“
Casta est, quam nemo rogavit” (Ovidio)Es casta aquella que no fue requerida de favores por ninguno.
Mientras ejercía de cenobita en el convento fui descubriendomi sexualidad. Nunca hasta entonces había aceptado queciertas turbaciones podían achacarse a otras causas que nofuesen los ayunos, los cilicios y sacrificios, quecotidianamente practicábamos en la comunidad. Desdesiempre, tocarme la vulva e incluso mirármela loconsideraba como algo sucio, impropio de una señoritaeducada en el seno de una familia conservadora franquista.No sabía nada del clítoris ni donde estaba ubicado y lamenstruación no pasaba de ser una mancha maloliente cuyaperiódica aparición debía permanecer en secreto por sucarácter impuro; aunque, ¡eso sí!, cada mes su presenciaresultaba ser un marchamo de garantía. Ahí, mi madre, sí que hizo hincapié con todos los horrores del mundo sicualquier hombre osaba tocarme. Una chica que ellaconocía se desangró. Entonces, pensé, que su novio, maridoo amante la había acuchillado. Por cierto yo también creí queme moría cuando tuve la primera regla y la sangre me corríapor las piernas abajo. Para mí, los genitales eran un arcano.Más todavía, si cabe, los masculinos que nunca había vistoen su estado adulto. Con unos ocho años, mis padres habíanido un día al cine y nos quedamos solos, la chacha, mis
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