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Positivismos Revision 20111.Doc

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01/19/2014

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Positivismos
Consideraciones en torno a la Filosofía del Derecho
Carlos Pérez Soto Julio 2007 
1
 
1.- Un asunto de procedimientos
En general, se puede llamar “positivistas” a todos los que piensan que, en el conocimiento, es necesario atenerse a lo dado, a lo que está simplemente ante el observador, a lo que está presente.En una noción como ésta, desde luego, hay una enorme cantidad de supuestos y presupuestos, y estos a su vez admiten una gran variedad de alternativas. El modo en que el objeto está dado, su origen, su realidad efectiva, la posibilidad de acceder a él como tal. El modo en que el sujeto está presente en esta relación, sus capacidades cognoscitivas y la posibilidad de ejercerlas, su independencia, la relación que se da entre su capacidad de conocer y su posibilidad de actuar sobre los hechos. El estatus del saber mismo, por último, su eventual adecuación al objeto, su utilidad operativa posible.La amplia variedad de alternativas que estos diversos asuntos permiten, cada una en principio perfectamente válida, hace imposible resolverlas por la vía de la definición. Antes de abordarlas es necesario decir algo, por  tanto, sobre éste problema, meramente de procedimientos. Más que discutirlo con rigor, para demostrar algo o para descartar alguna cosa, haré simplemente algunas sugerencias que permitan entender el modo en que abordaré el problema general.Sugiero que intentar definir un término al modo de una equivalencia, de tal manera que el enunciado de la definición contenga de manera exhaustiva el significado de lo definido es simplemente imposible. No voy a invocar la múltiple literatura al respecto, ni los sutiles argumentos que expone. Me conformo con sugerir que la búsqueda del “rigor conceptual” por la vía de establecer definiciones estrictas no hace más que conducir a la pobreza escolástica de discutir definiciones en lugar de discutir ideas, y atentar contra el elemental “entenderse naturalmente” que es deseable en todo intento de esclarecer diferencias. No es lo mismo establecer un sistema de diferencias que un sistema de clasificación. En el primer caso basta con establecer el campo semántico de cada término, asumiendo sus fronteras borrosas. En el segundo se trata del anhelo ilustrado de iluminar el borde hasta determinarlo, puramente, como una línea.El “rigor conceptual” que se busca por la vía de las definiciones estrictas conduce a la paradoja de multiplicar  las categorías y, a la vez, caracterizarlas como dicotomías. Resulta necesario multiplicarlas porque cada matiz se asume como indicio de una realidad separable, y se separa en dicotomías por el hábito de pensar lo distinto como lo contrario.Sugiero, ante esto, que es preferible combinar definiciones amplias, que abarquen el núcleo y la vaguedad inespecificable de un concepto, con una gama de matices, que permitan establecer en él un juego de 
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diferencias, no necesariamente duales, ni opuestas, que den cuenta de las alternativas que permite.Una consecuencia inmediata de este procedimiento es que no se puede hablar del positivismo como algo homogéneo y susceptible de una definición unívoca, sino más bien de un conjunto de “positivismos” cuya gama no puede ordenarse en una línea, que poseen grados diversos de generalidad y aplicación y que, eventualmente, se incluyen parcial o totalmente unos en otros de diversas maneras. En esta red conceptual no es posible (ni deseable) establecer una línea que establezca una dicotomía básica y sus grados, ni una  jerarquía, que establezca relaciones estrictas de subordinación.Otra consecuencia inmediata surge cuando se aplica esta manera de pensar el orden categorial a los autores.  Nadie es positivista de manera completa, estricta, de un sólo modo, o en todos los aspectos. Es  perfectamente posible que haya autores que sean positivistas en un sentido o respecto de algunos objetos, y no lo sean en otros. Puede haber positivistas que se opongan entre sí, a pesar de su denominación común. Y, desde luego, la manera en que cada autor entiende que se debe ser positivista debe estar sometida a una gran diversidad.Pensar en términos de red es claramente distinto a pensar en términos de casillas. Estamos en un tiempo nuevo. Pensar la complejidad y sus matices es hoy perfectamente posible. Podemos, al hacerlo, entendernos de manera natural y variada. Nuestro modelo de “claridad” no tiene ya por qué ser el de la diferencia atomista y la dicotomía.
2.- La Ciencia y el Derecho
La idea de que la naturaleza o la sociedad obedecen a un conjunto de leyes, y su connotación más fuerte, la de que ese conjunto de leyes es estricto y coherente, no es
 demostrable
 por la observación, por mucho que el hábito de la modernidad nos empuje a ella. Es un supuesto. Este supuesto constituye a la ciencia, en el sentido moderno de la palabra. Es, para ella, una premisa, no un resultado. No es lo mismo “regularidad” que “ley”. La modernidad supone de las leyes algo más que la mera regularidad. Supone una extensión en el ámbito y en el tiempo mucho mayor, una constancia y precisión estricta, una relación determinista entre los antecedentes y los consecuentes que regula. Esta relación determinista no tiene por qué ser causal (una causa determina un efecto), pero se imagina, en todo caso, como necesaria (del antecedente debe seguirse de una u otra forma el consecuente).Es necesario insistir: que haya regularidades en el comportamiento natural o social no significa necesariamente que tengan esta forma a la que llamamos leyes. Es la operación propia del pensamiento moderno la que identifica una cosa con la otra. Podría ocurrir que las regularidades a las que nos aferramos para dirigir  nuestras acciones no sean sino una apariencia que encubre un azar fundamental, un permanente asecho de lo contingente. Podría ocurrir que simplemente no haya leyes que permitan predecir los terremotos, calcular el rendimiento de las cosechas, o anticipar la temperatura máxima del día de mañana, y que sea sólo nuestra angustia ante la variabilidad esencial de las contingencias naturales la que nos empuja a intentar cuadrarlas en leyes.Del mismo modo, podría ocurrir que lo que llamamos “leyes” en el ámbito del derecho no sean sino apariencias que encubren con la forma maliciosa del “deber ser” el hecho brutal y contundente de la 
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