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DOLORES ALEIXANDRE - EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER

DOLORES ALEIXANDRE - EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER

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DOLORES ALEIXANDRE - EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER - MATEO 20,1-16.
DOLORES ALEIXANDRE - EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER - MATEO 20,1-16.

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Published by: Patricio Igor Gallardo Vargas on Mar 03, 2014
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03/03/2014

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1
EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER/ 
La enfermedad de nuestra hija arruinó mi vida. Yo había nacido en Galilea, en una aldea cerca de Caná y heredé de mis antepasados un viñedo espléndido, plantado hacía más de cien años y que iba pasando de padres a hijos. Me casé, tuve hijos y mi vida transcurría en paz según las palabras del Profeta: "Habitarán cada uno debajo de su parra y de su higuera" (Mi 4,4).
 
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Pero mi hija menor comenzó a padecer una extraña enfermedad de la que nadie parecía conocer ni el origen ni el remedio y tuve que peregrinar de médico en médico, sin que sus costosos tratamientos, que acabaron por arruinarnos, lograran sanarla. La niña murió y tuve que vender mi viña para pagar mis deudas; el día en que se selló el contrato de venta, sentí que me arrancaban junto con ella las raíces de mi esperanza. Tuve que entregar también a mis acreedores la casa de mis padres.  Mi esposa y yo abandonamos el pueblo que nos había visto nacer para trasladarnos a un barrio mísero en las afueras de Caná, con la esperanza de que, como era tiempo de vendimia, alguno de los propietarios me daría trabajo de jornalero. Al amanecer me presenté en la plaza y cuando a primera hora llegó el dueño de uno de los mejores viñedos, señaló con su dedo a diez hombres que, como yo, esperaban en silencio. Oí
 
3
que ajustaba el salario en un denario pero a mí debió considerarme viejo y con pocas fuerzas y no me eligió. Volvió a mediodía para llevarse a los pocos que quedaban y yo me senté en una esquina de la plaza con la cabeza hundida entre mis brazos, escondiendo de las miradas de los demás mi humillación y mi vergüenza. A media tarde volvió, se acercó a mí y me preguntó: - "¿Nadie te ha contratado?".
 "Nadie, señor", le respondí tragándome el orgullo.
 "Ven entonces a trabajar a mi viña". Le seguí asombrado porque faltaba sólo una hora para la caída del sol y me puse a recoger racimos con la torpeza de quien nunca ha trabajado con sus manos, acostumbrado a dar siempre órdenes a otros.

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