Read without ads and support Scribd by becoming a Scribd Premium Reader.
 
 
THOMAS DE QUINCEYConfesiones de un ingléscomedor de opio
Traducción de Luis Loayza
 Alianza Editorial
 
 
PARTE I
Al lectorTe ofrezco, amable lector, el relato de una épocanotable de mi vida; confío en que, vista la aplicaciónque le doy, será no sólo un relato interesante sinotambién útil e instructivo en grado considerable. Con
esa
esperanza lo he redactado y esa será mi disculpapor romper la reserva delicada y honorable que, por logeneral, nos impide mostrar en público los propioserrores y debilidades. Nada en verdad más repugnante alos sentimientos ingleses que el espectáculo de un serhumano que impone a nuestra atención sus úlceras ollagas morales y arranca el «decoroso manto» con quelas han cubierto el tiempo o la indulgencia ante lasflaquezas humanas; a ello se debe que la mayoría de
nuestras
confesiones (me refiero a las confesionesespontáneas y extrajudiciales) procedan de gentes dedudosa reputación, picaros o aventureros, y que paraencontrar tales actos de gratuita humillación de símismo en quienes cabría suponer de acuerdo con elsector decente y respetable de la sociedad tengamos queacudir a la literatura francesa o a esa parte de laalemana contaminada por la sensibilidad espúrea ydeficiente de los franceses. Tan firmemente lo creo,tanto me inquieta la posibilidad de que se me reprochenesas tendencias, que durante varios meses he dudado siconvenía que ésta o cualquier otra parte de minarración llegase a ojos del público antes de mi muerte(después de la cual, por muchas razones, se publicaráen su integridad), y, si en última instancia he acabadopor tomar una decisión, no fue sin antes sopesaransiosamente los argumentos en pro y en contra de ella.Llevados por un instinto natural, la culpa y elsufrimiento se retraen de la mirada del público:solicitan el retiro y la soledad y hasta cuando eligenuna tumba se apartan a veces de la población general delos cementerios, como si renunciaran a su lugar en la
 
gran familia del hombre y desearan (en las conmovedoraspalabras del Sr. Wordsworth)
humildemente expresar soledades de penitencia.
Que así sea está bien, a fin de cuentas, y redunda enprovecho de todos nosotros: en lo que a mí respecta noquisiera dar la impresión de menospreciar sentimientostan saludables ni afectarlos en modo alguno, ya sea depalabra o de obra. Pero, de una parte, la acusación quedirijo contra mi persona no equivale a una confesión deculpa y, de otra, es posible que, aunque así fuese, elbeneficio que obtendrían los demás de una experienciacomprada a tan alto precio compensaría con crecescualquier violencia infligida a los sentimientos queacabo de mencionar y justificaría una excepción a lanorma usual. La debilidad y el dolor no entrañannecesariamente culpa. Se acercan o se alejan de lassombras de esa oscura alianza en proporción a losmotivos e intenciones del ofensor y a lascircunstancias atenuantes, conocidas o secretas, de laofensa: en proporción a la fuerza que tuvieron lastentaciones desde un primer momento y a la resistenciaque con actos o esfuerzos se les opuso hasta lo último.Por lo que me toca, puedo afirmar, sin faltar a laverdad ni a la modestia, que mi vida ha sido, engeneral, la vida de un filósofo: fui desde minacimiento una criatura intelectual, e intelectuales,en el más alto sentido de la palabra, fueron misocupaciones y placeres, aun desde mis días de colegial.Si bien comer opio es un placer sensual, y estoyobligado a confesar que me entregué a él hasta un puntonunca
registrado
1
en nadie, no es menos cierto que luchécon religioso celo por librarme de esta sujeciónfascinante y que, después de mucho, he conseguido lo
1
 
«Nunca registrado» digo: pues hay en nuestro tiempo un hombrefamoso [Coleridge] que, de ser cierto lo que se cuenta de él, meha superado grandemente en la cantidad.
Search History:
Searching...
Result 00 of 00
00 results for result for
  • p.
  • More From This User

    Notes
    Load more