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Título
True compass
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Autor 
Edward Kennedy 
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Editorial
Hachette Book Group
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Género
 Autobiografía
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Primera edición
 Septiembre de 2009
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Páginas
 532
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PERFIL - Domingo 20 de septiembre de 2009
LIBRO
“True compass”, la vida de Edward Kennedy
Ted, la brújula fiel
Datos sobre el autor 
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Nació en Boston,Estados Unidos, el 22 deebrero de 1932, y erahermano del ex presidente John F. Kennedy y deRobert Kennedy, ambosasesinados.
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 Tras un período en elEjército, se graduó en laUniversidad de Harvard y dirigió la campañapresidencial de JFK.
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En 1962 ue elegidosenador por Massachusetts,cargo desde el que impulsóleyes de inmigración y salud, y que tenía al morir,en agosto.
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Barack Obama lo caliicócomo uno de los mejoreslegisladores de la historia.
aprobación a mi mensaje. Y sentí queme alzaba con un renovado optimis-mo por mi país, y por las inesperadasnotas de un viejo clarín que me llama-ban una vez más a la campaña. Otrosaños, otras tribunas, otras aventurasrespecto del pasado. “Es hora de unanueva generación de liderazgo”, decla-ré a la multitud de espectadores quepermanecían frente a nosotros, comotambién lo hacía otra voz resonandoen los pasillos de mi memoria.Me sentí feliz y exuberante por el ago-tamiento inevitable de la campaña delas primarias demócratas, tal como mehabía sentido en Wyoming y VirginiaOccidental en 1960 por Jack, y en In-diana y California en 1968 por Bobby.“¡Nadie dijo que no podíamos tener unpoco de diversión!”, le grité al públicolatino en San Antonio, antes de cantara todo pulmón mi versión española de
¡Ay, Jalisco, no te rajes!
Me divertí tantoque la volví a cantar en Laredo. A me-diados de mayo, Obama había ganadola crucial primaria de Carolina del Nor-te y tomó la delantera en cantidad dedelegados. Algunos comentaristas yadeclaraban el fin de la contienda. Sinduda tuve la intención de mantener lacampaña a favor de él a finales de laprimavera y el verano, pero no hubotiempo de escabullirse en NantucketSound.El 16 de mayo participé en una cere-monia en uno de mis sitios históricosfavoritos, el New Bedford Whaling Na-tional Historical Park, donde me uní alcongresista por Massachusetts BarneyFrank y a otros, para cortar la cinta deinauguración del centro de aprendizajemarítimo Corson. Barney y yo había-mos obtenido créditos para reparar yhacer otras mejoras al edificio, despuésde haber sido dañado en un incendioen 1997. Me sentí especialmente bienese día, y entonces deshice mi discursopreparado para hablar desde mi cora-zón sobre el amor que sentía por NewBedford, por su mar, y por cómo eseparque se conecta con nuestra historia. Vicki me dijo, después de eso, que Bar-bara Souliotis, nuestra querida amiga y jefa de Personal de toda la vida de mi ofi-cina de Boston, quien estaba sentada asu lado, se volvió hacia ella y le susurró:“¡El vive realmente en el día de hoy!”. Elcambio se percibía en el aire. Y maña-na, Vicki y yo disfrutaríamos de nuestraprimera navegación del año. Pero a lamañana siguiente, todo cambió. Acababa de atravesar el living y esta-ba a dos pasos del piano de cola de mimadre, Rose, que solía tocarlo para lafamilia hace medio siglo. (…) De pronto,me sentí desorientado. Me acerqué a lapuerta que conduce al porche, y me dije:“Bueno, voy a salir y tomar algo de airefresco”. No llegué a ir afuera. Todo meparecía confuso; caminé hasta pasar lapuerta principal y luego ingresé en elcomedor y me senté en una silla. Es lo
presencias.
Obama, Bush, Clinton, Carter, respeto por el amigo o el adversario.
Emocionadopor Barack Obama, apoyésu candidaturapresidencial
F
ue en un soleado día de pri-mavera del 20 de mayo de2008 cuando desperté demi estado de somnolenciapor los medicamentos enuna cama de hospital deBoston y miré el rostro deun médico, quien me ex-plicó de manera sombría que estaba apunto de morir, y que sería mejor queempezara a ordenar mis asuntos y pre-parar a mis amigos y a mi familia parael final.Mientras estaba en la cama del hos-pital, mis amigos y vecinos de CapeCod se encontraban preparando susbarcos de verano. Tenía la intención deestar entre ellos, como de costumbre.Los Red Sox de Boston eran una buenaapuesta para defender su campeona-to mundial. Se encontraba en curso lacampaña para las elecciones primariaspara la presidencia. Mis colegas del Se-nado pujaban hacia adelante nuestraagenda legislativa. Y yo tenía trabajoque hacer.No. Por mucho que respeto a la pro-fesión médica, mi muerte no encajabaen mis planes.Me negaba a pensar que me enfren-taba a una amenaza grave e impactantepara mi vida. Los primeros síntomas delo que podía ser un tumor cerebral ma-ligno los había tenido tres días antes.Habían caído sobre mí cuando me diri-gía hacia la cocina de mi casa de Hyan-nis Port, un lugar que ha sido el centrode mi vida y de mi felicidad durante lamayoría de mis setenta y seis años. Notenía otra intención que sacar a paseara Sunny y Splash, mis muy queridosperros. Mi esposa, Vicki, y yo estába-mos conversando y tomando nuestrocafé de la mañana en el solárium.La vida parecía especialmente bue-na. Los dieciséis años de matrimoniocon Vicki habían sido buenos. Su agu-da comprensión y su amor por mí lahabían convertido en una compañe-ra indispensable. Hemos compartidoincontables horas de alegría a bordode mi antigua goleta de madera
 Mya
,incluyendo noches de vela a lo largode la costa, guiados sólo por las estre-llas. Vicki me había dado tal sensaciónde estabilidad y tranquilidad, que casihabía empezado a pensar en la vida enesos términos, estable y tranquila. Peronunca aburrida. Ciertamente no podríaserlo con esta divertida, apasionada,leal y tan enamorada mujer. Vicki y yo habíamos disfrutado de uninvierno y principios de primavera es-pecialmente estimulante. El 27 de ene-ro, emocionado e inspirado por BarackObama y la esperanza que encarnaba,subí al podio en la American Universityen Washington para apoyar su candi-datura presidencial. Las mejores es-peranzas de la historia y el presente seconvergían en torno a mí. Mi sobrina,Caroline Kennedy, estaba a mi espalda, junto a mi propio hijo Patrick y el mis-mísimo candidato. La multitud rugió su
 
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PERFIL - Domingo 20 de septiembre de 2009
En una autobiograía inspirada por el cáncer que lo atormentó en el último año, Edward, la últimagran fgura de la dinastía Kennedy, traza una crónica sincera sobre los errores y virtudes quecometió a lo largo de su vida y revela el entusiasmo que le generó Barack Obama, a quien apoyóervorosamente. A continuación, tramos del prólogo, en el que cuenta su último gran objetivo: llegara hablar en la convención demócrata, en agosto de 2008, para respaldar el cambio que venía. EnEE.UU., el libro salió a la venta el lunes, con una tirada inicial de un millón y medio de ejemplares.
último que recuerdo hasta que me des-perté en el hospital.Más tarde me enteré de que había si-do hallado casi de inmediato por JudyCampbell, nuestra empleada doméstica. Judy llamó a Vicki, quien todavía esta-ba en el solárium esperando mi regreso.Cuando Vicki me vio, corrió a mi lado, yle encargó a Judy que llame al 911, y lue-go a mi médico en Boston, el Dr. LarryRonan. Mientras esperaba que llegue elequipo de rescate, Vicki se sentó en lasilla a mi lado y me sostuvo la cabeza. Yo no estaba consciente de lo que hacía,pero me abrazó con ternura, me besó yme dio palmaditas en la mejilla mientrasme susurraba: “Vas a estar bien”.Tomó tan sólo cuatro minutos que lle-gara la primera persona. Era un oficialde policía de Hyannis, quien le dijo Vickique “era un médico del Ejército”. “¡Oh,gracias a Dios! ¡Adelante!” Los paramé-dicos llegaron cerca de medio minutomás tarde. Nadie sabía qué diagnósticodarme. Sospecharon de un derrame ce-rebral. Me prepararon para llevarme alhospital. (…) Vicki, sentada en el cochemientras me preparaban e incluso antes,llamó por teléfono a tantos miembrosde nuestras familias como pudo. Me loexplicó más tarde: “Sabía que esto ibaa estar en las noticias, y no quería queninguna persona cercana se enterase deesa manera”. (…)El lunes siguiente la biopsia confir-mó que tenía un tumor cerebral, unglucoma maligno en mi lóbulo parietalizquierdo. A Vicki y a mí, en privado, senos dijo que el pronóstico era sombrío:tan sólo unos pocos meses como máxi-mo. Yo respeto la gravedad de la muer-te, he tenido muchas ocasiones parameditar sobre sus intrusiones. Pero noestaba dispuesto a aceptar el pronósti-co del médico por dos razones.La primera fue mi propia obstinada
fotos: afp
respeto.
Frente a su ataúd, Obamadestacó el compromiso del senador.
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