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191482268 HERDER Una Metacritica de La Critica de La Razon Pura

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JOHANN GOTTFRIED HERDER
UNA METACRÍTICA DE LA "CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA"
(Eine Metakritik zur Kritik der reinen Vernunft)
• • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •
TEXTO ESCANEADO DE:
J.H. HERDER,
 Obra Selecta,
 Prólogo, traducción y notas de Pedro Ribas. Madrid, Alfaguara,
 1982, (Col:
 Clásicos Alfaguara s/n),
 466 pp.
 
Primera serie de aclaraciones
Q
UIEN refina excesivamente la lengua de una nación (aunque lo haga con ingenio) le quita el gusto y corrompe el instrumento racional de esa lengua; mutila el órgano más noble de multitud de jóvenes, haciendo extraviar su entendimiento mismo, cuyo ámbito nunca puede cerrarse a las especulaciones. ¿Acaso tenemos un deber y un don más grande que el uso libre e íntimo de nuestro entendimiento? La metacrítica es, pues,
 protestantismo;
 protesta frente a todo papismo dogmático, impuesto acrítica o afilosóficamente a la razón y al lenguaje. [... ] '
Crítica de la razón pura
 es un título que sorprende. No se critica una facultad de la naturaleza humana, sino que se la investiga, determina, limita; o bien se indica su uso o su abuso. Se critican artes y ciencias en cuanto obras humanas, sea en sí mismas, sea en su realización, pero no facultades naturales. Sin embargo, los discípulos del gran autor de la
 Crítica de la razón pura
 y de otras obras han cobrado tal aprecio a este nombre, que no sólo escriben críticas sobre facultades naturales y sobrenaturales, sino que se diferencian llamándose a sí mismos «filósofos críticos», y para todos ellos la filosofía, al menos la más elevada, es, en definitiva, crítica. Esa «filosofía crítica» es, según dicen, la única posible, la única verdadera. ¡Adelante, pues! Lo desacostumbrado del nombre impone un mayor deber. Todo juez, sean facultades naturales u obras de arte lo que juzgue, tiene que partir de un dato claro y no descansar mientras éste no esté nítidamente determinado. Tiene que juzgar de acuerdo con una ley, indicando ésta con claridad y aplicándola con precisión. Finalmente, su
 
372
HERDER
propio dictamen ha de ser claro, seguro, derivado de ese dato según la norma ofrecida; o bien es cribado. Todo cribado se halla sometido a las mismas leyes. Como el autor de la
 Crítica de la razón pura
 presenta su escrito como una obra «que expone la facultad pura de razón en toda su amplitud y todos sus límites» *, no debe ni puede leerse sino con un examen, es decir, críticamente. Las observaciones surgidas de tal examen no pueden llevar un nombre más modesto ni más apropiado que el de
 metacrítica,
 es decir, crítica de la crítica. Ahora bien, si la razón ha de ser criticada, ¿quién puede llevar a cabo esa crítica? Sólo ella misma. En consecuencia, la razón es juez y parte. ¿Y a la luz de qué puede ser criticada? Sólo a la luz de sí misma. Por consiguiente, ella es ley y testigo. Se ven en seguida las dificultades de semejante magistratura. Con el fin de disminuir esas dificultades, hagamos constar que: En primer lugar, no se trata aquí de otra razón que la
 humana.
 No conocemos ni poseemos otra. Juzgar desde la razón del hombre una razón superior, más general que la humana, significaría trascender ésta. En segundo lugar, podemos aislar mental y verbal-mente la razón humana, con un determinado propósito, de otras facultades naturales nuestras. Pero nunca debiéramos olvidar que no subsiste por sí misma, separada de otras facultades. Es la misma el alma que piensa y quiere, que entiende y siente, la que ejercita la razón y la que apetece. Todas estas facultades se hallan tan cerca unas de otras, no sólo en su uso, sino también en su desarrollo y quizá incluso en su origen, tan compenetradas y entrelazadas, que no podemos haber designado otro sujeto cuando hemos designado otra función del mismo. Con nombres no construimos casillas en nuestra alma; no la dividimos, sino que indicamos sus actos, las aplicaciones de sus capacidades. El alma que siente y se forma imágenes, que piensa y se forma principios, constituye una facultad viviente en distintos actos. En tercer lugar, el alma humana piensa con
 palabras.
Mediante el lenguaje no sólo se exterioriza, sino que se ca-*
 Prolegómenos a toda metafísica futura que pueda presentarse como ciencia,
 Riga, 1783; prólogo, p. 14.
METACRÍTICA
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racteriza a sí misma y sus pensamientos. El lenguaje —afirma Leibniz— es el espejo del entendimiento humano, y, como podría incluso decirse, una fuente de sus conceptos, un instrumento de su razón, no sólo habitual, sino imprescindible. A través del lenguaje aprendemos a pensar, aislamos y entrelazamos conceptos, a menudo en gran cantidad. Así, pues, en materia de razón pura o impura hay que oír a este viejo testigo universal y necesario. Cuando se trata de un concepto, nunca debemos avergonzarnos de su heraldo y representante, de la palabra que lo designa. Esta suele indicarnos cómo hemos llegado al concepto, qué significa y qué es lo que le falta. Si el matemático construye sus conceptos por medio de líneas, números, letras y otros signos, aun sabiendo que no es capaz de hacer un punto matemático, de trazar una línea matemática, y que hay otra serie de caracteres que él ha adoptado incluso arbitrariamente, ¿cómo podría desatender el juez de la razón el medio a través del cual esa razón crea, retiene y completa su obra? Gran parte, pues, de los malentendidos, contradicciones y absurdos atribuidos a la razón, no se deberán, seguramente, a ella misma, sino al defectuoso instrumento del lenguaje o a su incorrecto uso, como indica la misma palabra «contradicciones». No piense nadie que de esta manera quede rebajada la noble crítica de la razón pura y que la especulación más fina se convierta en
 gramática.
 Sería de desear que llegase a ser eso en todos los aspectos, que es a lo que apuntaba también Leibniz con su caracterización. Designar nuestros conceptos en sus derivaciones y complicaciones era para el gran conocedor, investigador y comparador del lenguaje, la última y suprema filosofía, como lo muestra su empeño en múltiples casos. Tampoco le era indiferente el órgano de nuestra razón, el lenguaje, al sabio Locke (como respetuosamente le llama su nación). [...]
2
 Los griegos expresaban con una misma palabra la razón y el lenguaje:
 logos.
* * *
Es ya hora de pasar del título al libro mismo, cuyo propósito viene señalado por la introducción. I. «Pero, aunque todo nuestro conocimiento empiece
 con
 la experiencia, no por ello procede todo
 él
 de la experiencia. En efecto, podría ocurrir que nuestro mismo conocimiento empírico fuera una composición de lo que recibimos

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