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La Construcción Del Jardin Del Eden. P. José Antonio Fortea

La Construcción Del Jardin Del Eden. P. José Antonio Fortea

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Published by César Reyes
os inmensos rotores de las cinco naves llenaban el aire con su sonido grave y profundo. Eran cinco naves de gran peso, voluminosas, de oscuras superficies aceradas; aeronaves nuevas y relucientes. Desde el lugar de comienzo de la plataforma, un asistente del helipuerto movía los brazos rítmicamente haciéndoles una serie de indicaciones con sus señales luminosas. Desde la torre de control, los controladores supervisaban todo, este aterrizaje de forma muy especial. A pocos pasos de los cuatro controladores, el gobernador rodeado de sus funcionarios miraba tranquilo tras los cristales la escena del aterrizaje. Era de noche, nadie era testigo de la llegada de esas naves, sólo los técnicos del helipuerto, únicamente los servicios de seguridad que tenían acordonado todo el perímetro.
Las compuertas de la nave se abrieron, pesadas y solemnes. Se alzaron aquellos recuadros de acero en medio de los usuales silbidos producidos por los mecanismos hidráulicos internos. Los pies del cardenal fueron los primeros en descender por la rampa. El cardenal iba vestido de viaje, sin formalismos, clériman negro, un alzacuellos que con su blancura le rodeaba todo el cuello, una americana elegante y sencilla. Tan sólo la espléndida cruz de oro y perlas que colgaba sobre la tela negra de su camisa indicaba que aquel clérigo era algo más que otro prelado. Justo delante de la rampa estaba esperando el gobernador de la isla, detrás de él cinco funcionarios, y un poco más retirados ocho consejeros de rango inferior. También sobre el asfalto de la pista, pero bastante más alejados, diez vehículos de los servicios de seguridad.
-¿Qué tal, Eminencia?
Ese fue todo el discurso de recibimiento del Gobernador. Mientras, eso sí, le había besado sinceramente el anillo. El cardenal levantó la mirada de la testa que inclinada le besaba la mano y con una inclinación ligera de cabeza dio por saludada al resto de la comitiva. Una inclinación tras una mirada a los allí presentes. En los ojos del cardenal se notaba el cansancio de un viaje de catorce horas.
En otras ocasiones, el gobernador hubiera recibido a este poderoso príncipe de la Iglesia con una compañía de infantería presentando armas. En otra ocasión hubieran pasado revista a la formación de soldados, hubiera habido un discurso de bienvenida, no hubiera sido un recibimiento rápido en medio de la noche. Pero ahora no había tiempo, el cardenal saldría al amanecer.
El cardenal y sus tres secretarios se apartaron de la ancha rampa metálica para dejar que varios hombres descendieran una pesada caja blindada. Una caja reforzada y hermética. Cuatro hombres trasladaban la caja bien agarrada de sus cuatro amplias asas.
-Así que ésta es la caja –comentó el gobernador al verla.
Los cuatro hombres no se detuvieron, directamente fueron guiados por uno de los agentes de seguridad hacia otro vehículo. La caja, de un modo bastante discreto, tenía la indicación VA327. Fuera de eso, carecía de cualquier rótulo o indicación alguna en su exterior, fue introducida en el interior del todoterreno.
-Sí, efectivamente, ésta es –respondió el cardenal.
Ocho cajas más, iguales a la primera fueron introducidas en el mismo vehículo. Todas tenían una numeración sucesiva, que partía desde VA328 a VA336. Seis hombres armados con ametralladoras se montaron en el vehículo. El convoy de vehículos aguardaba ya con los motores en marcha. La línea de faros formaba una hilera perfecta a la derecha de la pista de aterrizaje.
El comandante al mando dio la orden y la decena de automóviles y todoterrenos se pusieron en marcha con los puentes de luces destellando ráfagas rojas
os inmensos rotores de las cinco naves llenaban el aire con su sonido grave y profundo. Eran cinco naves de gran peso, voluminosas, de oscuras superficies aceradas; aeronaves nuevas y relucientes. Desde el lugar de comienzo de la plataforma, un asistente del helipuerto movía los brazos rítmicamente haciéndoles una serie de indicaciones con sus señales luminosas. Desde la torre de control, los controladores supervisaban todo, este aterrizaje de forma muy especial. A pocos pasos de los cuatro controladores, el gobernador rodeado de sus funcionarios miraba tranquilo tras los cristales la escena del aterrizaje. Era de noche, nadie era testigo de la llegada de esas naves, sólo los técnicos del helipuerto, únicamente los servicios de seguridad que tenían acordonado todo el perímetro.
Las compuertas de la nave se abrieron, pesadas y solemnes. Se alzaron aquellos recuadros de acero en medio de los usuales silbidos producidos por los mecanismos hidráulicos internos. Los pies del cardenal fueron los primeros en descender por la rampa. El cardenal iba vestido de viaje, sin formalismos, clériman negro, un alzacuellos que con su blancura le rodeaba todo el cuello, una americana elegante y sencilla. Tan sólo la espléndida cruz de oro y perlas que colgaba sobre la tela negra de su camisa indicaba que aquel clérigo era algo más que otro prelado. Justo delante de la rampa estaba esperando el gobernador de la isla, detrás de él cinco funcionarios, y un poco más retirados ocho consejeros de rango inferior. También sobre el asfalto de la pista, pero bastante más alejados, diez vehículos de los servicios de seguridad.
-¿Qué tal, Eminencia?
Ese fue todo el discurso de recibimiento del Gobernador. Mientras, eso sí, le había besado sinceramente el anillo. El cardenal levantó la mirada de la testa que inclinada le besaba la mano y con una inclinación ligera de cabeza dio por saludada al resto de la comitiva. Una inclinación tras una mirada a los allí presentes. En los ojos del cardenal se notaba el cansancio de un viaje de catorce horas.
En otras ocasiones, el gobernador hubiera recibido a este poderoso príncipe de la Iglesia con una compañía de infantería presentando armas. En otra ocasión hubieran pasado revista a la formación de soldados, hubiera habido un discurso de bienvenida, no hubiera sido un recibimiento rápido en medio de la noche. Pero ahora no había tiempo, el cardenal saldría al amanecer.
El cardenal y sus tres secretarios se apartaron de la ancha rampa metálica para dejar que varios hombres descendieran una pesada caja blindada. Una caja reforzada y hermética. Cuatro hombres trasladaban la caja bien agarrada de sus cuatro amplias asas.
-Así que ésta es la caja –comentó el gobernador al verla.
Los cuatro hombres no se detuvieron, directamente fueron guiados por uno de los agentes de seguridad hacia otro vehículo. La caja, de un modo bastante discreto, tenía la indicación VA327. Fuera de eso, carecía de cualquier rótulo o indicación alguna en su exterior, fue introducida en el interior del todoterreno.
-Sí, efectivamente, ésta es –respondió el cardenal.
Ocho cajas más, iguales a la primera fueron introducidas en el mismo vehículo. Todas tenían una numeración sucesiva, que partía desde VA328 a VA336. Seis hombres armados con ametralladoras se montaron en el vehículo. El convoy de vehículos aguardaba ya con los motores en marcha. La línea de faros formaba una hilera perfecta a la derecha de la pista de aterrizaje.
El comandante al mando dio la orden y la decena de automóviles y todoterrenos se pusieron en marcha con los puentes de luces destellando ráfagas rojas

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Published by: César Reyes on Jan 16, 2014
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 1
 
La construcción del Jardín del Edén
.........................................................................................................................................................
J.A Fortea
 
 2
Editorial Dos Latidos Benasque, España Año 2012 Copyright José Antonio Fortea Cucurull www.fortea.ws versión 2
 
 3
La construcción del Jardín del Edén

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