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Resumen
1.El llamado
 precepto de la evidencia
(otambién,
de la duda metódica
): No admitir nunca algo como verdadero, si no consta conevidencia que lo es, es decir, no asentir másque a aquello que no haya ocasión de dudar,evitando la precipitación y la prevención.2.
 El precepto del análisis
: Dividir lasdificultades que tengamos en tantas partescomo sea preciso, para solucionarlas mejor.3.
 El precepto de la síntesis
: Establecer un ordende nuestros pensamientos, incluso entreaquellas partes que no estén ligadas por unorden natural, apoyándonos en la solución delas cuestiones más simples (que Descartesllama "naturalezas simples") hasta resolver los problemas más complejos a nuestro alcance.4.
 El precepto de control 
: Hacer siemprerevisiones amplias para estar seguros de nohaber omitido nada.
Para bien dirigir la ran y buscar la verdad en lascienciasSi este discurso parece demasiado largo paraleído de una vez, puede dividirse en seis partes: en laprimera se hallarán diferentes consideraciones acerca delas ciencias; en la segunda, las reglas principales delmétodo que el autor ha buscado; en la tercera, algunasotras de moral que ha podido sacar de aquel método; enla cuarta, las razones con que prueba la existencia deDios y del alma humana, que son los fundamentos de sumetafísica; en la quinta, el orden de las cuestiones defísica, que ha investigado y, en particular, la explicacióndel movimiento del corazón y de algunas otrasdificultades que aten a la medicina, y también ladiferencia que hay entre nuestra alma y la de losanimales; y en la última, las cosas que cree necesariaspara llegar, en la investigación de la naturaleza, más alláde donde él ha llegado, y las razones que le hanimpulsado a escribir.
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Primera parteEl buen sentido es lo que mejor repartido estáentre todo el mundo, pues cada cual piensa que poseetan buena provisión de él, que aun los másdescontentadizos respecto a cualquier otra cosa, nosuelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es
1
 
Este Discurso se imprimió en Leyda, por vez primera, enel año 1637. Iba seguido de tres ensayos científicos: laDióptrica, los Meteoros y la Geometría.verosímil que todos se engañen, sino que más bien estodemuestra que la facultad de juzgar y distinguir loverdadero de lo falso, que es propiamente lo quellamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual entodos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad denuestras opiniones no proviene de que unos sean másrazonables que otros, sino tan lo de que dirigimosnuestros pensamientos por derroteros diferentes y noconsideramos las mismas cosas. No basta, en efecto,tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien. Lasalmas más grandes son capaces de los mayores vicios,como de las mayores virtudes; y los que andan muydespacio pueden llegar mucho más lejos, si van siemprepor el camino recto, que los que corren, pero se apartande él.Por mi parte, nunca he presumido de poseerun ingenio más perfecto que los ingenios comunes; hastahe deseado muchas veces tener el pensamiento tanrápido, o la imaginación tan clara y distinta, o la memoriatan amplia y presente como algunos otros. Y no sé deotras cualidades sino ésas, que contribuyan a laperfección del ingenio; pues en lo que toca a la razón o alsentido, siendo, como es, la única cosa que nos hacehombres y nos distingue de los animales, quiero creer queestá entera en cada uno de nosotros y seguir en esto lacomún opinión de los filósofos, que dicen que el más o elmenos es sólo de los
accidentes,
mas no de las
 formas
onaturalezas de los
individuos
de una misma
especie.
Pero, sin temor, puedo decir, que creo quefue una gran ventura para mí el haberme metido desdejoven por ciertos caminos, que me han llevado a ciertasconsideraciones y máximas, con las que he formado unmétodo, en el cual paréceme que tengo un medio paraaumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo pocoa poco hasta el punto más alto a que la mediocridad demi ingenio y la brevedad de mi vida puedan permitirlellegar. Pues tales frutos he recogido ya de ese método,que, aun cuando, en el juicio que sobre mí mismo hago,procuro siempre inclinarme del lado de la desconfianzamejor que del de la presunción, y aunque, al mirar conánimo filosófico las distintas acciones y empresas de loshombres, no hallo casi ninguna que no me parezca vana einútil, sin embargo no deja de producir en unaextremada satisfacción el progreso que pienso haberrealizado ya en la investigación de la verdad, y concibotales esperanzas para el porvenir (6), que si entre lasocupaciones que embargan a los hombres, puramentehombres, hay alguna que sea lidamente buena eimportante, me atrevo a creer que es la que yo heelegido por mía.Puede ser, no obstante, que me engañe; yacaso lo que me parece oro puro y diamante fino, no seasino un poco de cobre y de vidrio. Sé cuán expuestosestamos a equivocar nos, cuando de nosotros mismos setrata, y cuán sospechosos deben sernos también losjuicios de los amigos, que se pronuncian en nuestro favor.Pero me gustaría dar a conocer, en el presente discurso,el camino que he seguido y representar en él mi vida,como en un cuadro, para que cada cual pueda formar sujuicio, y así, tomando luego conocimiento, por el rumorpúblico, de las opiniones emitidas, sea este un nuevomedio de instruirme, que añadiré a los que acostumbroemplear.
 
Mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí elmétodo que cada cual ha de seguir para dirigir bien surazón, sino sólo exponer el modo como yo he procuradoconducir la mía(7). Los que se meten a dar preceptosdeben de estimarse más hábiles que aquellos a quieneslos dan, y son muy censurables, si faltan en la cosa másmínima. Pero como yo no propongo este escrito, sino amodo de historia o, si preferís, de fábula, en la que,entre ejemplos que podrán imitarse, irán acaso otrostambién que con razón no serán seguidos, espero quetendrá utilidad para algunos, sin ser nocivo para nadie, yque todo el mundo agradecerá mi franqueza.Desde la niñez, fui criado en el estudio de lasletras y, como me aseguraban que por medio de ellas sepodía adquirir un conocimiento claro y seguro de todocuanto es útil para la vida, sentía yo un vivísimo deseo deaprenderlas. Pero tan pronto como hube terminado elcurso de los estudios, cuyo remate suele dar ingreso en elnúmero de los hombres doctos, cambié por completo deopinión, Pues me embargaban tantas dudas y errores, queme parea que, procurando instruirme, no haaconseguido más provecho que el de descubrir cada vezmejor mi ignorancia. Y, sin embargo, estaba en una delas s famosas escuelas de Europa (8), en dondepensaba yo que debía haber hombres sabios, si los hay enalgún lugar de la tierra. Allí había aprendido todo lo quelos demás aprendían; y no contento aún con las cienciasque nos enseñaban, recorrí cuantos libros pudieron caeren mis manos, referentes a las ciencias que se considerancomo las más curiosas y raras. Conocía, además, losjuicios que se hacían de mi persona, y no veía que se meestimase en menos que a mis condiscípulos, entre loscuales algunos había ya destinados a ocupar los puestosque dejaran vacantes nuestros maestros. Por último,parecíame nuestro siglo tan floreciente y fértil en buenosingenios, como haya sido cualquiera dé los precedentes.Por todo lo cual, me tomaba la libertad de juzgar a losdemás por mí mismo y de pensar que no había en elmundo doctrina alguna como la que se me haaprometido anteriormente.No dejaba por eso de estimar en mucho losejercicios que se hacen en las escuelas. Sabía que laslenguas que en ellas se aprenden son necesarias para lainteligencia de los libros antiguos; que la gentileza de lasfábulas despierta el ingenio; que las accionesmemorables, que cuentan las historias, lo elevan y que,leídas con discreción, ayudan a formar el juicio; que lalectura de todos los buenos libros es como unaconversación con los mejores ingenios de los pasadossiglos, que los han compuesto, y hasta una conversaciónestudiada, en la que no nos descubren sino lo más selectode sus pensamientos; que la elocuencia posee fuerzas ybellezas incomparables; que la poesía tiene delicadezas ysuavidades que arrebatan; que en las matemáticas haysutilísimas invenciones que pueden ser de mucho servicio,tanto para satisfacer a los curiosos, como para facilitarlas artes todas y disminuir el trabajo de los hombres; quelos escritos, que tratan de las costumbres, encierranvarias enseñanzas y exhortaciones a la virtud, todas muyútiles; que la teología enseña a ganar el cielo; que lafilosofía proporciona medios para hablar con verosimilitudde todas las cosas y recomendarse a la admiración de losmenos sabios (9); que la jurisprudencia, la medicina ydes ciencias honran y enriquecen a quienes lascultivan; y, por último, que es bien haberlas recorridotodas, aun las más supersticiosas y las más falsas, paraconocer su justo valor y no dejarse engañar por ellas.Pero creía también que ya había dedicadobastante tiempo a las lenguas e incluso a la lectura de loslibros antiguos y a sus historias y a sus fábulas. Pues escasi lo mismo conversar con gentes de otros siglos, queviajar por extrañas tierras. Bueno es saber algo de lascostumbres de otros pueblos, para juzgar las del propiocon mejor acierto, y no creer que todo lo que seacontrario a nuestras modas es ridículo y opuesto a larazón, como suelen hacer los que no han visto nada. Peroel que emplea demasiado tiempo en viajar, acaba portornarse extranjero en su propio país; y al que estudiacon demasiada curiosidad lo que se hacía en los siglospretéritos, ocúrrele de ordinario que permaneceignorante de lo que se practica en el presente. Además,las fábulas son causa de que imaginemos como posiblesacontecimientos que no lo son; y aun las s fieleshistorias, supuesto que no cambien ni aumenten el valorde las cosas, para hacerlas más dignas de ser leídas,omiten por lo menos, casi siempre, las circunstancias másbajas y menos ilustres, por lo cual sucede que lo restanteno aparece tal como es y que los que ajustan suscostumbres a los ejemplos que sacan de las historias, seexponen a caer en las extravagancias de los paladines denuestras novelas y a concebir designios, a que noalcanzan sus fuerzas.Estimaba en mucho la elocuencia y era unenamorado de la poesía; pero pensaba que una y otra sondotes del ingenio más que frutos del estudio. Los quetienen s robusto razonar y digieren mejor suspensamientos, para hacerlos claros e inteligibles, son losmás capaces de llevar a los ánimos la persuasión, sobre loque proponen, aunque hablen una pésima lengua y nohayan aprendido nunca retórica; y los que imaginan lasmás agradables invenciones, sabiéndolas expresar conmayor ornato y suavidad, serán siempre los mejorespoetas, aun cuando desconozcan el arte poética.Gustaba sobre todo de las matemáticas, por lacerteza y evidencia que poseen sus razones; pero aun noadvertía cuál era su verdadero uso y, pensando que sólopara las artes mecánicas servían, extrañábame que,siendo sus cimientos tan firmes y sólidos, no se hubieseconstruido sobre ellos nada más levantado (10). Y encambio los escritos de los antiguos paganos, referentes alas costumbres, comparábalos con palacios muy soberbiosy magníficos, pero construidos sobre arena y barro:levantan muy en alto las virtudes y las presentan comolas cosas más estimables que hay en el mundo; pero nonos enseñan bastante a conocerlas y, muchas veces, danese hermoso nombre a lo que no es sino insensibilidad,orgullo, desesperación o parricidio (11).Profesaba una gran reverencia por nuestrateología y, como cualquier otro, pretendía yo ganar elcielo. Pero habiendo aprendido, como cosa muy cierta,que el camino de la salvación está tan abierto para losignorantes como para los doctos y que las verdadesreveladas, que allá conducen, están muy por encima denuestra inteligencia, nunca me hubiera atrevido asometerlas a la flaqueza de mis razonamientos, pensandoque, para acometer la empresa de examinarlas y salir conbien de ella, era preciso alguna extraordinaria ayuda delcielo, y ser, por tanto, algo más que hombre.
 
Nada diré de la filosofía sino que, al ver queha sido cultivada por los más excelentes ingenios que hanvivido desde hace siglos, y, sin embargo, nada hay en ellaque no sea objeto de disputa y, por consiguiente, dudoso,no tenía yo la presunción de esperar acertar mejor quelos demás; y considerando cuán diversas pueden ser lasopiniones tocante a una misma materia, sostenidas todaspor gentes doctas, aun cuando no puede ser verdaderamás que una sola, reputaba casi por falso todo lo que nofuera más que verosímil.Y en cuanto a las demás ciencias, ya quetoman sus principios de la filosofía, pensaba yo que sobretan endebles cimientos no podía haberse edificado nadasólido; y ni el honor ni el provecho, que prometen, eranbastantes para invitarme a aprenderlas; pues no me veía,gracias a Dios, en tal condición que hubiese de hacer dela ciencia un oficio con que mejorar mi fortuna; y aunqueno profesaba el desprecio de la gloria a lo cínico, sinembargo, no estimaba en mucho aquella fama, cuyaadquisición sólo merced a falsos títulos puede lograrse. Y,por último, en lo que toca a las malas doctrinas, pensabaque ya conocía bastante bien su valor, para no dejarmeburlar ni por las promesas de un alquimista, ni por laspredicciones de un astrólogo, ni por los engaños de unmago, ni por los artificios o la presunción de los queprofesan saber más de lo que saben.Así, pues, tan pronto como estuve en edad desalir de la sujeción en que me tenían mis preceptores,abandoné del todo el estudio de las letras; y, resuelto ano buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mímismo o en el gran libro del mundo, empleé el resto demi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitos (12), encultivar la sociedad de gentes de condiciones y humoresdiversos, en recoger varias experiencias, en ponerme a mímismo a prueba en los casos que la fortuna me deparabay en hacer siempre tales reflexiones sobre las cosas quese me presentaban, que pudiera sacar algún provecho deellas. Pues parecíame que podía hallar mucha más verdaden los razonamientos que cada uno hace acerca de losasuntos que le atañen, expuesto a que el suceso vengaluego a castigarle, si ha juzgado mal, que en los quediscurre un hombre de letras, encerrado en su despacho,acerca de especulaciones que no producen efecto algunoy que no tienen para él otras consecuencias, sino queacaso sean tanto mayor motivo para envanecerle cuantomás se aparten del sentido común, puesto que habrátenido que gastar más ingenio y artificio en procurarhacerlas veromiles. Y siempre sena un deseoextremado de aprender a distinguir lo verdadero de lofalso, para ver claro en mis actos y andar seguro por estavida.Es cierto que, mientras me limitaba aconsiderar las costumbres de los otros hombres, apenashallaba cosa segura y firme, y advertía casi tantadiversidad como antes en las opiniones de los filósofos.De suerte que el mayor provecho que obtenía, era que,viendo varias cosas que, a pesar de parecernos muyextravagantes y ridículas, no dejan de ser admitidascomúnmente y aprobadas por otros grandes pueblos,aprendía a no creer con demasiada firmeza en lo que sóloel ejemplo y la costumbre me habían persuadido; y asíme libraba poco a poco de muchos errores, que puedenoscurecer nuestra luz natural y tornarnos menos aptospara escuchar la voz de la razón. Mas cuando hube pasadovarios años estudiando en el libro del mundo y tratandode adquirir alguna experiencia, resolvíme un a aestudiar tambn en mismo y a emplear todas lasfuerzas de mi ingenio en la elección de la senda quedebía seguir; lo cual me salió mucho mejor, según creo,que si no me hubiese nunca alejado de mi tierra y de mislibros.Segunda parteHallábame, por entonces, en Alemania,adonde me llamara la ocasión de unas guerras (13) queaun no han terminado; y volviendo de la coronación delEmperador (14) hacia el ejército, cogióme el comienzodel invierno en un lugar en donde, no encontrandoconversación alguna que me divirtiera y no teniendotampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones queperturbaran mi ánimo, permanecía el día entero solo yencerrado, junto a una estufa, con toda la tranquilidadnecesaria para entregarme a mis pensamientos (15).Entre los cuales, fue uno de los primeros el ocurrírsemeconsiderar que muchas veces sucede que no hay tantaperfección en las obras compuestas de varios trozos yhechas por las manos de muchos maestros, como enaquellas en que uno solo ha trabajado. Así vemos que losedificios, que un solo arquitecto ha comenzado yrematado, suelen ser más hermosos y mejor ordenadosque aquellos otros, que varios han tratado de componer yarreglar, utilizando antiguos muros, construidos paraotros fines. Esas viejas ciudades, que no fueron alprincipio sino aldeas, y que, con el transcurso del tiempohan llegado a ser grandes urbes, están, por lo común,muy mal trazadas y acompasadas, si las comparamos conesas otras plazas regulares que un ingeniero diseña, segúnsu fantasía, en una llanura; y, aunque considerando susedificios uno por uno encontremos a menudo en ellostanto o más arte que en los de estas últimas ciudadesnuevas, sin embargo, viendo cómo están arreglados, aquíuno grande, allá otro pequeño, y cómo hacen las callescurvas y desiguales, diríase que más bien es la fortunaque la voluntad de unos hombres provistos de razón, laque los ha dispuesto de esa suerte. Y si se considera que,sin embargo, siempre ha habido unos oficiales encargadosde cuidar de que los edificios de los particulares sirvan alornato público, bien se reconocerá cuán difícil es hacercumplidamente las cosas cuando se trabaja sobre lohecho por otros. Así también, imaginaba yo que esospueblos que fueron antaño medio salvajes y han idocivilizándose poco a poco, haciendo sus leyes conformeles iba obligando la incomodidad de los crímenes ypeleas, no pueden estar tan bien constituidos como losque, desde que se juntaron, han venido observando lasconstituciones de algún prudente legislador (16). Comotambién es muy cierto, que el estado de la verdaderareligión, cuyas ordenanzas Dios solo ha instituido, debeestar incomparablemente mejor arreglado que todos losdemás. Y para hablar de las cosas humanas, creo que siEsparta ha sido antaño muy floreciente, no fue por causade la bondad de cada una de sus leyes en particular, quealgunas eran muy extrañas y hasta contrarias a las buenascostumbres, sino porque, habiendo sido inventadas poruno solo, todas tendían al mismo fin. Y así pensé yo quelas ciencias de los libros, por lo menos aquellas cuyasrazones son solo probables y carecen de demostraciones,habiéndose compuesto y aumentado poco a poco con lasopiniones de varias personas diferentes, no son tanpróximas a la verdad como los simples razonamientos que
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