En el momento presente, si algo nos hace falta en verdad es multiplicar entre nosotros loslectores; adquirir una mayor destreza y capacidad como lectores, lo cual implica conquistar laafición a leer y la posibilidad de escribir.Recogen estas páginas artículos y pláticas sobre la lectura y formación de lectores queescribí entre 1984 y 1988, con diversos pretextos; algunos fueron publicados después, ensuplementos y revistas. Al reunirlos ahora, sufrí la tentación de conservar un orden cronológico;aparecen aquí, sin embargo, en otra secuencia que tal vez facilite seguir la argumentación quesubyace en ellos. Conservan noticia del momento de su aparición.La formación de lectores comenzó a preocuparme —aunque entonces no la llamaba así;no la llamaba de ningún modo— cuando empecé a dar clases, en 1962 o 1963, en el Centrouniversitario México, una preparatoria de hermanos maristas en la capital del país. Aunque elnivel académico de la escuela y de los alumnos era alto, en su mayoría aquellos muchachosque me oían hablar de etimologías y de literatura mexicana habían leído poco. Estaban bienalfabetizados, estudiaban con dedicación, pero no sabían quién era Phileas Fogg, ni DemetrioMacías, ni el capitán Silver. Si alguna idea tenían de Pinocho y de Peter Pan no se la debían aCollodi ni a Barrie, sino a Walt Disney.
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Hice lo que pude, más por instinto que por ninguna otra razón: leí con ellos, en voz alta,Darío y Rulfo, Pellicer y Ray Bradbury, Golding y Machado, Ibargüengoitia y Torri, LópezVelarde y García Lorca, Chejov y Sor Juana, Quiroga y Fuentes, Cortázar y Carballido,Castellanos y Valadés. Me esforcé porque abrieran los ojos. Quiero decir, porque fueran másallá de la superficie del texto, porque entraran en él con avidez de enamorados.Confirmé que la literatura, antes que un conocimiento, es una experiencia. Hay que formarprimero el gusto, la afición, alimentar el amor y luego, si acaso llega, vendrá la erudición. Apartir de entonces siempre he dado clases —desde 1973, en el Centro de enseñanza paraextranjeros de la UNAM— y trabajado con lectores, muchas veces adultos que llevan añosentre libros y que, con frecuencia, descubren con sorpresa que se han pasado la vida leyendo amedias o simulando la lectura. (También yo pasé muchos años leyendo a medias y un día fuiiniciado en el arte de leer. Lo cuento en el Epílogo.)A partir de entonces, la formación de lectores ha sido una preocupación inseparable deotras actividades. Comencé a tomar conciencia de que ésta es una materia aparte, unaactividad que requiere atención por separado de la alfabetización, de la edición y distribución delibros, de la instalación de librerías y bibliotecas, del estudio de la literatura, en las extensasconversaciones que acompañaron los años de trabajo con María del Carmen Millán, HubertoBatis, Marco Antonio Pulido, Miguel Ángel Guzmán y Roberto Suárez, cuando hicimos juntosSepSetenta, y luego en el Fondo de Cultura Económica, de 1977 a 1985, al lado de José LuisMartínez y Alí Chumacero, y en charlas de ese tiempo y después con escritores y editores comoJuan José Arreola, Juan Rulfo, Sergio Galindo, Emmanuel Carballo, René Solís, EdmundoValadés, Margo Glantz, Sealtiel Alatriste y Jesús Anaya, todos ellos preocupados por laformación de lectores.Cuando me ocupo en suerte dirigir Literatura en el Instituto nacional de bellas artes, de1986 a 1988, para mí estaba claro que el trabajo de esa dirección debía orientarse a formar
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Las venturosas excepciones pasaron pronto a ser camaradas. Al menos con dos de ellos, Gonzalo Celorio ySealtiel Alatriste, mantengo una larga amista de la que me siento honrado.