Salvador Bayona- 192 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com
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No puedo verlo claramente. Sólo sé que se ha sentado en un sillónde espaldas a la ventana y está fumando un cigarro. Parece que estáleyendo algo.
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¿Son los documentos?
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No puedo asegurarlo. Lo que sí es cierto es que no se trata de unlibro: las hojas son demasiado grandes, y no parece que estéencuadernado.
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De acuerdo. Vamos a entrar, permanece atento por si intenta haceralgo con los documentos.Enzo conocía bien aquella puerta y el marco sobre el que se apoyabapero desestimó la idea de abrirla de forma violenta pues sabía que elprofesor era una persona civilizada de la que, sin duda, se podría obtenermucho más conduciéndose del mismo modo. Apoyó el dedo en el timbre ypoco tiempo después se encontraba cara a cara con él.
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Profesor Eduardo Serva –comenzó a decir con su inconfundibleacento italiano-...
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¡Ah!, son ustedes –interrumpió el profesor-. Lamento mucho decirque les estaba esperando, pero más lamento aún el hecho deesperarles, porque eso confirma que Susana se ha vendidodefinitivamente.
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¿Podemos pasar?
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Estoy seguro de que lo harán con o sin mi autorización.El profesor dio media vuelta y, dejando la puerta abierta de par enpar, regresó al sillón. Enzo y uno de sus hombres le siguieron al interiormientras el tercero quedó vigilando la escalera. El pequeño salón estaba casiexactamente igual al día en que entraron en la casa por primera vez, parabuscar los documentos. Los libros estaban apilados aquí y allá, excepto sobrela mesa, ahora despejada, donde el profesor había colocado, junto al coñac yel cenicero que estaba utilizando, una escudilla cerámica. En líquido semitransparente de su interior desprendía un fuerte olor a disolvente queimpregnaba toda la casa con fuerza, unido al humo del cigarro puro quefumaba el profesor. Junto a la escudilla, un bloc de notas y un pequeñomontón de papeles amarillentos. Enzo supuso que se trataba de lo queandaban buscando.
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¿Quieren ustedes una copa?
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No, gracias.
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Permítame, entonces, que yo apure la mía.
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Profesor, hemos venido a por los cuadernillos de Alt Ausee.
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