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Apuntes de una pesadilla

Apuntes de una pesadilla

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Una historia de amor, sexo y olvido.
Una historia de amor, sexo y olvido.

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07/09/2014

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Apuntes de una pesadilla
Omar FelicianoEl segundo café de la tarde. Demasiada azúcar, sin crema Un tanto aburrido miro hacia las mesas contiguas. Pinche Sanborns atestado. Escucho con atención a mi amiga, mas no la miro a los ojos. Los ancianos cenan y las parejas de extranjeros consultan sus mapas y guías de viajero. En la mesa a mis espaldas una pareja joven hurga en sus bolsillos antes de ordenar un par de cafés. Ella mira con gracia a su alrededor, él se concentra en las monedas sobre la mesa. Siente mi mirada. ¿Lo perturba mi deseo? Sus ojos me atraviesan. Su rostro me obliga a voltear. Tanta inocencia. Parece que apenas despunta de la niñez, pese a que ya es un hombre. Me confieso derrotado de antemano. Nada puedo contra la inocencia y el desconcierto. Nada puedo contra los ojos de la presa que se revela depredador. Ya no escucho el crepitar de la voz de mi acompañante. Ya no sorbo del café. Demasiada azúcar, sin crema. Sólo me pregunto. ¿Y si me mira? Lo hace ¿Será con la intención del deseo? Volteo de nuevo. Me miraba, sólo que ante mi reacción mira de nuevo las monedas. La chica a su lado le golpea bajo la mesa al tiempo que le sonríe. Gestos de complicidad. Ahora me encuentro en su trampa. Jamás he podido gran cosa contra la belleza sutil, suelo rendirme ante la belleza nostálgica que está a punto de desaparecer. El efebo que ya no será más, el último despliegue del atardecer antes de ser pura oscuridad; y el moribundo que promete asaltar espontáneamente su tumba. «Hora de irnos», es lo único que escucho al tiempo que mi amiga se levanta de la mesa. Dejo a medias mi taza de café. Un último vistazo. Su mirada sigue fija al centro de la mesa. Un resoplido de desaliento. Efectivamente es tiempo de partir. Tiempo de la despedida. Tiempo de vendaval. Así que salgo vadeando los edificios, la despedida de mi amiga es fría, la lluvia horada la piedra oscurecida. Me hundo en el subterráneo. Y aquí estoy, cabalgando sobre una serpiente naranja que habita el inframundo de dioses olvidados y cuerpos caídos en ofrenda a las garras de los demonios mecánicos. Nunca quisiera lanzarme a las vías del metro, aunque añore la muerte, aunque en la tierra reposen los cráneos de las víctimas olvidadas. Soy una hoja trémula arrebatada por el viento, prensada por el tiempo, marchita en el deseo. Continúa mi convulsión mientras transito en las venas de la ciudad, esa ciudad que devora a sus edificios, la costra que le seco el lago. Los edificios que atestiguan mi huida, mi intrínseca cobardía a los hombres ausentes. Derrumbado, comido por el paso del tiempo, erosionado por los cuerpos, ruina de mí, porque hasta pena me da atestiguar el estado de mi alma. Mientras sigue el subterráneo su plácido deslizar sobre la oscuridad nonata yo sigo siendo una muesca del universo. Ahora se detiene. Para. Stop Estoy abandonado de nuevo. Tengo sed. La noche es un desierto de terso silencio, la noche es una escenografía pinchada en los costados por un par de edificios. Noche extraña, noche sola de calles barridas por el tráfico ausente. Y detrás de la noche, nada. Todo vacío. Ni espacio ni silencio sólo nada. Desgajada en finas hebras que atraviesan mi ser, que me hieren y me revelan la soledad a la que fui arrojado. Estoy en la mitad de la calle, ya nada se de los edificios hendidos en el ombligo de la ciudad, aquí, por lo contrario, de cristal y luz se levantan palacios. Corro, busco un cine, en ese cine una imagen, ahí un hombre de nombre desconocido que algo sabe de mí. "De Frente al Vacío", sólo eso tengo en mi cabeza mientras corro, mientras sacudo la memoria del asfalto con cada paso, ignorando los gestos de indiferencia de los comensales tras los cristales. Súbitamente me detengo, un reten acuchilla la avenida, y de repente Ocosingo en Masaryk. Desconcertado miro a dos mujeres moler el nixtamal en el camellón. No somos más que un collage de nosotros mismo; somos dignos hijos de esta ciudad. La última bufonada de Jesusa Rodriguez me
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arranca una carcajada interior. ¿Quién más podría traer una postal de Chiapas al feudo Polanco? Y sigo corriendo, porque se que a mí también me falta una imagen en mi interior. Finalmente llego a uno de esos palacios, templos del consumo donde el cine se hareplegado. Entro al laberinto de escaparates, donde los maniquíes me eluden, me confunden, me siembran nuevas veredas. Me detengo en una cafetería (me llega de la mesa de al lado el olor de un café azucarado). Pregunto a un mesero que mira el fútbol en las pantallas. Me da indicaciones para sumergirme de nuevo en los escaparates, continuo mi camino, porque la hendidura en mi espíritu lo reclama. Llego al fin a la taquilla donde una jovencita adormilada y aburrida me desmiente. La película no esta aquí. Una vez más, como estoy en el lugar incorrecto a la hora errónea. Todo bañado en frustración salgo a tomar una bocanada de noche, a hundirme en la oscuridad de escenografía, nocturno solitario que insiste en la herida esencial del hombre: la soledad inmitigable. En las calles, (que son un modelo idéntico al laberinto de la plaza comercial) busco una salida. Y parece que recorro la misma calle, una y otra vez, finalmente me doy por vencido, me siento en la acera, siento frío y deseo un café caliente que tibie mis labios.Dos parejas pasan frente a mí, los chicos van separados de las chicas por un par de zancadas de distancia. Ellas van al frente, seguras de saber la salida de aquel nudo de calles acariciados por la oscuridad. Los sigo, se ponen nerviosos, pero parecen intuir mi frustración al caminar, así que se relajan conforme dejamos el destierro. Piso el fango de un parque, evito la mierda de un perro, continúo sobre un senda sinuosa, la sombra de los árboles cae y se confunde con las tinieblas, el lodo se pega a mis suelas, la confusión continúa, sigo mirando a las parejitas tímidas. Dejo atrás el parque, al final de la calle ya se mira Reforma (con su ajetreo natural atenuado) y por fin dejo atrás a los chicos envueltos en su juego de enamoramiento, dejo atrás mis huellas en el lodo. La lluvia ya está aquí.Llovizna ligera, apenas un chipichipi martillea las aceras. Reforma finalmente. Espero, ¿Qué espero? No lo sé, sólo espero mientras veo como la lluvia va besando las callejuelas. Tal vez aguardo por un taxi, por un microbús, por un desconocido que me lleve, por el afluente de un río muerto. Me mojo demasiado. Me harto de esperar. No hay estrellas que montar, no hay cometas que desflorar.Tomo el primer microbús. Bajo en la Diana. Persiste mi hambre de cine. De esa imagen total, del abandono ante la pantalla. Y entro al cine frente a la Diana. "El violín rojo". Pero aun falta un rato, abono propicio para que florezca mi soledad, que es flor de hojas pequeñas y pétalos magenta ávida del sol de invierno. Así, antes de entrar a la sala me ahogo en las charlas de café ajenas y en los gritos de los aficionados al fútbol que siguen puntualmente los pasos de los jugadores en la pantalla. «México Vs Brasil». Zancadillas y afición son la metáfora del canibalismo latinoamericano, pista del escandaloso circo de medios masivos. Entre porras y refrescos cultivo mi huerto de decepción, al tiempo que inquiero el límite entre la independencia fiera y la soledad avasalladora. Una es el reverso de la otra, lo confirmo mientras manoteo buscando los minutos por venir. Aun faltan diez minutos, ya he estado aquí, una y otra vez en este hastío llamado mundo, en este infierno llamado amor, en esta tortura que es el otro, en esta condena que es el deseo. Sentado, imperturbable me como el tiempo mirando las pasiones de los otros. Veo las parejas mal emparejadas y las familias bien atadas. El tiempo me lo como a grandes tajadas, como se acaba al respirar agitadamente frente a un precipicio, como se consume con los besos de un amante pagada por unos pesos. Y pronto llega la hora de dejar a los
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hinchas en la recta final del frenético partido en el televisor, a diez minutos del desenlace me llama la oscuridad de la sala. Aquí dentro, en el trance cinematográfico, soy una nota aguda, nota de agonía que se prolonga sin saber de su principio, sólo consciente de su oficio de tañer de dolor. Un violín rojo cruza el tiempo hilvanando historias. Termina la sesión ante la pantalla. Luz de nuevo. Deseo ser un grito urbano. Una vez más no me da la voz. Me guardo mis quejas y salgo del cine.Afuera un carnaval. Cobijados por el mantra «¡México! ¡México!» una horda de hombres monta la Diana. Reforma está llena del júbilo futbolero. Es medianoche y la avenida está habitada por el nacionalismo más simplón. Gritos, bocinas, hombres de caras pintadas, espuma desbordada. Respiro violentamente. Me viene el pánico encima. Sus ojos están inyectados de ira, debajo de la música y el jolgorio se esconde la sed de un sacrificio. Esta ciudad de sedientos altares ancestrales anhela la sangre de sus hijos e hijas. Camino con el alma bajo el brazo y la mirada perdida. Soy pequeño entre el gentío. Los chicos lanzan espuma embotellada a sus compañeros. A unos metros de mí camina un niño de la mano de su padre, cuatro años a lo sumo, miro sus ojos. Me aterra su inocencia.Danzan las bacantes y los discípulos del caos. Parece ser que la glorieta de la columna de la independencia es el epicentro del carnaval. Corto en una callecita hacia Hamburgo, de ahí a Florencia. Policías, sirenas, ebrios buscando a sus compañeros. Llego a la entrada de El Taller: un bunker. Nadie entra, nadie sale. Veo a las loquitas tras el cristal, seguras en su refugio no se inmutan por el pulso de la calle. Sigo caminando hasta llegar a Monterrey. El olor a mota emana de un grupo de hombres frente a mí. Paso junto a ellos sin detener el paso. Permanecerá mi imagen atrapada en sus pupilas pegajosas por varios minutos. Me dan escalofríos. Ardo en deseos de que esta pasarela infernal termine. En tan sólo minutos estoy en la esquina con Insurgentes. Frente a mí la madriguera de mis hábitos de reptil: La Casita.Insurgentes está repleto de autos en camino a la celebración. No hay espacio para cruzar. Camino en busca de un mejor lugar para hallar una grieta en la interminable columna de autos. Entre los coches se abre un sendero y atravieso. Me esperan los engendros de La Casita. ¿Es esto deseo? No hay respuesta pues ya las tinieblas me invaden. Una de las sombras se adhiere a mí con fuerza. Atados de una extraña manera subimos a tropezones la escalera hacia la azotea. Ahí abandonamos la condición de espectros. Sería un hombre si no luciera tan imbécil. Su nombre lo borra la brisa ligera. Nuestra intención es despojarnos algunas ropas, las suficientes para que nuestros sexos se toquen. Lo veo con claridad, evito su rostro de idiota y miro el resto: una estructura fuerte pero carente de músculo, un vientre prominente. Usa boxers de tela raída. Los bajo con rapidez. La verga plena me llama, es la llave para abrir la puerta a deseos inconfesables. Tengo ante mí a un estúpido panza de perro garbanzero que no para de hablar pendejadas mientras manoseo su verga babeante. Lo miro a profundidad. No puedo aguantar las ganas de besarlo. Su saliva sabe a dulce y a encierro. Atravieso sus piernas mientras su verga me siembra gotas aperladas en el vientre. Han pasado minutos. Apenas un puñado. Nos hemos mamado por turnos. Estoy frenético Los automovilistas de insurgentes gritan al unísono: «¡México! ¡México!» Masturbándonos y besándonos me llega el orgasmo más patriótico de mi historia.Ya vestido, con algo de pudor y asco, subo sobre una silla para mirar insurgentes. Un río de luces y fandango. Él se me acerca. Me balbucea algo sobre parejas y amor. Lo ignoro con la misma fuerza con la que nos lamimos. Lo miro fijamente. Sus ojos de idiota saltan
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