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CLASE89

CLASE89

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Published by El Ortiba
El Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina. Fascículos semanales publicados en Página 12, Buenos Aires, 2009
El Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina. Fascículos semanales publicados en Página 12, Buenos Aires, 2009

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P
eronismo
 José Pablo Feinmann
Filosofía política de una obstinación argentina
Suplemento especial de
P
ágina
I
12
¡¡¡Ezeiza!!! (Conclusiones)
89
 
EL “ASALTO” ALDEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA
S
alimos de la autopista y nos meti-mos entre unos arbolitos. A la som-bra. Nos sentamos y sacamos algu-nos sÁnguches para calmar el ham-bre de la caminata. Éramos –comodije– tres: Conrado Eggers Lan, Ariel Sibileau y yo. Ésa era nuestra columna. No podíamos tenerpretensiones de
copar 
nada ni lo pretendíamos.No recuerdo por qué no fui con la columna deMiguel Hurst ese día. Pero no era raro que estu- viera con Eggers. Dos meses atrás me habían lla-mado los militantes de Humanidades de FURN(Federación Universitaria de la RevoluciónNacional). Eran los de La Plata. Me habían citadoen Ciudad Evita. Era un día gris, frío, el otoñoempezaba a apretar. Me dijeron que me queríanpara el Decanato de Humanidades. La cosa mesonó bien. Entre tanto, unos 30 o 40 metros másallá se hacía un acto por “los caídos en la luchapor la liberación”. Eran unos cinco o seis compa-ñeros los que hablaban conmigo. Que ellos meahorrarían todo el trabajo, que me iban a buscar ami casa a la mañana y me devolvían a eso de las 6de la tarde. Que no bien llegara tendría sobre miescritorio todos los diarios de la mañana. Que yoles resultaba ideal porque habían leído
Envido
desde el comienzo, habían escuchado charlas míasy habían estudiado y debatido mis trabajos. Detanto en tanto, los del acto voceaban un nombre:“¡Sabino Navarro!” Los muchachos interrumpíanla conversación, alzaban el brazo con la “V” pero-nista y contestaban: “¡Presente!”. (
Nota:
En pleno‘76 la revista
Gente 
informaba sobre estas cosascomo el colmo del horror subversivo. En el ‘73eran parte del ritual de cada acto. La idea quetenía yo del asunto era: se trata del reconocimien-to a una juventud que luchó contra una dictaduramilitar ilegal, anticonstitucional, represiva. Habí-an sido muertos por un gobierno militar queusurpaba el poder. Ahora, con el regreso de lademocracia,
La violencia debía terminar 
. Como voy a abundar hasta lo más hondo –eso espero–sobre estas cuestiones, dejo el planteo aquí. Vol- veremos sobre él.) Yo no decía el “presente” de laliturgia del acto porque ya era profesor y me habíaimpuesto ciertos límites. Decía, sin embargo,“presente” siempre que nombraban al boxeadorEduardo Pablo Monti. Alguien voceaba “¡Monti!”en cualquier acto y yo decía: “¡Presente!”. En pri-mer lugar porque me conmovía su condición deboxeador. No puedo evitar ser fanático de esedeporte que si lo prohibieran estaría de acuerdo.Me conozco todas las películas que se hicieronsobre sus momentos de gloria y sus enormes des-dichas. Todas las grandes películas sobre box pro-ponen su prohibición o muestran su cara negati- va. Monti –durante la Resistencia Peronista–subía al ring con una bata que decía “Perón Vuel- ve”. Era un Gatica de segunda categoría. Era unmediopesado, pero –además de boxeador– era unmilitante político. Un obrero textil padre de cua-tro hijos. Vivía en Lanús. De su casa lo secuestranun 11 de marzo de 1972 a las 6.30 de la mañana.No estaba en ninguna organización guerrillera.Era un típico obrero textil peronista que luchabacontra la dictadura de Lanusse. Es tan brutal elcastigo al que lo someten en la cárcel de Olmos,tanto lo golpean con palos y cadenas, tanto losometen a la picana que, por fin, lo matan. Tenía43 años. Como se ve, no era un “joven guerrilleroformado en la teoría del foco”. Lanusse no lomenciona en sus testimonios. Lástima. Si Montino hubiera muerto habría sido uno de los libera-dos por la ley de amnistía del camporismo.¿Alguien puede atreverse a decir que “habría sali-do a matar”? ¡Por favor! Hubo miles de
 Montis 
. Víctimas de siete años de dictadura de la Revolu-ción Argentina y 18 años de gobiernos ilegales,represivos, antidemocráticos. ¿Cómo no iban adictar la ley de amnistía si todos los presos eranpresos ilegales, presos de dictaduras? Era unamedida humanitaria, y, a la vez, un blanquea-miento, un nuevo comienzo. La democracia debíaempezar así: con la libertad a los presos de larepresión dictatorial. Lástima que Eduardo PabloMonti no llegó al 25 de mayo de 1973. Abrirle aél la puerta de su prisión habría sido un aliviopara todas las horribles torturas que sufrió.Habría sido, sin más, un acto de justicia. Ahora esun muerto más que “se quedó” en la tortura. Por-que es así: los que mueren a manos de los tortura-dores “se quedan” en la tortura. Como si sehubieran obstinado por permanecer en ella. Ocomo si la decisión de morir les perteneciera. Unafrase cruel que limpia a los torturadores. Nomurió “a causa de” la tortura. No murió porque“sus torturadores lo asesinaron”. No, “se quedó”ahí. Fue una decisión suya. Podría haber “salidode la tortura”. Pero eligió quedarse. Qué pena.No era lo que querían sus torturadores. Que, debuenos que eran, deseaban que “saliera” vivo.Debiera, al menos, decirse: se
les 
quedó en la tor-tura. Se les quedó a ellos: a sus torturadores. Eltorturado, de quedarse en algún lado, habría pre-ferido quedarse en su casa, vivo. Pero a los tortu-radores –de infames y crueles que fueron, de des-bocados en su sadismo– se “les quedó”. Y mejorque decir “se les quedó en la tortura” sería decir“lo mataron torturándolo”. Así murió el boxeadorMonti. Una mancha ilevantable en el gobierno deLanusse. (Ver: Roberto Baschetti,
La memoria de los de abajo. Hombres y mujeres del peronismo revo-lucionario
, Tomo II, De La Campana, La Plata,2007, p. 61.) Volvemos a Ciudad Evita. Los pibes de laFURN me dicen que lo tienen que consultar con Agoglia, el actual rector. Pero no dudan que todosaldrá bien. Al día siguiente voy a visitar a Conra-do Eggers Lan en su despacho de flamante direc-tor del Departamento de Filosofía. No bien me vio hizo un gesto jodón: señaló la silla frente a suescritorio con solemnidad fingida. Como si dijera:“Mire, José, qué importante soy ahora. Siénteseque igual lo voy a atender”. (Cuento esto paraque se vea cuál fue nuestro “asalto” al Departa-mento de Filosofía.) Me dice:–Voy a anular los cinco griegos y los tres lati-nes. Los pibes de la juventud no paran de pedír-melo.En Filosofía había que cursar obligatoriamentecinco cuatrimestres de Griego o tres de Latín.Griego lo daba Thiele, si mal no recuerdo sunombre. Y Latín un tipo bastante difícil y bastan-te duro que se llamaba Pagés. Yo hice los tres lati-nes. No tenía paciencia para los cinco cuatrimes-tres de Griego. Y con la llegada de la “corrientenacional” se hizo imperioso eliminar los idiomasclásicos. Los muchachos le habrán pedido aEggers aprender
aymara
,
 guaraní 
o
quechua
. Porsupuesto: quechua, como aprendía el Che en laselva boliviana. Pero ¡griego y latín! ¿Para quémierda le servía eso a la nación latinoamericana?Toda la derecha atacó la decisión de Conrado algrito de la defensa del humanismo clásico. PeroConrado no dio un paso atrás. Se acabó la torturade los griegos y los latines. Fundamos, en cambio,
Historia del Pensamiento Latinoamericano
. Funda-mos también un Centro de Estudios del Pensa-miento Latinoamericano que dirigíamos Guiller-mina Camusso y yo. Dictamos, en seguida, lamateria sobre la historia del pensamiento latinoa-mericano. Éramos, si mal no recuerdo, Guillermi-na Camusso, la brillante Nelly Schnaith y yo.¡Elegí dar el pensamiento de Francisco SolanoLópez! Al menos, durante la primera parte delprograma. El mariscal López era el héroe del quePerón llamara “el ejército más glorioso de Améri-ca”. Era la posibilidad de dictar la “guerra delParaguay” y el pensamiento del jefe del heroicoejército y del heroico pueblo que fuera masacradoen esa guerra infame. (
La Guerra de la Triple Infa-mia
, la llamaba Milcíades Peña.) Sin embargo, ledije a Conrado que yo me preparaba para serDecano de Humanidades en La Plata.–No se apure, José. ¿Qué edad tiene?–Treinta años.–Es muy pronto. Y además, en La Plata. Usted va a aterrizar ahí como alguien de otro pozo. –Depronto, pregunta–: Pero, ¿usted tiene el título?Me había olvidado. Yo había dado mi últimamateria en 1969. Tenía dos opciones: o el profe-sorado o la licenciatura. Ni loco el profesorado:había que cursar y rendir tres materias pedagógi-cas. Y la tesis, sí. Pero aún no era el momento.Había mucho que hacer. ¿Cómo iba a perder eltiempo haciendo una tesis? No me importaba eltítulo.–Cierto, no tengo el título. Nunca rendí latesis.–José, qué boludo –dijo Conrado, excesiva-mente sincero–. ¿Y encima quiere ser Decano enLa Plata?Les dije a los pibes de la FURN. Les pareció“una cagada”. Pero igual insistieron con Agoglia:que yo presentaría el título de inmediato. Quetenía lista mi tesis. Que todo era cuestión de días. Agoglia les dijo que no. Que no era de La Plata.Que era muy joven. Y que además todavía notenía el título. Demasiado. Lo único que yo noaceptaba era que fuera muy joven. ¿Abal Medinano era Secretario General del Movimiento Nacio-nal Justicialista y tenía apenas 27 años? Bueno, yotenía 30 en 1973. ¿Por qué no podría ser Decanode Humanidades en La Plata?–Por el título, José –me dice Conrado–. ¿Cómono se le ocurrió rendir la tesis? ¿Cuándo entró enla Facultad?–¿En 1962?–¿Y recién dio su última materia en 1969?–Sí, y la anterior en 1967. Qué me importaba. Yo tenía otras cosas que estudiar. No tenía apuropor tener el título. Di un montón de materiasdurante los tres primeros años. Después me pusea estudiar por mi cuenta. Usted lo sabe, Conrado. Ahora sí necesito el título. Dele, ¿qué tal si mearma una mesa? Yo le hago la tesis en una sema-na.–La vanidad va a terminar con usted.–No es vanidad. Voy a juntar todo lo quetengo publicado.–Voy a fingir que no escuché eso.En dos meses tenía una mesa especial: Conra-do, Guillermina Camusso y el mítico traductor de
El ser y la nada
, el profesor Miguel Angel Viraso-ro, que había traducido la primera obra maestrade Sartre para una edición de Editorial Ibero Americana en 1948.
El ser y la nada
, desde luego.Todos leímos ese libro en esa edición. InclusoHoracio González cuenta –en
La crisálida
, creo–que Jacques Rancière se pasea mirando su biblio-teca y se detiene en ella y la mira con cierta curio-sidad.
El ser y la nada
en tres tomos cuando –enfrancés– tenía uno solo. No era una buena edi-ción ni era bueno el trabajo del traductor –aun-que sí esmerado–, pero todos leímos al primerSartre de ahí. Los de
Contorno
y los que vinimosdespués. Algunos lo habrán leído en francés. Peroyo usaba la edición francesa para consultar algu-nas dudas, sólo eso. Del modo que sea, “mi” librode Sartre fue más la
Critique 
que el ensayo deontología fenomenológica. Rendí la tesis y la quedecidió ponerme dificultades fue Guillermina.Ignoro por qué. Con ella, Amelia Podetti, de aratos Nelly Schnaith, Jorge Lovisolo y Sibileauhabíamos formado un grupo de estudio del pen-samiento argentino desde 1968. Éramos amigos.Pero decidió hacerme difíciles las cosas ese día.Todo salió bien de todos modos. El ilustre profe-sor Virasoro no dijo una palabra. Mi tesis versabasobre una mezcla entre Sarmiento, Alberdi, Hei-degger, Kant y José Hernández. Un caos que ter-minaba por armarse bien.–Ahora quédese aquí, José –me dijo Conrado–.Su lugar es éste. Déjese de joder con La Plata.Dígame, ¿qué hacemos con Massuh?–¿Cómo qué hacemos con Massuh? Se tieneque quedar en lo suyo.–Pero fue interventor del Departamento bajoOnganía y la Jotapé lo quiere rajar.–No puede permitir eso, Conrado. Perseguirgente, no.Massuh se quedó. Cuando asumieron los deOttalagano a Conrado lo echaron a patadas. Y amí y a todos los “zurdos”. Massuh se fue de grancapo a la Unesco. Terminó por ser el funcionariomás duradero del Proceso. En 1983 le envié unacarta terrible, no le ahorré nada: “Usted, un filó-sofo, un humanista, terminó por ser el funciona-rio más duradero de este gobierno de asesinos”.Esto era lo más suave, apenas el punto de partida. Volvió y salvo apariciones previsibles en
LaNación
La Gaceta de Tucumán
se eclipsó. San-tiago Kovadloff, que había sido discípulo suyo,intentó rescatarlo. Inútil. Se arruinó la vida. Alfinal empezó a hablar de su silencio comparándo-lo con el de Heidegger. Con lo cual admitía que Videla había sido similar a Hitler. Qué lástima.Fue mi primer maestro. Era un tipo brillante.Con gran sentido del humor. Él, Conrado, yo y dos o tres más íbamos a cenar todos los viernes.No había tema del que no habláramos. Mucho de
II
 
la religión, de lo
numinoso
de Rudolf Otto y del“fin de los tiempos” de Josef Piepper. Massuhpodía llegar a decir:–Mirá, Conyado –su tonada tucumana era unode los factores de su personalidad atrayente almango–, aunque no estoy de acuerdo con vos,igual te voy a servir papas fritas.De él recibí mi primer gran elogio literario. Lesleí, a los dos, fragmentos de una novela que estabaescribiendo:Massuh le dice a Conrado:–¿Viste, Conyado? ¿Viste cómo escribe estechico? Es música.Desde ahí –y desde antes– no concebí mi prosaal margen de la música. De aquí que ahora diga amenudo: “Hay que escribir como Martha Arge-rich toca el piano”. Tal vez demasiado, pero conmetas mezquinas no se llega a ninguna parte. Quélástima, Víctor. Tanto odio al marxismo. Tantafuria contra el peronismo. Tan poco rechazo porlos milicos. Al contrario, casi fascinación por losfierros que cargaban. Qué pérdida, profesor. Ledebo mucho y me apena no poder reconocerlo sintantas reservas, con tantos cuestionamientos, conirrefutables, insalvables lejanías.
LA “FENOMENOLOGÍADE LA HUEVADA”
Conrado era otra cosa. Se hizo peronista y siguió siendo un católico apasionado. A principiosde los ‘60 había polemizado con León Rozitchneren la revista
Discusión
. Marxismo y Religión era eltema. Apareció Raúl Pannunzio (un mito de laépoca, nunca más supe de él) y puso de acápite asu nota (con la que terciaba en la discusión):“Cuando un ciego conduce a otro los dos caeráninexorablemente en un pozo”. Dijo que era unafrase de la Biblia. Le costaba hacerse entender aPannunzio. No porque no fuera claro sino porquecuando te exponía Hegel a la vez se quitaba laseborrea de su cabeza, se miraba las uñas, escarba-ba en ellas y tiraba por cualquier parte lo que deahí extraía. No se daba cuenta. Creo que sin eseritual –cuya condición de posibilidad era un aseosin duda infrecuente– no podía pensar. Era unbuen tipo. Pedante como casi todos los bichosque andábamos por ahí durante esos años. Ahora vamos rumbo a Ezeiza. Estamos a lasombra. Conrado abre un bolso y saca de ahí...una botella de cognac
Pedro Domecq 
, un símbolode la época. Lo abre y empieza a tomar del pico.Nos convida. Ariel y yo: no, gracias, Conrado. Ariel, de pronto, estalla en una carcajada: “¡No sepierdan esto! ¡El Director del Departamento deFilosofía se mama!”–Un poco nada más –se defiende Conrado.–Eso le va a quitar lucidez, Conrado –digo–.Tiene que estar muy lúcido hoy.–Pero también muy alegre –dice. Y se mandaotro trago. Volvemos a la Richieri. Es una romería. Estátodo el mundo. La gente más impensada.–Pero, ¿cómo? ¿Vos sos peronista?–Ni en pedo. Pero no me voy a perder esto. Y así seguimos marchando. Claro: los queandaban de fiesta ese día por la Richieri no erantodos peronistas. No se la querían perder. Minasembarazadas a granel. Tipos con nenes que cabal-gaban sobre sus cuellos. Vendedores ambulantes.Hinchadas de fútbol.
Racing con Perón. Boca reci-be al Líder del Pueblo. Los de River no somos gorilas  ¡Viva Perón! 
 Y los que iban en silla de ruedas. Y los actores. Y los de Néstor Perlongher y su
Frente de Liberación Homosexual 
. Era una marejada.Todos caminando hacia el mismo lugar.Entonces aparece José Fiaquini.–Mire, Conrado, yo no voy a ir mucho másadelante. Igual, a Perón no lo vamos a ver. Debeser un despelote de gente ahí frente al palco.–Pero, ¡carajo, José! Muévase un poco. No nos vamos a quedar aquí.–Aquí o allá es lo mismo.Para mi suerte encontramos a un personajeentrañable.
El único tipo que podía estar durmien-do la siesta en medio de ese florecimiento desbocadode la historia
. Héctor Abrales.–Héctor, ¿qué hacés?–Duerme –dice Horacio González que, poralgún milagro de su ubicuidad, en ese momentoestá ahí. Abrales se levanta, se despereza.–¡Ah, qué buen sueñito que me eché! Al fin se conocen con Conrado. Abrales era unfigurón del Consejo Tecnológico Peronista, manoderecha de Rolando García. Conrado pregunta:–Dígame, doctor: ¿cómo son las reuniones delConsejo de Redacción de
Envido
? ¿Usted losaguanta a los muchachos?(Abrales era mayor que nosotros.)El querido Gordo contesta:–Hago lo que puedo, profesor. Pero a veces lapaso bien. ¿Sabe cuándo se pone jodido?Nos señala a Horacio y a mí:–Cuando estos dos se ponen a hablar de la
Fenomenología de la huevada
.Todos rieron con ganas. La palabra “huevadaen boca de Abrales sonaba irresistible. Horacio sefue y no lo vi más. (Durante ese día, digo. Porqueespero seguir viéndolo hasta la aciaga jornada enque la Huesuda venga por alguno de los dos. Pri- vilegio que no me preocupa cederle. Después nos juntaremos con el Gordo Abrales y volveremos ahablar, ya con más tiempo, sobre la
Fenomenolo- gía de la huevada
, sólo para incomodarlo unpoco.) Seguimos hablando con el Gordo. Creoque también estaba Arturo Armada. De Miguel ninoticias.–Bueno, José, vamos.–No, Conrado. Aquí estamos bien. Si Abralesestá aquí es que aquí donde hay que estar. ¿Quéquiere hacer? ¿Ir a copar los 300 metros?–¿Qué 300 metros? No creo que los Montone-ros hagan eso.–¿Seguro, profesor? –dice Abrales–. Creo queno conoce bien a los Montoneros. Usted disculpe.–No van a hacer eso. Sería un desastre.
FAVIO, EL PERONISMOES UN SENTIMIENTO
Era una charla tranquila. El sol estaba alto y agradable. De pronto, estalla el Apocalipsis. La voz de Favio se empieza a hacer notar más quenunca. Lo oíamos con toda claridad. Eso quieredecir que, pese a las quejas de Conrado, habíamosllegado bastante cerca... del desastre. El tono deFavio había cambiado. Ya lo veníamos escuchan-do desde hacía rato. Era Favio. Ese tipo de pero-nista que uno no sabía por dónde andaba, que
III

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