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XXXII.- LA MUERTE DEL PROFESOR
Ni su presencia ni la de los otros tres hombres que, bajo su mando,controlaban desde hacía meses todos y cada uno de los movimientos delprofesor habían sido advertidas por éste, de manera que Enzo Mantin sabíaque contaba con el factor sorpresa de su lado. Durante todo aquel tiempohabían seguido los pasos del profesor por Europa, entre museos yuniversidades, pero también entre prostíbulos y clínicas, a las queúltimamente parecía haberse aficionado.Pero ahora estaban en España, de vuelta en su ciudad y en su casa.Casi todas las habitaciones del apartamento del profesor daban algran patio interior de la manzana de edificios. Gracias a ello habían podidovigilar su actividad desde las ventanas de un piso alquilado, situado en elextremo opuesto del patio, por lo que conocían con detalle los hábitos delviejo cuando se encontraba no sólo en la ciudad, sino incluso en su propiodomicilio y, aunque podían calificarse de todo menos rutinarios, habíanconseguido establecer unas pautas de comportamiento básicas cuyaalteración denotaría algún hecho significativo al que valía la pena prestaruna atención especial. Enzo estaba seguro que esta variación estaríamotivada por la necesidad de hacerse con los documentos que andabanbuscando y que, según había informado el propio Don Francesco habrían deestar a su alcance en algún momento desde el día anterior.No podía tener la certeza de si dichos documentos obraban o no ensu poder pero hasta poco antes, cuando recibió la llamada de Don Francesconada había alterado la rutina habitual del profesor de modo que Enzoesperaba que aquella tarde llevara a cabo algún movimiento fuera de lonormal que les diera a entender que debían pasar a la acción. Debido a laestricta necesidad de no perder de vista ni por un instante al profesor a lo
 
El restaurador y la madonnina della creazione- 191 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
largo de la tarde, Enzo había dispuesto que los tres hombres de Scarampa yél mismo siguieran sus pasos.Así, había conseguido hacer una muy detallada relación de laactividad de éste desde que abandonara la galería de Susana Elorrieta.Desde allí se había dirigido directamente a su propia casa en la que nohabían podido ver nada debido a que el profesor corrió las cortinas en contrade lo que en él era habitual, pues solía hacerlo únicamente durante la noche.Lo cierto es que salió de allí una hora y media más tarde para dirigirse a unaoficina postal donde envió un certificado urgente y recogió el contenido deun apartado de correos. Esto último podía haber sido la señal que esperaban,ya que durante los últimos tres meses únicamente se había acercado a esteapartado en cuatro o cinco ocasiones. En cualquier caso la prudenciaaconsejaba mantener la intensidad de la vigilancia por si el profesorintentaba destruir aquella misma tarde los documentos, si es que era esto loque había recogido.Pero algo aún más atípico sucedió aquella tarde puesto que elprofesor, un hombre de nula religiosidad por lo que sabían, tomó el autobúshasta el cementerio, donde permaneció sentado en un banco, frente a unnicho en el que depositó las flores que había comprado en la floristería de laentrada, hasta que anocheció y uno de los empleados le informó que iban acerrar las puertas. Excepto éste, ninguna otra persona habló con el profesor yninguno de los cuatro que le vigilaban vio que recogiera objeto o documentoalguno en el cementerio.Después de aquello el profesor Serva tomó un taxi y se dirigió a unextraordinariamente caro restaurante donde cenó los platos más selectos dela carta y bebió el vino más exquisito para asombro de todos pues, salvocontados excesos mundanos realizados siempre en compañía de algúnamigo, era una persona de costumbres espartanas cuando se encontrabasolo.Ahora que el profesor había regresado del restaurante a su casa,mientras uno de ellos vigilaba con el telescopio desde el piso alquilado, losotros tres esperaban, ocultos en la escalera, el momento adecuado paraintervenir.
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Está solo –Enzo escuchó en su teléfono móvil la voz del vigilante-.Ha dejado las cortinas descorridas y puedo verle perfectamente.
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¿Qué está haciendo?
 
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No puedo verlo claramente. Sólo sé que se ha sentado en un sillónde espaldas a la ventana y está fumando un cigarro. Parece que estáleyendo algo.
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¿Son los documentos?
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No puedo asegurarlo. Lo que sí es cierto es que no se trata de unlibro: las hojas son demasiado grandes, y no parece que estéencuadernado.
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De acuerdo. Vamos a entrar, permanece atento por si intenta haceralgo con los documentos.Enzo conocía bien aquella puerta y el marco sobre el que se apoyabapero desestimó la idea de abrirla de forma violenta pues sabía que elprofesor era una persona civilizada de la que, sin duda, se podría obtenermucho más conduciéndose del mismo modo. Apoyó el dedo en el timbre ypoco tiempo después se encontraba cara a cara con él.
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Profesor Eduardo Serva –comenzó a decir con su inconfundibleacento italiano-...
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¡Ah!, son ustedes –interrumpió el profesor-. Lamento mucho decirque les estaba esperando, pero más lamento aún el hecho deesperarles, porque eso confirma que Susana se ha vendidodefinitivamente.
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¿Podemos pasar?
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Estoy seguro de que lo harán con o sin mi autorización.El profesor dio media vuelta y, dejando la puerta abierta de par enpar, regresó al sillón. Enzo y uno de sus hombres le siguieron al interiormientras el tercero quedó vigilando la escalera. El pequeño salón estaba casiexactamente igual al día en que entraron en la casa por primera vez, parabuscar los documentos. Los libros estaban apilados aquí y allá, excepto sobrela mesa, ahora despejada, donde el profesor había colocado, junto al coñac yel cenicero que estaba utilizando, una escudilla cerámica. En líquido semitransparente de su interior desprendía un fuerte olor a disolvente queimpregnaba toda la casa con fuerza, unido al humo del cigarro puro quefumaba el profesor. Junto a la escudilla, un bloc de notas y un pequeñomontón de papeles amarillentos. Enzo supuso que se trataba de lo queandaban buscando.
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¿Quieren ustedes una copa?
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No, gracias.
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Permítame, entonces, que yo apure la mía.
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Profesor, hemos venido a por los cuadernillos de Alt Ausee.

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