fragmentos
de
ella, disolver nexos
perturbadores
atemperar
el conjunto y
sustituir
lo
que
falta.
Son
los privilegios de
la
llamada
« -
cencia poética». Ello no les
permite
exteriorizar
sino escaso
interés
por
la
génesis
y
el desarrollo de unos
estados
aní-
micos
que describen
como acabados. Así
se
vuelve
impres-
cindible que
la
ciencia, con
manos
más
toscas y
una
menor ganancia
de placer,
se
ocupe de
las mismas materias
con
que
la
elaboración poética
deleita
a los
hombres
desde
hace
mi-lenios. Acaso
estas
puntualizaciones
sirvan
para
justificar también
una
elaboración
rigurosamente
científica de
la
vida
amorosa de los
seres
humanos.
Es
que
la
ciencia
importa
el
más
completo abandono del
principio
de
placer
de
que es
capaz
nuestro
trabajo
psíquico.
En
el curso de los
tratamientos
psicoanalíticos,
uno tiene
hartas
oportunidades de
recoger
impresiones
sobre
la
vida
amorosa
de los
neuróticos
y
acaso
recuerde
haber
hecho
comprobaciones,
por
propia observación o por referencias,
de
similar
conducta
también
en
personas
sanas
en
líneas
gene-
rales
o
aun
en
individuos sobresalientes. Si por
azar
el
ma-terial
resulta
propicio,
la
acumulación de
esas
impresiones
pondrá
de relieve con
nitidez
algunos tipos.
Empezaré
por describir
aquí
un
tipo
de
esa
índole, referido a
la
elección
159
 
masculina
de objeto; lo escojo
porque se
singulariza
por
una
serie
de
«condiciones
de
amor»
cuya
conjunción no
se
en
tiende
y
aun resulta
sorprendente
y
porque
admite
un
esclarecimiento psicoanalítico simple.
1
La
primera
de
estas
condiciones
de
amor
debe
caracte
rizarse
directamente
como
específica;
tan
pronto uno
la
halla
está
autorizado
a
pesquisar
la
presencia
de
los
otros
caracteres
que
integran
el tipo.
Puede
llamársela
la
condi-ción del
«tercero perjudicado»;
su
contenido
es
que
la
persona
en
cuestión
nunca
elige como objeto
amoroso
a
una
mujer
que permanezca
libre
vale
decir a
una
señorita
o
una
señora
que
se
encuentre
sola
sino
siempre
a
una
sobre
quien
otro
hombre
pueda pretender
derechos
de propiedad
en
su
con-dición
de
marido
prometido
o amigo.
En
muchos
casos
esta
condición
demuestra
ser
tan
implacable
que
una
misma
mu
jer
pudo
ser
primero
ignorada
o
aun
desairada
cuando
no
pertenecía
a
nadie
convirtiéndose
de pronto
en
objeto
de enamoramiento
al
entrar
en
una
de
las
mencionadas
relacio-
nes
con
otro hombre.
2
La
segunda
condición
quizá
sea
menos
constante
pero
no
es
menos llamativa.
El
tipo sólo
queda
completo
por
su
conjunción
con
la primera
que
en
cambio
parece presen
tarse
también
por sí
sola con
gran
frecuencia.
Esta
segunda
condición dice
que
la
mujer
casta
e
insospechable
nunca
ejerce
el
atractivo que
puede elevarla
a objeto
de
amor
sino
sólo
aquella
cuya conducta sexual de
algún
modo
merezca mala fama
y
de
cuya fidelidad
y
carácter
intachable
se
pueda
dudar.
Este
último rasgo
puede
variar
dentro
de
una
serie
significativa
desde
la
ligera sombra que
pese sobre
la
fama
de
una
esposa
inclinada
al
flirt
hasta
la
pública poligamia de
una
cocotte
o
una
cortesana;
lo cierto
es que
el
hombre
per-
teneciente
a
este
tipo no
renunciará
a algo
de
esta
clase.
Un
poco
groseramente
podemos
designar
esta
condición como
la
del
«amor
p r
mujeres fáciles».
Así como
la
primera
condición
daba
pie
a
satisfacer
mo-
ciones
agonales
hostiles
l
hombre
a
quien
se
arrebataba la
mujer
amada
esta
segunda
la
de
la
liviandad de
la
mujer
se
relaciona
con el
quehacer
de
los
celos
que parecen
cons-
tituir
una
necesidad
para
el
amante
de
este
tipo. Sólo
cuando
puede
albergarlos
logra
la
pasión
su
cima
adquiere
la
mujer
su
valor
pleno y
nunca
omitirá apoderarse
de
una
ocasión
que
le
consienta
vivenciar
estas intensísimas
sensaciones.
Cosa
notable
estos
celos
jamás
se
dirigen
al poseedor
legí-
timo de
la
amada
sino
a
extraños recién
llegados
en
rela-
160
 
ción con
quienes
se
pueda
alentar
sospechas de ella.
En
los casos
más
acusados el
amante
no
muestra
ningún
deseo de
poseer
para
solo a
la
mujer y parece
sentirse
enteramente
cómodo
dentro de
la
relación
triangular. Uno
de
mis
pacien-
tes
que
había
sufrido
horriblemente
con los deslices de
su
dama
no
presentó
objeción
alguna
a
su
casamiento y
aun
lo promovió por todos los medios; y
durante
años
no
sintió
ni
sombra
de
celos
hacia
el
marido.
Otro
caso
típico
había
mostrado
grandes
celos
hacia
el marido
es
cierto
en
su
pri-
mer
vínculo amoroso y
había
obligado a
la
dama
a
suspen
der
el comercio
marital;
pero en
sus muy
numerosos
enredos posteriores
se comportó como los otros y dejó de
considerar
perturbador
al
marido
legítimo. Los
siguientes
puntos
ya
no dnscriben las condiciones exi-
gidas
del objeto
de
amor sino
la
conducta del
amante
hacia
el
objeto
de
su
elección. 3.
En
la
vida amorosa
normal
el
valor
de
la
mujer
es
re-gido
por
su
integridad
sexual
yel
rasgo
de
la liviandad
o
rebaja.
Por
eso
aparece
como
una
llamativa
desviación res-pecto de lo
normal el
hecho
de que
los
amantes
del tipo con-
siderado
traten
como
objetos amorosos de supremo valor
a
las
mujeres que
presentan
ese
rasgo.
Cultivan
los vínculos
de
amor
con
estas
mujeres
empeñándose
en
el máximo gasto
psíquico
hasta
consumir
todo otro
interés; son
las
únicas
personas
a
quienes
pueden
amar
y
en
todos los casos
exaltan
la
autoexigencia
de
fidelidad
por
más
a
menudo que
en
la
realidad
la
infrinjan.
En
estos
rasgos
de
los vínculos amo-rosos descritos
se
acusa
con
extrema
nitidez el
carácter
obse-sivo
que
en
cierto grado
es
propio
de
todo
enamoramiento.
Sin
embargo
no
se
deduzca
de
la
fidelidad e
intensidad
de
la
ligazón
que
un
único
enredo de
esta
índole
llenará la
vida amorosa
de
estas
personas
o se
escenificará
{abspielen}
en
ellas
una
vez sola.
Antes al
contrario;
en la
vida de quienes
responden
a
este
tipo se
repiten varias
veces pasiones
de
esa
clase con iguales
peculiaridades
cada
una
la exacta
copia
de
las
anteriores-
y
aun
siguiendo vicisitudes exteriores como los
cambios de
residencia
y
de
medio los objetos
de
amor
pueden
sustituirse
unos
a otros
tan
a
menudo
que
se
llegue a
la
formación de
un
larga serie
4. Lo
más
asombroso
para
el observador es
la
tendencia
exteriorizada
en
los
amantes
de
este
tipo a «rescatar» a
la
amada.
El
hombre
está
convencido
de que
ella
o
necesita de
que
sin
él
perdería
todo
apoyo
moral
y
rápidamente
se
161

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