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Geertz. La interpretación de las culturas - I

Geertz. La interpretación de las culturas - I

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Published by Rafael Claver
Clifford Geertz.
La interpretación de las culturas:
Parte I:
- Descripción densa: hacia una teoría interpretativa de la cultura
Clifford Geertz.
La interpretación de las culturas:
Parte I:
- Descripción densa: hacia una teoría interpretativa de la cultura

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Interpretando a Clifford Geertz
Este libro es un clásico perdurable de la antropología, y su autor, sin duda alguna, uno de los líderes activos de la disciplina, uno de
sus
escasos popes carismáti-cos.Si hemos de arriesgar una comparación de sus respectivas influencias, diríamosque lo que han sido
Anthropologie Structurale
y Lévi-Strauss para el ámbito latinoen los años 60, lo son
The Interpretation
of
Cultures
y Clifford Geertz para el mundo sajón de los años 70 en más.Singularmente, y a diferencia de Lévi-Strauss, lo que propone Geertz no esuna metodología para la construcción de una antropología científica, como lo fue enun principio el método estructural, sino más bien una actitud o un conjunto politéti-co de actitudes para encarar una antropología concebida
como acto
interpretativo. Eneste sentido, la trayectoria de Geertz ha ido acentuando con el tiempo su propensióna mantener la práctica disciplinaria apartada de la emulación servil de las maneraspropias de las ciencias naturales, empujándola decididamente hacia el terreno de lashumanidades. Por tal motivo, su programa es susceptible de interpretarse, más quecomo un avance revolucionario o un gesto en el vacío, como un movimiento de restauración
del
ideario humanista
de
Kroeber
o de
Boas; movimiento
que
deja, además,un espacio generoso para propugnar una lectura-del quehacer humano como texto yde
la
acción simbólica
como
drama,
reivindicando la capacidad expresiva
de
una retórica autoconsciente.Desde
 fines
 de
la década de1960,la
clase de
disciplina
que Geertz
abraza
dio en
llamarse "antropología simbólica". Algo más que
un
relevo de la antropología cultural convencional, esta antropología simbólica no conforma una escuela o una secta,sino un modo de concebir el trabajo antropológico y un sesgo, a veces idealizante,en la definición de su objeto. Ese modo conoce diversas variantes, y lo que Geertzpropone es una alternativa
 firme
 frente a
otras
formas del simbolismo, como las quepostulan David Schneider y Marshall Sahlins en Estados Unidos, Víctor Turner yMary Douglas en Inglaterra o Dan Sperber
y
Michel Izard en Francia. La índole de
la
variante geertziana podrá apreciarse debidamente
en
esta traducción de artículos suyos que abarcan desde 1957 hasta 1972, coronada por el vivido manifiesto de
Thick
Description,
espléndida
pieza de
maestría
literaria.
Interesa
aquí
complementar
ese
panorama con otras apreciaciones y otros conceptos, dispersos en una constelación deensayos no menos capitales.En 1963 Geertz conmueve la escena antropológica con
Agricultural
Involu-
tion,
que fuera caracterizado por el marxista Robert Murphy como "uno de los másbrillantes ensayos de la década acerca
del
cambio cultural"
y
"una
de
las más elocuentes condenas del colonialismo que puedan leerse en cualquier parte". En esa brevecontribución ya se manifiesta con plenitud su habilidad expositiva, su instinto parasintetizar
elementos
heteróclitos
y
otorgarles sentido a
través de una
metáfora. Poste-9
 
nórmente, empero, Geertz irá reprimiendo cada vez más su interés por la ecoloa yla subsistencia como tales y moderando su inicial tono de beligerancia.Pero en su prólogo a
Myth,
Symbol,
and Culture,
de 1971, logra aventar todasospecha de que lo suyo
sea
propaganda de una idealización informe, maniobra de reacción política o proyecto de un subjetivismo veleidoso: lo simbólico (sea un rito
de
pasaje, una novela romántica, una ideología revolucionaria
o
un cuadro paisajístico) tiene una existencia tan concreta y una entidad tan manifiesta como lo material;las estructuras que lo simbólico trasunta, si bien elusivas, no constituyen milagrosni espejismos, sino hechos tangibles. La construcción de conceptos adecuados paradar cuenta de ellas en términos de generalizaciones pertinentes es la tarea intelectual
s
apremiante
que nos
aguarda,
si es que queremos
ampliar la incumbencia
de la
an
tropología más aüá del despliege repetitivo de sus recursos tradicionales.De inmediato, Geertz evalúa las posibilidades de "identificarse" con los informantes, en
From the
native's point
of view,
de 1974, contribuyendo a demoler, trasel antecedente escandaloso de los diarios últimos de Malinowski, "el mito del trabajador de campo camaleónico, en perfecta sintonía con su entorno exótico: una maravilla
andante de
empatia, tacto, paciencia,
y
cosmopolitismo", capaz de escurrirse bajola piel del nativo y de ver el mundo desde sus ojos. Una vez más, lo razonable paraél es escapar de los extremos: no se trata de quedar aprisionado en los horizontesmentales de
un
pueblo,
de lo que
resultarían cosas tales
como una
etnografía
de
la hechicería escrita por
un
brujo, ni se trata tampoco de ser sistemáticamente ciego a lastonalidades
distintivas de la
experiencia
del
otro,obteniendo
como saldo una
etnografía
de
la hechicería escrita por
un
geómetra. Hay que lograr captar, en un vaivén dialéctico, el más local de los detalles y la más global de las estructuras, de manera deponer ambos frente a la vista simultáneamente. Hay que moverse, en suma, en
tor-
no de un círculo hermenéutico, pues entender la textura
de
la vida interior del nativoes más como captar un proverbio, cazar una alusión al vuelo o leer un poema, quecomo entrar verdaderamente en comunión con él.En
Blurred
Genres,
de 1980, donde continúa la saga que aquí se presenta, Geertz nos habla de una "refiguración del pensamiento social", un "viraje interpretati
vo"
que ya se encuentra en marcha, y nos persuade de ello en esta frase majestuosa,colmada de alusiones: "Muchos científicos sociales —dice— se han apartado de unideal explicativo
de leyes y
ejemplos, en beneficio
de otro
ideal
de
casos
e
interpretaciones, persiguiendo menos la clase de cosas que conecta planetas
y
péndulos y másla clase de vínculos que conecta crisantemos y espadas". Geertz, sin embargo, es losuficientemente agudo
como
para intuir que ambos símiles no conllevan una disyuntiva insuperable ni imponen un desgarramiento fatal; en los mismos ensayos queaquí siguen se verá, por ejemplo, que no renuncia a asimilar las normas culturales a
un
programa
de
computadora, ni
a
parangonar
el
equilibrio vacilante
de
ciertas sociedades con el
steady state
de los sistémicos, ni a dejar entrever la afinidad secreta entresu concepción de la mente y la de los modernos psicólogos cognitivistas. La explicación interpretativa
es,
de todos modos,
explicación, y
no glosografía exaltada o imaginación en libertad; lo que se necesita no es renunciar a metáforas posibles, sino re-vitalizar nuestros mecanismos de comprensión y nuestra sensibilidad incorporandonuevas analogías. Sería preferible, en fin, que las analogías mecanicistas cedieran suterritorio a otras, familiares a los estéticos, que no son menos precisas, sino más expresivas y oportunas.Con
Anti anti-relativism,
de 1984, por último, Geertz cumplimenta otro desus habituales ejercicios de equidistancia: no busca defender al relativismo, sino ata-10
 
car a los que contra él militan. En esta empresa, afirma, la doble negación (oponersea quien se opone) no funciona
de
la manera usual,
y
en ello radica su atractivo, su urgencia y su importancia ética. De hecho, los males del relativismo cultural se hanexagerado; existen, sí, unos cuantos nihilistas aquí y allá, pero Geertz duda que hayan llegado a tal extremo como resultado de una sensibilidad excesiva a las demandas de otras culturas. El ejercicio culmina con una prolija revisión de las trivialidades expresamente antirrelativistas y de los peligros que entrañan; y hay que admitirque,gracias a los buenos oficios
de
los sociobiólogos
y de
ciertos redescubridores
bi
sónos del psicoanálisis, el desperdicio intelectual que él encuentra es copioso.A despecho de su brevedad, estas referencias sucintas acaban por dibujar unaaceptable semblanza de
sus
preferencias, de su estilo
y
de su estatura. Geertz es, como puede inferirse, mucho más que
otro
simbolista del conjunto: a diferencia deSchneider, no teme afrontar las ásperas materialidades de la vida
cotidiana,
de la política, del poder, ni considera la conducta humana como distorsión u ocultamiento delo que importa; en contraste con Sahlins,
no se
embarca acaloradamente en reduccio-nismos opuestos a aquellos que combate, ni se sirve de lógicas trasnochadas y ambiguas, ni tiene un pasado oprobioso del cual arrepentirse. Por otra parte, difiere deTurner en el hecho de que no encuentra satisfactorio dispersarse en un eclecticismoafable, no acepta callar las críticas que otros le merecen, ni halla placer en la multiplicación de categorías que luego no logra integrar. Tampoco se contenta, comoDouglas, con descifrar en los símbolos una mera proyección de lo social y con darpor concluidas sus formalizaciones luego de trazar el primer diagrama. Ni pretende,como Sperber, asustar al lector burgués negando todos los lugares comunes, inclusolos que son ciertos. Y a diferencia de Izard, no imita a Lévi-Strauss ni se ha tragadoel cuento de las oposiciones binarias.Aquí
y
en todas partes Geertz insiste en que el progreso de la disciplina no estará marcado por la precisión creciente
de
sus fórmulas, sino por el paulatino refinamiento del debate. Y este debate que él promueve ya se ha iniciado, energizando ensu trámite un campo de concepciones encontradas, suscitando a veces más calor queluz, y poniendo al mismo Geertz, malgrado suyo, al frente de una faccn no pococombativa de la antropología. Para sus detractores,
Geertz,
junto
con los geertzianos(Rabinow, Sullivan, Charles Taylor), conforman algo así como una nueva Gnosisde Princeton que intenta desconstruir mediante una retórica seductora el programacientífico de las ciencias del hombre, arrojándolas a
las
garras de una fenomenologíaseudofilosofante que ya asoma en los galimatías tautológicos de sus referencias a
Schutz.
Para
sus
partidarios, la ecuanimidad olímpica
de
Geertz,
su
prudencia, su dis-tanciamiento de los extremismos, constituyen premisas sinceras que fundamentan laúnica alternativa viable de cara a un cientificismo que ya ha consumado su fracaso.En opinión de Ronald Walters, Geertz parece más interesado en sugerir tenuemente
una
ciencia
de
la interpretación
que en
desarrollarla
en
forma
rigurosa;
Denis Dutton,
en
cambio, sostiene
que
nuestro autor
es un
observador penetrante,
un
pensador
de
re
lieve
y
(esto
no
puede negarse) un eximio escritor
de
prosa inglesa. Para los materialistas culturales Geertz no es más que un insufrible idealista, lastrado por las taras inherentes a su pasión por Parsons; para los fenomenólogos, al contrario, es un profeta que debería ir todavía más lejos, ensarzándose, para escarnio de sus enemigos, enlas feroces polémicas que despierta.Geetz es, como se ve, el tipo de antropólogo ante quien nadie puede permanecer callado: mientras Asad deplora su concepto de religión, Shankman la emprendecontra su epistemología y Linda Connor contra su trabajo de campo. Pero Prince-11

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