En los abismos del espacio. en el abismo del tiempo (parte I)
IAparqué el coche y restregué mis ojos contra la oscuridad. Las finas gotas de la nieblavenían a morir contra la luna de cristal. Nada hecho por el hombre se dejaba ver, yapenas el motor rugiente de mi auto delataba que vivíamos en un mundo de inventos.Apagué incluso ese impertinente ruido, ya cada vez más quejumbroso, a punto decalarse. El seguro de las puertas permanecía cerrado, pero eso no era garantía de nada.Las lunas de la puerta ¡parecían tan frágiles! Los aros de luz amarilla se extinguieron.Quienes tomaran registro de mi presencia ya deberían haberlo hecho hace rato.Expuesto me quedaba yo a sus reacciones. No tenía sentido volverse atrás. A eso habíavenido: a precipitarme hacia una noche muy oscura. La noche de todas las oscuridades.La fuente de la que manan. El abismo de sus retornos.La cancela, abierta de par en par, ya se había quedado un kilómetro atrás.Hipócritamente, invitaba a pasar a un mundo recóndito que no admitía extraños.“Extraño” pensé para mí. Un concepto relativo, como todos los que nos hacemos loshombres. Estúpida raza, que alza sus obras creyéndose sola ante Dios. Tarde habíamosde darle la razón a los antiguos. Dioses, dioses hay muchos, y sin embargo el hombreestá mucho más solo de lo que al cristiano le gustaría suponer.¡Qué plantas enfermas y mal cuidadas! Vegetación malsana y árboles de copadesproporcionada. Todo olía a miasma. Los pantanos del Sur me habían recordado esemismo hedor. Dos años en el Servicio de Protección del Mundo Natural. Dos añosaprendiendo entre reptiles antropófagos y salvajes que también lo eran. Eso había sidoen una vida anterior, como si dijéramos. Después, en el Museo de Historia Natural,había aprendido todo lo que racionalmente se podía saber acerca de aquellos misteriososesqueletos, mitad humanos mitad reptiles que el Doctor Hawthorne había tratado, envano, de mantener en secreto. Los huesos robados, mi viaje al Tíbet siguiendo vagas pistas, la recuperación parcial de algunos de ellos y la confirmación, en Ratisbona, de sunaturaleza no terrestre... Pero ¡qué lejos quedaba toda esa historia! Y ahora, el olor a pantano mefítico me lo devolvía a la conciencia.Abrí la portezuela. Cada ruido metálico me parecía una profanación. Yo era unhabitante de un tiempo en brutal disonancia con todo cuanto me rodeaba. Violaciónsonora que también provocaban mis botas sobre una gravilla dominada fieramente por malezas y plantas trepadoras, que sabían fundir el suelo con las verticales. Apenas sedistinguían las estatuas de faunos y ángeles. El mármol mismo se había vuelto verdoso,y las pequeñas construcciones, templetes o casetas de jardinería, parecían de lejostemplos arcaicos vencidos por la selva. Creo que en la noche había muchos ojos. Losinsectos y las pequeñas alimañas guardaban un silencio de paz y de muertos. Tratabande ayudar a que otras fuerzas llenas de alarma y recelo vigilaran mi intrusión.Tras un bosquecillo de arbustos y robles carcomidos divisé la mansión.
Flattering Curse
. La lápida con su irritante nombre, y aquellos versos en latín, aún más difíciles desoportar, me alejaron unos segundos de la noche, sus ojos, sus fuerzas siemprevigilantes. Los traduje sobre la marcha:
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