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El_diablo_enamorado

El_diablo_enamorado

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 El diablo enamorado
- Jacques Cazotte- Página 1 de 67
El diablo enamoradoEl diablo enamoradoEl diablo enamoradoEl diablo enamoradoJacques CazotteJacques CazotteJacques CazotteJacques Cazotte
 
 El diablo enamorado
- Jacques Cazotte- Página 2 de 67
EL DIABLO ENAMORADOEL DIABLO ENAMORADOEL DIABLO ENAMORADOEL DIABLO ENAMORADO A los veinticinco años yo era capitán de los guardias del rey de Nápoles.Llevábamos una vida de camaradería y como jóvenes que éramos, nosdedicábamos a las mujeres y al juego en la medida en que lo permitía nuestrabolsa, y filosofábamos en los cuarteles cuando no nos quedaba otro recurso.Una noche después de habernos agotado en razonamientos de toda índolealrededor de un pequeño frasco de vino de Chipre y algunas castañas secas, laconversación recayó sobre la cábala y los cabalistas.Uno de nosotros pretendía que era una ciencia real y cuyas operacioneseran seguras; cuatro de los más jóvenes sostenían que era un montón deabsurdos, una fuente, de picardías propias para engañar a las gentes crédulas y divertir a los niños. El mayor de todos nosotros, flamenco de origen, fumabauna pipa con aire distraído y no decía palabra. Su aspecto frío y su distracciónme servían de espectáculo a través de aqu el discordante guirigay que nosaturdía y me impedía tomar parte en una charla demasiado desordenada comopara que pudiese interesarme.Estábamos en el cuarto del fumador; la noche avanzaba. La tertulia sedisolvió y nos quedamos solos nuestro hombre y yo.Continuó fumando flemáticamente; yo me quedé apoyado con los codossobre la mesa, sin decir nada. Finalmente, fue él quien rompió el silencio.«Joven –me dijo–, acabáis de oír mucho ruido. ¿Por qué os habéismantenido al margen de la barahúnda? –Prefiero callarme –le respondí– antes que aprobar o censurar algo que noconozco. Ni siquiera sé lo que, quiere decir la palabra cábala. –Tiene varios significados –me dijo–, pero no se trata de ellos, sino de lacosa en sí. ¿Creéis que pueda existir una ciencia que enseñe a transformar losmetales y a reducir a los espíritus bajo vuestra obediencia? –Nada conozco de los espíritus, comenzando por el mío, salvo que estoy seguro de su existencia. En cuanto a los metales, sé el valor de, un carlín en eljuego, en la posada y en otros lugares, y nada puedo afirmar ni negar acerca dela esencia de unos y otros, de las modificaciones e impresiones de que sonsusceptibles. –Mi joven amigo, mucho me complace vuestra ignorancia; es tan valiosacomo la doctrina de los demás: al menos no vivís en el error y, si bien no estáisinstruido, sois susceptible de estarlo. Vuestro natural, la franqueza de vuestro
 
 El diablo enamorado
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carácter, la rectitud de vuestro espíritu, me agradan. Sé algo más que el comúnde los mortales; juradme el mayor secreto empeñando vuestra palabra dehonor, prometed conduciros con prudencia y seréis mi discípulo. –El ofrecimiento que me hacéis, mi querido Soberano , me resulta muy agradable. La curiosidad es mi pasión más fuerte. Os confesaré que, pornaturaleza,me han despertado poco interés los conocimientos ordinarios;siempre me han parecido demasiado limitados, y he adivinado esa esferaelevada a la que queréis ayudarme a subir. Pero, ¿cuál es la primera clave de laciencia a que os referís? Según lo que decían nuestros compañeros en ladiscusión, son los propios espíritus quienes nos instruyen. ¿Es posiblerelacionarse con ellos?. –Vos lo habéis dicho, Alvaro: nada aprenderíamos por nosotros mismos. Encuanto a la posibilidad de nuestras relaciones con ellos, voy a daros una pruebaque no admite réplica.»Mientras decía estas palabras, daba fin a su pipa. La golpea tres veces parahacer salir un poco de ceniza que quedaba en el fondo, la coloca sobre la mesa,bastante cerca de mí, y alza la voz, diciendo: «Calderón, ven a buscar mi pipa,enciéndemela y tráemela de nuevo.» Apenas terminaba el mandato cuando vi desaparecer la pipa; y, antes deque hubiese podido razonar sobre los medios, ni preguntar quién era eseCalderón encargado de sus órdenes, la pipa encendida había regresado y miinterlocutor había reemprendido su ocupación.Continuó en ella por algún tiempo, menos para saborear el tabaco que paradisfrutar de la sorpresa que me ocasionaba. Luego, levantándose, dijo: «Entrode guardia al amanecer; debo descansar. Id a acostaros; sed prudente y  volveremos a vernos.»Me retiré lleno de curiosidad y hambriento de las ideas nuevas que muy pronto colmarían mi espíritu con la ayuda del Soberano. Lo vi al otro día, y lossiguientes: no tuve otra pasión; me convertí en su sombra.Le hacía mil preguntas; él eludía unas y respondía a otras con un tono deoráculo. Finalmente, lo urgí sobre el asunto de la religión de sus iguales. «Es – me respondió– la religión natural.»Entramos en algunos detalles. Sus decisiones cuadraban mejor con misinclinaciones que con mis principios, pero quería llegar a mi objetivo y no debíacontrariarlo.«Mandáis a los espíritus –le decía–. Quiero, como vos, tener trato con ellos.Lo quiero. ¡Lo quiero! –Sois impulsivo, compañero. Aún no habéis superado vuestro tiempo de

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