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CATEDRAL

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Published by PJ RUIZ
Gabriela Azul cabalga al encuentro con realidades que no imagina en aquel desierto lugar donde alguien se afana en terminar una obra que trascenderá las épocas.
Gabriela Azul cabalga al encuentro con realidades que no imagina en aquel desierto lugar donde alguien se afana en terminar una obra que trascenderá las épocas.

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CATEDRAL
P.J. RUIZ 2007REVISIÓN DE 2012
Gabriela miró hacia el cielo con sus ojos negros grandes, hermosos, y todo cuanto vio leencantó. Ya no había rastro de las nubes oscuras que tanto habían descargado la tarde anterior, y elazul presidía un aire que se mostraba fresco, nuevo, limpio del manto que lo había agriado con lastormentas cargadas de polvo del último mes. La maravilla del sol naciente la convenció de que sinduda fue el amanecer más bonito que contemplaba desde hacía mucho, mientras Aldo, su viejocaballo, trotaba lentamente en las últimas etapas del viaje de una semana desde los núcleos que pretenciosamente se tenían por los embriones de una nueva civilización y que tan escasamentecivilizados se mostraban.Desde la cima del promontorio de árboles petrificados sobre cuya dorsal se encontraba divisabauna gran distancia de tierra rojiza, salpicada por alguna valiente mancha de hierba que adelantándoseal renacer natural de la primavera con alegría pretendía obtener posición aventajada. Y por supuestolos omnipresentes lagos negros. Estaban en todas partes, en cualquier lugar capaz de contener líquido,incapaces aún de filtrarse en su totalidad en el subsuelo debido, según decían, a su densidad. Habíaque evitarlos.Soplaba una leve brisa que le acariciaba el pelo, sucio y algo greñoso, pero al erizarse por susrecovecos blandía un arrullo oscuro, encantador, sibilante. En todo su cuerpo comenzaba a sentir laimperiosa necesidad del agua fría recorriendo cada poro de la piel hasta dejarla inmaculada, un aguaque la hiciese olvidar el duro deambular por llanuras silentes y reviviera el pulso de un corazón algomarchito a base de horizontes con poco sentido, aunque en el fondo esperanzado. No quedaba muchodespués de un viaje solitario en el que no había encontrado a nadie, quizás porque había ya muy pocos
 
a quienes encontrar y los que habían se apiñaban asustados en comunidades silenciosamentemeditabundas al caer la noche. El azote al mundo había sido terrible, y ahora los supervivientes pugnaban por abrir el paso a nuevas generaciones, sobreponiéndose a la esterilidad del suelo, duro dereconquistar, y a la consiguiente escasez de casi todo. Nunca nadie pudo imaginar el verdadero aspectode la nada hasta verla presente, con sus vastísimos campos dormidos, los horizontes perpetuosdominantes, los dichosos lagos negros venenosos y flamígeros que obligaban a rodeos sin fin, lastierras movedizas, el frío, el calor, la noche, el día, el viento, la calma… todo resultaba salvajementeextremo, y hacía de vivir una prueba constante.Por suerte la ausencia de fieras salvajes y alimañas le daba la tranquilidad necesaria paraacometer empresas tan peligrosas como desplazarse por los páramos, tal como había hecho otras tantasveces, y no pensar en que cada momento podía ser peor que su antecesor. Ni siquiera los hombresasilvestrados, golpeados y atontados por las secuelas del cataclismo, representaban un peligro real parauna mujer bella y solitaria en aquel mundo naciente a pesar del hambre y la miseria. En otros tiemposello hubiese sido un elemento insalvable, pero hasta los salteadores habían sido aletargados en susinstintos, como si de una gran catarsis moral se hubiese tratado cuanto había acontecido. El dolor,contra todo pronóstico, adormeció al espanto.Lo curioso es que todo parecía muerto aunque no lo estaba, sino que profundamente dormía, yel retorno del silencio después de los años del horrible rugido constante procedente del suelo loconfirmaba. Se fue, se calló y eso sólo significaba que todo se iba normalizando. Ya se podía estar enlos páramos escuchando el viento sin el acoso de la Tierra herida murmurando dolor desde lasentrañas, sin sus angustiados resquebrajamientos de simas-ficción que se tragaban incluso el aire delcaminante antes de triturarlo con fauces pétreas. Sí, ya pasó, pero pese a la placidez de la noche nadieolvidaría jamás el modo en que el suelo crepitó sin cesar durante años como milenios. Todocontribuyó al acoso, al miedo, a una sucesión de desencantos castradores, y el resultado era cuantoveía, un estado de sitio a la creación.Algunos animales pequeños y muchos insectos habían sobrevivido también a la debacle, yahora pululaban por el mundo unidos simbióticamente a la presencia del ser humano, centrados en laúnica ardua tarea de pervivir dentro de la gran cadena trófica ¡Como todos! El orden estaba alterado,convulso, y llevaría tiempo reconstruirlo, pues ya nada ni nadie parecía aquel o esto, sino que se pugnaba fieramente por subir. En ese aspecto Aldo era un privilegiado, uno de los escasos animales pertenecientes a razas antiguas que habían sido salvadas a conciencia para servir al enflaquecido y2
 
amedrentado hombre en su enésima escalada hacia la superación. Estaba huesudo porque la comida noera abundante aún para nadie, y menos para un caballo, pero se trataba de un buen animal al que teníamuchísimo cariño en tiempos con escasez de todo y superávit de ignorancia.Se estaba perdiendo la sabiduría con el aumento de la estupidez, del laissez faire, y eso eranotorio en el increíble y acelerado deterioro intelectual que hacía difícil creer que a la vuelta de laesquina en el reloj de la historia cada cual tuvo una educación y unos conocimientos. Pocos seacordaban ya de escribir o leer, de las reglas aritméticas, más gracias a algunos era un saber a salvo, pues no hay mayor enemigo del hombre que el deterioro, el olvido de sí mismo y la degradación de suconcepto. De todos modos se conoce que aunque se pierdan hay cosas que vuelven, como si estuviesedecretada su presencia, mares de olvido que se secan y dejan a la luz sus secretos en el momentoadecuado para ser redescubiertos. Como si no hubiese pasado nada, como una eterna primera vez felizgracias a la inmundicia del olvido recurrente ¡Qué ironía aprender una y otra vez lo mismo!Pasaban los días y en su largo trotar nada rompía la quietud proverbial de aquel horizonte,excepto las familiarmente altas agujas de la catedral que en la distancia estaba siendo construida, y dela que lo sabía todo, pues su hermano, Fernando Azul, era el maestro arquitecto principal, y la personaa la que debía entregar el sobre lacrado que con tanto misterio le había sido confiado mucho más alláde las montañas del centro por aquel viejo de pelo canoso al que guardaba reverencia, Sebastián deSan Erasmo. Él era uno de los artífices de la tranquilidad de Fernando, y mientras estaba en la ciudadvelaba por la seguridad de su familia con mano férrea, como acordaron hacía mucho, cuando todo elfuturo había sido diseñado con mimo en alguna losa manchada de brebajes narcóticos que pugnaban por sustituir al vino entre vómitos de corazones ebrios a fuerza de intentar olvidar lo inolvidable. Perocon el tiempo hasta eso se puede olvidar, porque si bien lo grande permanece o reaparece, lo superfluocesa y se pierde aún siendo igualmente grande.“Es un mensaje que llega directamente desde donde se dirigen los destinos. Eres la única persona a la que confiaría esto, y por eso te lo entrego. Dáselo a tu hermano, y dile que todo esta preparado”. Fueron las palabras que le había dicho, y a las que debía respeto. Nada sabía de lo quecontenía el escrito, pero desde luego su importancia estaba fuera de toda duda, y por ello se tiró almonte con su caballo amigo y un petate de provisiones sin perder un sólo día, dispuesta a cruzar lastierras muertas que se habían depositado por centenares de metros sobre las antiguas ciudades delhombre, sus carreteras, pueblos y campos de cultivo que llegaron a ser extraordinarios en el cénit.3

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