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PARTE UNOLa abuela mascaba su coca devotamente cuando bajaba desde aquel pueblo perdido entrelas montañas. Ella hablaba de aquél como si fuese el paraíso edénico y, con su voz bronca,seguro de pichar su coca y fumar cigarrillos bolivianos que compraba a uno que otro jovenque pasaba de ilegal por la frontera, convencía a medio mundo de que ese pobladosilencioso, de calles secas y oníricas de tanto polvo, era el mejor sitio para vivir.Se quejaba un poco al bajar a la ciudad.-El piso es muy duro aquí – decía, en tanto ajustaba sus chalas confeccionadas con forrosde neumáticos.Prefería vivir en la bodega de nuestra casa, para no sentir el ruido de los aparatos modernos, para sentir la sombra helada del altiplano, para dejar a su perro Chiri en el dormitorio, darleen el plato y conversar con él en aymara. Y abría su saco lleno de hojas de coca, laslimpiaba con las manos y se las echaba a la boca. Pese a sus pocos dientes ya se habíaacostumbrado a molerlas de algún modo con las encías. Era feliz pichando coca y más felizaún al escupirla en su bacinica celeste y repetir el rito cada media hora. La hoja de cocaciertamente es amarga, pero los indios se han acostumbrado a su sabor, como se hanacostumbrado a beber cocoroco y pintatani sin arrugarse, o como están habituados aembetunar cada uno de sus platos con ají putamadre y locoto.La abuela pedía de vez en cuando le prepararan guatea pero, tan noble como era ella, antesmandaba a su hijo a traerle un llamo desde arriba. Ahí llegaba en camioneta el tío
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Encarnación, lleno de polvo, con las mejillas rojas, cristalizadas por el viento y el solaltiplánico, cargando en la cabeza un chuyo de lana de alpaca, anunciando que habíallegado bien y se devolvía al automóvil a buscar un saco harinero lleno de tunas, duraznos pequeños y más tumbos ácidos, todos protegidos por ramas de alfalfa que de algún modo elllamo habíase comido, sorteando el saco harinero y la fruta fresca. Entonces mi padrerecibía de abrazo a su hermano y se dirigía a la habitación de la abuela a decirle que su hijomenor había llegado. El perro se inquietaba y roncaba, reprimiendo un ladrido provocador.La abuela le advertía:-Wawa es ése, wawa es ése...Entonces Chiri se quedaba en silencio y subía a los pies de la cama con ojos de perromelancólico y enfermo.La abuela ya no preparaba la guatea que tanto le gustaba, pues los años y las manos no leacompañaban. Hacía algún tiempo una alpaca se le había lanzado encima y ella, aldetenerla, malogró una de ellas. Siempre nos la mostraba diciendo:-La alpaca ha sabido pecharme...Pese a que varios de sus dedos quedaron chuecos desde ese momento y, seguro de por vida,acostumbraba a sobarlos con Wira Sacha, aquella crema que encargaba a Tacna, cuando enArica aún no la conocían o las caseras no la traían a los mercados de abastos.La abuela también pedía le compraran crema Lechuga pues la cara se le secaba demasiadocon el aire de la cordillera. Ya tenía el rostro con más arrugas que planicies y la nariz leasomaba como un cerro rocoso en aquél. Sus orejas también habían crecido, pero ella no sedaba por aludida y persistía en usar esos aros grandes llenos cuentas de colores. Tambiénvestía con devoción una pañoleta de seda y, las tardes de ocio, la retiraba de su cabeza para peinar por horas y horas su pelo negro y cano. A veces la sorprendía extrayendo con
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