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Salvador Bayona- 196 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
XXXIII.- NO TODO ENCAJA
Se acababa de levantar cuando Martín Alarcón, el comisario, lellamó. Eran poco más de las siete de la mañana y aunque no era infrecuenteque el inspector Antonio García recibiera avisos a horas intempestivas, nique Martín comenzara su jornada antes que nadie, aquel día el timbre delteléfono le sobresaltó de forma especial, quizá porque no había dormidobien la noche anterior.
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¡Hola, Martín!, buenos días –dijo al reconocer la voz del comisario-.
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No para todos, Antonio, no para todos.
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¿Qué ha pasado?
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Tu amigo, el profesor Serva, el de los cuadros. Parece ser que anochecayó por una ventana de su casa.
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¿Suicidio?
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Tal vez. Será mejor que te acerques para averiguarlo. Pásate antespor aquí para leer los informes
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Déjame diez minutos para desayunar y arreglarme.
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De acuerdo. Los de la científica ya han estado allí recogiendomuestras y tendremos el resultado en breve, y el juez de guardialevantó el cadáver más o menos a la una de la madrugada.
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¿Dónde está ahora?
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En el anatómico forense. Será mejor que pidas a algún amigo unacopia extraoficial del informe. Si hay algo más ya cursaremos lapetición oficial. ¿De acuerdo?. Yo ya le he pedido a Bono, dehomicidios, que me facilite bajo mano una copia del suyo.
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De acuerdo
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Cuando acabes te pasas por mi despacho y me informas. No esperesa tenerlo por escrito.
 
El restaurador y la madonnina della creazione- 197 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
Había visto demasiadas cosas a lo largo de su vida de policía comopara sorprenderse de nada y, sin embargo, no le había dado la impresión deque el profesor fuera de los que se mataran a sí mismos, aunque hubierapodido decir exactamente lo mismo de todos y cada uno de los suicidas a losque había conocido cuyo número, afortunadamente, no era demasiadogrande.La puerta de la casa del profesor había sido forzada nuevamente,esta vez por los de homicidios, tal vez junto a los de la científica, pues denuevo había muestras de carbonato cálcico en la puerta, y de nuevo, nadaque reseñar. Uno de sus hombres ya le había informado de que no habíanada significativo dentro de la casa que diera a entender que no se tratabade un suicidio vulgar y corriente, o un accidente, a pesar de lo cual Antonioinsistió en inspeccionar el lugar por sí mismo.En efecto, no había señales de violencia en el piso del profesor. Suaspecto era el que Antonio recordaba de las dos visitas que le hizo despuésdel asalto: suciedad y libros apilados por todas partes. Sin embargo doscosas llamaron la atención de Antonio con insistencia. Por un lado uno delos sillones estaba casi en el centro del salón, de espaldas a la puerta ymirando hacia la ventana por la cual el profesor se había precipitado, justoen posición opuesta a la que tenía en las dos visitas anteriores, en las cualesAntonio recordó que estaba orientado exactamente en sentido contrario ycon una orientación ligeramente ladeada hacia la derecha, junto a la pared.Por otro lado, le sorprendió sobremanera la limpieza de la mesa la cual, porla amplitud del diámetro de su tablero redondo era utilizada por el profesorpara amontonar papeles y libros y coleccionar sedimento de polvo. Ahorasobre ella únicamente podía encontrarse un cenicero, una copa de coñac y labotella.Bajo la mesa, junto a la renqueante pata central, había dos pilas, unade libros y otra de papeles que Antonio no recordaba haber visto ahí conanterioridad; o tal vez fuera su posición antinatural, pues dificultaba lacolocación de los pies bajo la tabla, lo que llamó su atención. Levantócuidadosamente el montón de papeles con curiosidad: no había diferenciaen la cantidad de polvo de la zona circundante y bajo la pila, lo cual indicabaque había sido colocada allí hacía poco tiempo. Esto vino a confirmar que elprofesor había despejado la mesa recientemente y que aquellos dosmontones eran el resultado de tal labor de limpieza. A juzgar por el resto delaspecto de la casa, lo habitual parecía ser que los muebles no aguantaran en
 
Salvador Bayona- 198 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
ese estado durante mucho tiempo, por lo que sin duda debía de haberlohecho el día anterior.Antonio ya se había incorporado cuando, de pronto, una imagencruzó por su mente. Se agachó de nuevo y allí, junto a la pata de la mesa yprotegida en cierto modo por ésta, encontró un bloque de ceniza de cigarropuro. Nadie sabía que cuando de niño soñaba con ser detective habíaquerido reproducir la fascinación de Sherlock Holmes, su héroe infantil, porlas cenizas y aunque llegó a reunir una considerable colección pronto sedeshizo de ella a causa de la frustración provocada por sus más que pobresresultados como detective de cigarros.La integridad de aquella ceniza, sin embargo, había llamado suatención puesto que por su situación, bajo la mesa, el natural movimiento delos pies o incluso de la alfombra la habría reducido a polvo en muy breveespacio de tiempo. Ningún miembro de la policía científica ni de homicidiosfumaba en el lugar de los hechos por lo tanto aquella ceniza debió caer allíantes de que el profesor se precipitara por la ventana y después de que sesentara por última vez la mesa. Sin embargo, en el cenicero sobre ella nohabía rastro de ningún puro aunque sí de ceniza similar, así como tampocoen ningún otro de los ceniceros del salón. Recogió la muestra con el plásticode su paquete de tabaco y se la acercó a la nariz. El aroma todavía vivoconfirmó que aquel bloque consumido se había desprendido del cigarrohacía menos de un día, dos a lo sumo.Cabía la posibilidad de que el profesor hubiera saltado por laventana fumando su cigarro, pero éste, de ser así, habría sido uncomportamiento terriblemente atípico, cuando no único, en los anales delsuicidio ventanero. Además de ello estaba la cuestión de la mesa. Por lo quehabía visto en sus anteriores visitas y por el estado general de la casa eraextraño que el profesor hubiera limpiado la mesa, y más extraño aún si esque pensaba suicidarse esa misma noche. Bien hubiera podido hacerlo paradestacar una nota de suicidio, en cuyo caso ésta hubiera aparecido junto alcenicero, la copa y la botella, pero no habían encontrado esta nota ni en lamesa, ni en el resto del comedor, ni tan siquiera en el cuerpo del difunto, porlo que su ausencia, si bien no extraña en sí misma, convertía el acto de lalimpieza en un elemento anormal.Estos dos detalles le llevaron a considerar precipitada la conclusióndel suicidio, si bien su debilidad argumental impedían llegar a ninguna otradeducción. En cualquier caso esperaría a tener algo más sólido antes de
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