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Crisis Ambiental

Crisis Ambiental

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TRAYECTORIAS AÑO VIII, NÚM. 20-21
ENERO-AGOSTO 2006
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CCCCCrrrrrisis ambienisis ambienisis ambienisis ambienisis ambiental y globalización:tal y globalización:tal y globalización:tal y globalización:tal y globalización:
Una lectur Una lectur Una lectur Una lectur Una lectur a par a par a par a par a par a educadores ambientalesa educadores ambientalesa educadores ambientalesa educadores ambientalesa educadores ambientalesen un mundo insostenibleen un mundo insostenibleen un mundo insostenibleen un mundo insostenibleen un mundo insostenible
iertamente y en ri-gor, hablar de laglobalización obli-garía a hablar ydebatir “de” todo y “sobre”todo, tarea que transciendenuestras posibilidades y queprobablemente aportaríamuy poco al logro, aunquesea parcial, de la finalidad deeste texto: reflexionar sobreel qué (la identidad), el cómo(la estrategia) y el para quién(los destinatarios) de la edu-cación ambiental (
EA
) ante los retos de un mundocada vez más unificado e interdependiente en térmi-nos económicos, sociales, políticos y culturales.En otras palabras, y para centrar la mirada dellector, nos gustaría iluminar algunas de las implica-ciones que se derivan para la
EA
del laberinto de laglobalización. El hecho de que los conceptos de glo-balización y desarrollo sustentable hayan emergidoprácticamente al unísono en el discurso científico–social y político, y que hayan calado rápidamente enla cultura común, no es una mera contingencia histó-rica. La toma de conciencia de la crisis ambientalcomo una amenaza que cuestiona la bondad y la via-bilidad del proyecto moderno y de sus institucionescentrales –comenzando porel Estado–, y como una va-riable que opera al margende las fronteras geopolíticasestablecidas, forma partetanto de los signos como delos síntomas de la globaliza-ción.De igual forma, labúsqueda de una respuesta“universal” bajo la etiquetadel desarrollo sustentable seenmarca en el intento deconstruir un nuevo discur-so y un nuevo orden transnacional que interiorice lavariable ambiental, sobre todo al entenderla como unaamenaza potencial al progreso del capitalismo avan-zado. Ambos conceptos, además, comparten la mis-ma propensión a la superficialidad, la mixtificación yla manipulación semántica, hasta el punto de trans-formarse en objetos retóricos usados de forma indis-criminada para justificar y connotar positivamentecualquier propuesta o acción política, científica, edu-cativa, tecnológica, etc.La globalización es uno de los conceptos –porno decir, “el concepto”– que más se utiliza para ex-presar la identidad del mundo contemporáneo. Así vista, la globalización transciende la mera mundiali-
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zación, a pesar de que con frecuencia ambos térmi-nos se utilizan como sinónimos. La mundialización,entendida como unificación geopolítica, no es un fe-nómeno estrictamente nuevo. Sus inicios se puedenremontar a las aventuras colonizadoras emprendidasen el siglo XV por las potencias europeas de la época,y a su consolidación con la instauración de los impe-rios coloniales en los siglos XVIII y XIX. Su conse-cuencia principal es la conversión de todo el planetaen objeto de los intereses de una civilización, la occi-dental, que ha convertido en hegemónicos su modelode producción–consumo y las estructuras políticas ypatrones culturales que lo aderezan y legitiman.La fase actual de este proceso, la globalización,sería una forma de neocolonialismo más sutil y sofis-ticada que la denunciada en los años sesenta y seten-ta del siglo pasado: aparecen nuevos instrumentos queaceleran e integran cada vez más los flujos económi-cos –las nuevas tecnologías de la comunicación y deltransporte–, nuevas formas de reproducción del ca-pital –dominadas por la economía especulativa– ynuevas estrategias de producción –la deslocalizaciónde las actividades productivas en busca de bajos sala-rios, menor presión fiscal y un control ambiental máslaxo–. En esta línea, Baricco (2002: 32) afirma que“globalización es el nombre que le damos a cosascomo internacionalismo, colonialismo, modernizacióncuando decidimos sumarlas y elevarlas a la categoríade aventura colectiva, épica, de época”.Pero el rasgo definitivo y específico de esta nue-va época es la “desregulación” de la economía; estoes, el desmantelamiento progresivo de las normas yde las pautas económicas que, desde los aparatos es-tatales o desde los organismos supranacionales crea-dos a partir de la Segunda Guerra Mundial (BancoMundial:
BM
; Fondo Monetario Internacional:
FMI
;Organización Mundial del Comercio:
OMC
, etc.),habían sido pensadas para compensar los desequili-brios del mercado. Joseph Stiglitz (2003: 59), ex–vi-cepresidente del
BM
y persona clave en la política eco-nómica del gobierno de los
EEUU
en la era Clinton,señala que “la orientación keynesiana (inicial) del
FMI
,que subrayaba los fallos del mercado y el papel delEstado en la creación de empleo, fue reemplazada porla sacralización del libre mercado en los ochenta (…)que marcó un enfoque completamente distinto deldesarrollo económico y la estabilización”. Buen co-nocedor de las entrañas de un sistema al que ha ser-vido, Stiglitz reconoce que la desregulación no se haaplicado de forma universal y que los países occiden-tales han mantenido los mecanismos arancelarios, fi-nancieros y de soporte público de sus aparatos pro-ductivos, a la par que no han dudado en imponer alos países subdesarrollados la supresión de barrerascomerciales y el desmantelamiento de sus escuálidossistemas públicos a través de planes de ajuste estruc-tural y de la imposición de condiciones draconianaspara la devolución de la deuda externa.La globalización, en fin, “es un paisaje hipoté-tico, fundado en una idea: dar al dinero el campo de juego más amplio posible” (Baricco, 2002: 33). Enúltima instancia, la globalización es eso: el libre juegode los flujos despiadados, anómicos amorales del ca-pital y de quienes lo poseen –pocos, y cada vez me-nos– con el único fin de multiplicarse. No existen re-glas ni escrúpulos, no se reconocen fronteras para elcapital o las mercancías (sí, claro, para las personas);sólo la pulsión del beneficio y la ley del más fuerte.Los únicos paraísos posibles son los paraísos fiscales.Pensar en formar una conciencia ambiental o unacultura de la sustentabilidad en este escenario, con laeducación o con otros instrumentos sociales es, cuan-do menos, un reto sobrecogedor.
LA GLOBALIZACIÓN,EL PRETENDIDO BIEN
El término globalización, sin embargo, carece de lasconnotaciones negativas de otros más desgastadoscomo capitalismo, imperialismo o neocolonialismo.Se puede afirmar, incluso, que tiene buena prensa: seutiliza casi siempre con connotaciones positivas o
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como un término netamente descriptivo y neutro. Dehecho, los movimientos sociales que la denunciancomenzaron identificándose como anti–globalizado-res para pasar a defender que “otra globalización esposible”, en una estrategia inteligente de apropiacióndel discurso dominante. La retórica es también unavariable importante en el trabajo cultural para impul-sar o entorpecer el cambio social.Cuando se habla de globalización no sólo sedescribe el mundo contemporáneo como un ente eco-nómico cada vez más integrado. Se expresa algo más:la emergencia de una estructura en la que todos suscomponentes y procesos están estrechamente entre-lazados y son cada vez más interdependientes. El pro-ceso de globalización se expresa también en las esfe-ras cultural, social, política y psicológica, adquiriendouna dimensión histórica y subjetiva que ha llevado aalgunos autores a hablar de una nueva fase o, incluso,de una nueva era de la civilización occidental.La globalización, así entendida, sería uno de dosprincipales rasgos de la cosmovisión contemporánea,que obliga a replantear nociones como las de
sujeto,ciudadanía, democracia
o
Estado–nación
; es decir, arevistar las bases de la primera modernidad (Caridey Meira, 2001) y a abrir las puertas a una segundamodernidad o “modernidad reflexiva” (Beck, 2000).Este momento de inflexión histórica es el fruto para-dójico del éxito y, al mismo tiempo, de las debilidadesde la primera modernidad en su fase avanzada (delcapitalismo industrial o del capitalismo organizado).Los nuevos problemas no son realmente nuevos, comola degradación antrópica del ambiente, pero se ponede manifiesto que no pueden ser afrontados con laspremisas y los instrumentos institucionales propios dela primera modernidad, desmontando la convicción deque para cada problema que genera el progreso se aca-ba por encontrar una solución racional (técnica o polí-tica). Lo cierto es que las vigas maestras de la primeramodernidad se tambalean (Beck, 2000).Los discursos más optimistas entienden estaetapa como un nuevo avance en la escala siempreascendente del progreso humano. Este punto de vistaacepta que el motor y el núcleo principal de la globa-lización debe ser el mercado. Un mercado unificadoconcebido como plataforma ideal para que el capital,impulsado por la creatividad y la iniciativa social, cir-cule y se desarrolle sin cortapisas. De ello resultará elprogreso de “toda” la humanidad y la solución deaquellos males que “provisionalmente” la aquejan enforma de pobreza, injusticia, desigualdad o degrada-ción ambiental.Quienes denuncian la cara perversa de la glo-balización cuestionan la bondad atribuida al merca-do como principal elemento de cohesión. Desde estepunto de vista se afirma que las interdependencias eco-nómicas, sociales y culturales establecidas entre indivi-duos, comunidades y sociedades no responden a crite-rios de correspondencia y equidad. Se denuncia quela globalización deriva también en homogeneización
Crisis ambiental y globalización
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