Encarnación, lleno de polvo, con las mejillas rojas, cristalizadas por el viento y el solaltiplánico, cargando en la cabeza un chuyo de lana de alpaca, anunciando que habíallegado bien y se devolvía al automóvil a buscar un saco harinero lleno de tunas, duraznos pequeños y más tumbos ácidos, todos protegidos por ramas de alfalfa que de algún modo elllamo habíase comido, sorteando el saco harinero y la fruta fresca. Entonces mi padrerecibía de abrazo a su hermano y se dirigía a la habitación de la abuela a decirle que su hijomenor había llegado. El perro se inquietaba y roncaba, reprimiendo un ladrido provocador.La abuela le advertía:-Wawa es ése, wawa es ése...Entonces Chiri se quedaba en silencio y subía a los pies de la cama con ojos de perromelancólico y enfermo.La abuela ya no preparaba la guatea que tanto le gustaba, pues los años y las manos no leacompañaban. Hacía algún tiempo una alpaca se le había lanzado encima y ella, aldetenerla, malogró una de ellas. Siempre nos la mostraba diciendo:-La alpaca ha sabido pecharme...Pese a que varios de sus dedos quedaron chuecos desde ese momento y, seguro de por vida,acostumbraba a sobarlos con Wira Sacha, aquella crema que encargaba a Tacna, cuando enArica aún no la conocían o las caseras no la traían a los mercados de abastos.La abuela también pedía le compraran crema Lechuga pues la cara se le secaba demasiadocon el aire de la cordillera. Ya tenía el rostro con más arrugas que planicies y la nariz leasomaba como un cerro rocoso en aquél. Sus orejas también habían crecido, pero ella no sedaba por aludida y persistía en usar esos aros grandes llenos cuentas de colores. Tambiénvestía con devoción una pañoleta de seda y, las tardes de ocio, la retiraba de su cabeza para peinar por horas y horas su pelo negro y cano. A veces la sorprendía extrayendo con
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