gran familia del hombre y desearan (en las conmovedoraspalabras del Sr. Wordsworth)
humildemente expresar soledades de penitencia.
Que así sea está bien, a fin de cuentas, y redunda enprovecho de todos nosotros: en lo que a mí respecta noquisiera dar la impresión de menospreciar sentimientostan saludables ni afectarlos en modo alguno, ya sea depalabra o de obra. Pero, de una parte, la acusación quedirijo contra mi persona no equivale a una confesión deculpa y, de otra, es posible que, aunque así fuese, elbeneficio que obtendrían los demás de una experienciacomprada a tan alto precio compensaría con crecescualquier violencia infligida a los sentimientos queacabo de mencionar y justificaría una excepción a lanorma usual. La debilidad y el dolor no entrañannecesariamente culpa. Se acercan o se alejan de lassombras de esa oscura alianza en proporción a losmotivos e intenciones del ofensor y a lascircunstancias atenuantes, conocidas o secretas, de laofensa: en proporción a la fuerza que tuvieron lastentaciones desde un primer momento y a la resistenciaque con actos o esfuerzos se les opuso hasta lo último.Por lo que me toca, puedo afirmar, sin faltar a laverdad ni a la modestia, que mi vida ha sido, engeneral, la vida de un filósofo: fui desde minacimiento una criatura intelectual, e intelectuales,en el más alto sentido de la palabra, fueron misocupaciones y placeres, aun desde mis días de colegial.Si bien comer opio es un placer sensual, y estoyobligado a confesar que me entregué a él hasta un puntonunca
registrado
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en nadie, no es menos cierto que luchécon religioso celo por librarme de esta sujeciónfascinante y que, después de mucho, he conseguido lo
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«Nunca registrado» digo: pues hay en nuestro tiempo un hombrefamoso [Coleridge] que, de ser cierto lo que se cuenta de él, meha superado grandemente en la cantidad.