Welcome to Scribd, the world's digital library. Read, publish, and share books and documents. See more
Download
Standard view
Full view
of .
Look up keyword
Like this
1Activity
0 of .
Results for:
No results containing your search query
P. 1
Noveno Libro. Retazos del Apocalipsis. P. José Antonio Fortea.

Noveno Libro. Retazos del Apocalipsis. P. José Antonio Fortea.

Ratings: (0)|Views: 93|Likes:
Published by César Reyes
La debilidad de la dura Ley
..........................................................................
Año 2212
Siendo emperador Hurst
de la dinastía Schwart-Menstein
Los zapatos brillantes, impecables, resonaban por el estrecho pasillo poco iluminado y mal pintado. El hombre tímido, pero decidido, vestido con una americana oscura, pantalón negro y corbata discreta, avanzaba con paso firme. La faz redondeada de ese hombre era la de alguien nacido para hacer oposiciones. Su pequeño flequillo caía en punta sobre su tenaz frente que no era la de un héroe, pero sí era la frente de alguien muy perseverante. Ese varón de la americana iba seguido de diez agentes de la policía judicial, revestidos casi todos con sus corazas y varios con ametralladoras en las manos. El pretoriano que azorado guiaba al primero por el pasillo iba, por los nervios, a paso más que ligero. Por fin, después de muchos pasillos, le hizo un gesto al juez señalando a la gruesa mujer de color sentada detrás de las barras de una celda. El señor del flequillo se acercó, la observó seriamente y, desde el otro lado de las barras del calabozo, mirándola fijamente, le preguntó el juez:
-¿Es usted Carlotte Roche?
A partir de ese momento el cúmulo de acontecimientos que iba a sobrevenir fue tal, que ninguno de sus protagonistas pudo nunca haberlo imaginado. En los cinco minutos siguientes a hacerle esa pregunta, no menos de veinte teléfonos estaban sonando como locos entre el Palacio Imperial, los ministerios y los consejeros del Cónsul Máximo. Unos consejeros se vestían rápidamente, cerraban sus maletines y se ponían en marcha en dirección al lugar donde se encontraba el juez. Otros seguían haciendo llamadas y preparando una reunión de urgencia. En el mismo Palacio Imperial, el general al mando de la Guardia Pretoriana, literalmente, corría por otro pasillo hacia la sección de calabozos. La maquinaria de causas y consecuencias acababa de ponerse en marcha.
Dos horas antes de esa escena
Suena el timbre del piso de la madre de Carlotte Roche, dentro se celebra un cumpleaños.
-¿Quién es? –fue la pregunta inútil de la madre. Pues al momento, por la pantalla, ya se percató de que se trataba de hombres uniformados.
Tratar de escapar era inútil. Ochenta militares habían rodeado el edificio, vigilado los ascensores y escaleras, y estaban, incluso, en el mismo rellano del piso desde antes de llamar a la puerta. También hubiera sido inútil contestar que no estaba allí, sabían que estaban ella y su marido. Toda excusa o táctica de evasión resultaba inútil, era mejor entregarse con dignidad. Unos instantes después los soldados entraban dentro del recibidor de la casa.
-Traemos órdenes de detener a Carlotte Roche.
Carlotte, una mujer de unos cuarenta años, apareció en el recibidor con la tristeza reflejada en su rostro. No se percibía ira en ella, ni rabia, sólo una profunda tristeza. Sabía bien que era una de las columnistas que más se había destacado en sus críticas contra el Emperador. No dudaba de que, antes o después, sus críticas mordaces le pasarían factura, aunque sus columnas se editaran en
8
un medio de tercera categoría. Pero lo que nunca se pudo imaginar era que el Emperador, airado esa mañana, había ordenado:
-Quiero que vayan a detenerla hombres de mi Guardia Pretoriana. Es mi deseo que quede perfectamente claro que soy yo el que detiene a esa imbécil. Que le quede claro que no necesito valerme de ningún intermediario. A veces, hay que dejar claro quién es el que manda aquí. O lo haces de vez en cuando, o si no los tontos se olvidan.
Los pretorianos que habían ido a recogerla, no iban vestidos con el uniforme de gala, ni con el que usaban en Palacio, sino con el de campaña. Un uniforme muy discreto que sólo se distinguía de cualquier otro por unos pocos galones y discretos distintivos.
El marido de Carlotte, desde otra habitación de la casa, estaba llamando a la Policía Metropolitana.
-Así que dice que unos locos vestidos de militares han irrumpido e
La debilidad de la dura Ley
..........................................................................
Año 2212
Siendo emperador Hurst
de la dinastía Schwart-Menstein
Los zapatos brillantes, impecables, resonaban por el estrecho pasillo poco iluminado y mal pintado. El hombre tímido, pero decidido, vestido con una americana oscura, pantalón negro y corbata discreta, avanzaba con paso firme. La faz redondeada de ese hombre era la de alguien nacido para hacer oposiciones. Su pequeño flequillo caía en punta sobre su tenaz frente que no era la de un héroe, pero sí era la frente de alguien muy perseverante. Ese varón de la americana iba seguido de diez agentes de la policía judicial, revestidos casi todos con sus corazas y varios con ametralladoras en las manos. El pretoriano que azorado guiaba al primero por el pasillo iba, por los nervios, a paso más que ligero. Por fin, después de muchos pasillos, le hizo un gesto al juez señalando a la gruesa mujer de color sentada detrás de las barras de una celda. El señor del flequillo se acercó, la observó seriamente y, desde el otro lado de las barras del calabozo, mirándola fijamente, le preguntó el juez:
-¿Es usted Carlotte Roche?
A partir de ese momento el cúmulo de acontecimientos que iba a sobrevenir fue tal, que ninguno de sus protagonistas pudo nunca haberlo imaginado. En los cinco minutos siguientes a hacerle esa pregunta, no menos de veinte teléfonos estaban sonando como locos entre el Palacio Imperial, los ministerios y los consejeros del Cónsul Máximo. Unos consejeros se vestían rápidamente, cerraban sus maletines y se ponían en marcha en dirección al lugar donde se encontraba el juez. Otros seguían haciendo llamadas y preparando una reunión de urgencia. En el mismo Palacio Imperial, el general al mando de la Guardia Pretoriana, literalmente, corría por otro pasillo hacia la sección de calabozos. La maquinaria de causas y consecuencias acababa de ponerse en marcha.
Dos horas antes de esa escena
Suena el timbre del piso de la madre de Carlotte Roche, dentro se celebra un cumpleaños.
-¿Quién es? –fue la pregunta inútil de la madre. Pues al momento, por la pantalla, ya se percató de que se trataba de hombres uniformados.
Tratar de escapar era inútil. Ochenta militares habían rodeado el edificio, vigilado los ascensores y escaleras, y estaban, incluso, en el mismo rellano del piso desde antes de llamar a la puerta. También hubiera sido inútil contestar que no estaba allí, sabían que estaban ella y su marido. Toda excusa o táctica de evasión resultaba inútil, era mejor entregarse con dignidad. Unos instantes después los soldados entraban dentro del recibidor de la casa.
-Traemos órdenes de detener a Carlotte Roche.
Carlotte, una mujer de unos cuarenta años, apareció en el recibidor con la tristeza reflejada en su rostro. No se percibía ira en ella, ni rabia, sólo una profunda tristeza. Sabía bien que era una de las columnistas que más se había destacado en sus críticas contra el Emperador. No dudaba de que, antes o después, sus críticas mordaces le pasarían factura, aunque sus columnas se editaran en
8
un medio de tercera categoría. Pero lo que nunca se pudo imaginar era que el Emperador, airado esa mañana, había ordenado:
-Quiero que vayan a detenerla hombres de mi Guardia Pretoriana. Es mi deseo que quede perfectamente claro que soy yo el que detiene a esa imbécil. Que le quede claro que no necesito valerme de ningún intermediario. A veces, hay que dejar claro quién es el que manda aquí. O lo haces de vez en cuando, o si no los tontos se olvidan.
Los pretorianos que habían ido a recogerla, no iban vestidos con el uniforme de gala, ni con el que usaban en Palacio, sino con el de campaña. Un uniforme muy discreto que sólo se distinguía de cualquier otro por unos pocos galones y discretos distintivos.
El marido de Carlotte, desde otra habitación de la casa, estaba llamando a la Policía Metropolitana.
-Así que dice que unos locos vestidos de militares han irrumpido e

More info:

Published by: César Reyes on Jan 16, 2014
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

02/26/2014

pdf

text

original

 
 1
 
 Noveno Libro
 __________________________________________________________________________________________________________
Retazos del Apocalipsis
J.A Fortea
 
 2
Editorial Dos Latidos Benasque, España Versión en pdf, año 2012 Copyright José Antonio Fortea Cucurull www.fortea.ws
versión 5
 
 3
EL IX LIBRO
 
Chronica et annales de
Antichristi tempore
scripta ad maiorem
D e i g l o r i a m
 

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->