LibrodotEn busca del tiempo perdido I Marcel ProustApoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas dela almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las mejillas mismasde nuestra niñez. EncendÃa una cerilla para mirar el reloj.Pronto serÃan las doce. Este es el momento en que el enfermoque tuvo que salir de viaje y acostarse en una fonda desconocida,se despierta, sobrecogido por un dolor, y siente alegrÃa al ver una rayitade luz por debajo de la puerta. ¡Qué gozo! Es de dÃa ya. Dentro de unmomento los criados se levantarán, podrá llamar, vendrán a darlealivio. Y la esperanza de ser confortado le da valor para sufrir. SÃ, ya le parece que oye pasos, pasos que se acercan, que después se vanalejando. La rayita de luz que asomaba por debajo de la puerta ya noexiste. Es medianoche: acaban de apagar el gas, se marchó el últimocriado, y habrá que estarse la noche enteró sufriendo sin remedio.Me volvÃa a dormir, y a veces ya no me despertaba más que por  breves instantes, lo suficiente para oÃr los chasquidos orgánicos de lamadera de los muebles, para abrir los ojos y mirar al calidoscopio de laoscuridad, para saborear, gracias a un momentáneo resplandor deconciencia, el sueño en que estaban sumidos los muebles, la alcoba, eltodo aquel del que yo no era más que una Ãnfima parte, el todo a cuyainsensibilidad volvÃa yo muy pronto a sumarme. Otras veces, aldormirme, habÃa retrocedido sin esfuerzo a una época para siempreacabada de
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mi vida primitiva, me habÃa encontrado nuevamente conuno de mis miedos de niño, como aquel de que mi tÃo me tirara de los bucles, y que se disipó .fecha que para mà señala una nueva era. el dÃaque me los cortaron. Este acontecimiento habÃa yo olvidado duranteel sueño, y volvÃa a mi recuerdo tan pronto como acertaba adespertarme para escapar de las manos de mi tÃo: pero, por vÃa de precaución, me envolvÃa la cabeza con la almohada antes de tornar almundo de los sueños.Otras veces, asà como Eva nació de una costilla de Adán, unamujer nacÃa mientras yo estaba durmiendo, de una mala postura de micadera. Y siendo criatura hija del placer que y estaba a punto dedisfrutar, se me figuraba que era ella la que me lo ofrecÃa. Mi cuerposentÃa en el de ella su propio calor, iba a buscarlo, y yo me despertaba.Todo el resto de los mortales se me aparecÃa como cosa muy borrosa junto a esta mujer, de la que me separara hacÃa un instante:conservaba aún mi mejilla el calor de su beso y me sentÃa dolorido por el peso de su cuerpo. Si, como sucedÃa algunas veces, se merepresentaba con el semblante de una mujer que yo habÃa conocidoen la vida real, yo iba a entregarme con todo mi ser a este únicofin: encontrarla; lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una3
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