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Pertenencia e identidad

Pertenencia e identidad

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07/04/2013

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PERTENENCIA E IDENTIDADNotas sobre el ser rosaleñoSe ha hablado mucho sobre el término identidad, se ha incluido en numerososdiscursos y se ha mencionado hasta el cansancio. Agota insistir en este conceptosi es tan vacío a veces, y tan complejo y profundo otras tantas. Por lo tanto seráun desafío afrontar un intento más, aportar otro punto de vista o enunciar nuevoscontenidos destinados a su dilucidación.Aclaremos lo siguiente, no es cuestión de discutir si los rosaleños tenemos o noidentidad, si merecemos tenerla o no, o si constituimos un grupo humano extra-ño que luchamos por albergar alguna. Con respecto al conflicto por detentarla, alos esfuerzos por instituirla, o si debemos esforzarnos hasta el límite de nuestrasfuerzas, tampoco creo que deba ser así.Ninguna comunidad después de más de cien años de existencia –una historia-,con un espacio propio geográfico y políticamente bien determinado, con una po-blación arraigada, mayoritariamente estable, con instituciones, organizacionescomunitarias y estructura social bien definidas, carece de identidad. Entonces¿de qué hablamos cuando hablamos de identidad? Quizá no sepamos describiresa identidad, no sepamos descubrirla, hacerla visible, resaltarla, mencionarlacon todas las letras, o simplemente llamarla de alguna manera, si es que se pue-de poner en palabras algo tan vital y sustancial como la forma del ser de una co-munidad como la nuestra.Muchos hemos fundido identidad y autonomía. Más, hemos enarbolado comobandera de lucha, para abonar y ahondar en nuestra identidad, la cuestión de laautonomía y de sus precursores, pero no supimos con claridad definir por qué esapalabra ha prendido con tanta fuerza en los discursos y mensajes de políticos y jefes administrativos de nuestros últimos gobiernos, específicamente desde elaño 1983 aproximadamente. Poblaciones como la nuestra son desde hace muchotiempo comunidades autonómicas, o deberían serlo, teniendo en cuenta los ins-trumentos jurídicos-políticos y administrativos que nos rigen en el orden provin-cial. El hombre, la mujer, integrante de este conjunto de habitantes no debe deestar muy comprometido ni compenetrado de esta situación, propia de cualquierDistrito, si nuestros dirigentes creen que deben apelar continuamente a esta ter-minología a los fines de estructurar políticas de estado o hacer valer derechos so-bre asuntos relativos al desarrollo y el bienestar comunitario. Siguiendo con estalógica, somos autonómicos, tenemos una identidad, por lo tanto no debemos pre-ocuparnos por esto, más bien deberíamos preocuparnos por alcanzar mejores ni-veles de bienestar y confort como sociedad, aprovechar bien nuestros pocos osuficientes recursos, y hacer que nuestro futuro sea venturoso para nosotros ynuestros hijos. Este es otro discurso o suena así, pero se sustenta en otros pará-metros y no gira en el vacío de lo redundante o anacrónico. Al menos debería serasí, pero la realidad de estos últimos años ha demostrado que en verdad no esasí.Con respecto a nuestras carencias, a los conflictos jurisdiccionales, y a las dispu-tas con el estado nacional y provincial sobre nuestros derechos heredados queatañen a la geografía del Distrito y a los bienes, constituyen cuestiones sin resol-ver, y hacen a políticas de estado que nuestros políticos tienen que tomar en se-rio para poder explicar a sus conciudadanos y determinar así los caminos a se-guir para alcanzar esos objetivos, considerados como vitales y estratégicos parael crecimiento de la sociedad toda. Somos una sociedad autónoma y gozamos deuna férrea identidad como para llevar adelante esos reclamos con la suficienteenergía y potencia ante los poderes que correspondan. Explicarle a la población
 
que si luchamos sólo por esos objetivos alcanzamos o nos dirigimos hacia nues-tra autonomía plena, es como reconocer la no existencia de la misma.Detengámonos en el sentido de pertenencia ahora. Nadie puede negar que elsentido de pertenencia tiene una dinámica producto de factores de distinta natu-raleza. Está estrechamente unida al arraigo, y por supuesto al desarraigo. Arraigoes fijarse en un lugar, crear raíces, vincularse de tal manera que la acción de ale- jarse entraña una actitud o consecuencia emocional, y no sólo física o material.Nuestra consolidación en un emplazamiento determinado hace a ese sentido depertenencia que nos ata, nos une a la tierra y nos compromete desde todo puntode vista, las raíces se hacen profundas, y la raigambre se torna ser, ser con la tie-rra y con todo lo que nos vincula. Pero, no se constituye en un asunto individual,de un ser único, aislado, todo lo contrario, se hace y tiene sentido en tanto y encuanto forma parte de una comunidad, donde los intereses individuales se pier-den en el conjunto y se funden hacia un destino común. Es el amor por el terru-ño, por el lugar, entendido éste por un espacio vivido con una localización con-creta y un sentido de pertenencia. Cuando ese sentimiento se hace muy firme, seconsolida, se dice que echa raíces, es cuando nos comprometemos emocional-mente, y comienza a tener historia. No creo que en Cnel. Rosales no haya indivi-duos con tales sentimiento de arraigo y pertenencia.Si avanzo un poco más y hablo de historia, de memoria, de vida, de compromisoy de objetivos comunes, también hablo de conciencia, de conciencia territorial,del ser y el tener del lugar y de sus habitantes. El término conciencia del lugartiene mucho que ver con la raigambre, con el sentirse parte de un destino co-mún, pero esa conciencia es vital, cobra vida, cuando se torna activa, se haceuno con los objetivos primordiales y siente que debe avanzar y dinamizarse hacianueva y mejores formas de vida, es la supervivencia y los deseos de perpetuarsede la comunidad toda como un ser vivo que siente que debe luchar por su vida ysu existencia. Y la conciencia se hace historia en la medida en que no sólo com-prende su futuro, sino que aprende y se apropia de los ejemplos y los mejoresmodelos, que motivaron y dieron forma a los objetivos primeros y sustanciales.Muchos otros lugares aceptaron o fueron receptores de grupos de hombres deotras latitudes del interior del país, de nuestro país, y del exterior. Las migracio-nes provocadas por ciertos emplazamientos militares a través de todo nuestro te-rritorio, especialmente hacia bases navales, es un claro ejemplo de cómo seconstituyeron comunidades con rasgos peculiares, entre ellas la nuestra, caracte-rizada por la inestabilidad del grupo y el asentamiento permanente de otros, conrasgos culturales de un cosmopolitismo provincial o un provincialismo cosmopoli-ta dotado a veces de insuficiente sentido de pertenencia o conciencia territorial. Y éste es el caso.No vamos a tocar –aunque deberíamos-, las implicancias políticas (partidarias ono) de tales atributos de nuestra comunidad, instituida a través de ya muchosaños de consolidación y cimentación. Vamos a recalcar los fenómenos socio-cul-turales que se generaron a partir de ese perfil peculiar.En una nota anterior hicimos hincapié en la necesidad de construir una fotografíadinámica de la geopolítica de nuestro lugar. Ahondar en las entrañas más profun-das y vitales de nuestro ser, como territorio y comunidad. Un punto de partidapara el desarrollo de políticas de estado, un alerta también para nuestros dirigen-tes en todos los órdenes de la vida comunitaria. Comprender, entonces que elarraigo, el sentido de pertenencia y la conciencia territorial son factores funda-mentales para ese objetivo, y entender que la peculiaridad de nuestra poblaciónreside en ciertas características producto de su condición estratégica en el lugarque ocupa y de su origen como asentamiento cívico-militar, es comenzar a des-cribir esa identidad de la que hablábamos al principio. Memoria e historia toman

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