veces parecen infinitas. Infatigable hélice transparente, oscilante yhasta pretenciosa –como él–, muy a su manera. Cuando apunta aldiploma que le dieron el mes pasado, éste se agita, bambolea, y sunombre parece resquebrajarse, sortearse en medio de un tornadominúsculo en el que caben ironías, temores y desplantes.Mañana viene el auditor de
Lacoste
, piensa golpeando elteclado, me va a llenar el escritorio de pautas, formas y cojudeces. Elventilador pasa por su rostro, lo despeina: mañana también me voy a lamierda.Irse a la mierda, después de hacer un agudo recuento vivencial,pasa ahora a ser un anhelo genuino, impostergable. ¿Es, acaso, el tediolaboral o es la película argentina –en donde un infartado Darínreplantea su vida, haciendo sumas y restas– que vio anoche mientrasdevoraba una pizza de
La Italiana
?Vivo muy tenso, acelerado, no me mido, ¿cómo hacerlo?Cualquier día me da un infarto y todo se acaba, así de simple; muertosin haber amado… de seguro que los que se mueren sin amar no van alcielo, pues no se lo merecen. “No somos nada”, dirá algún tarado deesos que nunca faltan: “Nadie tiene la vida comprada”. Luegomandarán un arreglo floral o, al menos, una tarjetita con un cinto negrotransversal y, luego, a la caja…. A trabajar y a olvidar, eso es todo,señores (como cuando murió mamá): el trabajo. No hay nada como larutina para olvidar. Y pensar que para el Día del Trabajo redacté undiscurso en el que citaba al
Hombre Mediocre.
Ingenieros decía que eltrabajo es la felicidad de la vida, la tabla de salvación en los momentoscríticos de la existencia. ¡Ficción pura! El trabajo es condena, cadenacruel que envenena.Gira y gira la mente de Elías Figueredo buscando algún recuerdoen el cual abroquelarse para no irse de penas.
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