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“No voy a llorar más.” Estas palabras angustiadas venían de un ministro que compartía sus problemas ministeriales en una carta. No sé si surgían de un simple cansancio emocional o de la sensación de haber llegado al límite. Pero sí sé que muchos ministros están llorando, si no exteriormente, al menos interiormente, porque demasiados de ellos experimentan sentimientos de frustración y de derrota. Las razones son múltiples. Varían desde lo que Wayne Oates describiera como el aroma amargo de la pobreza parroquial, hasta las presiones de un mundo sobreestimulado o las iglesias y sus miembros. Muchos ministros se sienten identificados con la mujer descrita por el poeta John Keats: “En lágrimas se hallaba entre el maíz ajeno.” Por cierto que no todos se sienten enajenados, pero el número pareciera estar creciendo. Se siente en las conferencias, en las librerías y demás lugares donde los ministros se reúnen para discutir sus problemas. También se siente en las cartas dirigidas a los líderes denominacionales.
Tres cosas resaltan claramente: En primer lugar, los ministros no son más sicóticos que los miembros de cualquier otro grupo profesional. Puede que lo sean menos. El ministro puede tener la necesidad urgente de consejo, pero rara vez necesita ayuda siquiátrica. En segundo lugar, la carencia universal de los ministros pareciera ser la preparación técnica para su tarea. La idea generalizada es que cualquiera puede ministrar. Sospechamos que con demasiada frecuencia se educa a los ministros con pautas oscuras e ideales escolásticos en vez de tomar en cuenta la necesidad de aprender a manejar sicológica y prácticamente la infinita variedad de problemas en la iglesia de hoy. La habilidad para saber manejar los problemas son una cualidad natural e inherente; debe ser adquirida. En tercer y principal lugar, no hemos enfatizado el aspecto racional del llamado al ministerio, del cual la exteriorización del amor es requisito fundamental. Las tareas del ministro incluyen ayudar a la gente a encontrar la vida integral. La integridad depende de un sentido sano de pertenecer. Pertenecer implica relaciones sanas. Si las relaciones personales del ministro están distorsionadas, es imposible que comunique la integridad que se encuentra en Jesucristo.
En este libro Ernest Mosley trata este requisito de la relación. Lo organiza alrededor de un concepto del ministro en afinidad con Dios, la esposa, los hijos, los miembros de la iglesia, el empleador y la comunidad. Usa el concepto hábilmente para proveer una estructura para ayudar al ministro a identificar sus prioridades y vivir con ellas. Mosley construye un patrón claro y lógico para que el ministro pueda poner en secuencia apropiada todas las demandas que se le hacen. Los ministros harían bien en leer este libro. Podría significar su salvación como ministros y como seres humanos. Por lo menos podrían aprender a no tener que llorar más.
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