Gianni Rodari Gramática de la fantasía
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diario romano «Paese Sera» un
Manuale per inventare favole (Manual para inventar fábulas),
en dos capítulos (9 y 19 de febrero).En aquellos artículos mostraba una respetuosa distancia respecto de la materia atratar, explicando haber recibido, de un joven estudiante japonés, hipotéticamenteconocido en Roma durante las Olimpiadas, un manuscrito que contenía la traducciónal inglés de una obrita, pretendidamente publicada en Stuttgart, en 1912, por laNovalis-Verlag, y de la que era autor un improbable Otto Schlegl-Kamnitzer. Sutítulo:
Grundlegung zur Phantastik -Die Kunst Maerchen zu schreiben,
es decir:
Fundamentos para una Fantástica - El arte de escribir fábulas.
Con la excusa deesta invención no demasiado original exponía, entre bromas y veras, algunas de lastécnicas más simples de invención: las mismas que más adelante, durante años, hedivulgado en todas las escuelas a las que he acudido a explicar historias a los niñosy a responder a sus preguntas. No es necesario decir que siempre hay un niño quepregunta: «¿Cómo se inventa una historia?», y su pregunta merece una respuestahonesta.No mucho tiempo después, volvía a tratar el tema, en el
Giornale dei Genitori (Diario de los Padres),
para sugerir a los lectores la manera de inventar por sí mismos los «cuentos para ir a dormir»
(¿Qué pasa si el abuelo se vuelve gato?,
diciembre de 1969;
Un plato de historias,
enero-febrero de 1971;
Historias parareír,
abril de 1971).Queda feo citar tantas fechas. ¿A quién pueden interesar? Sin embargo me gustacitarlas una después de otra, como si fueran importantes. Debo advertir al lectorque estoy jugando a aquel juego que la psicología transaccional llama «Mira, mamá,¡sin manos!» Y, es que es tan bonito poder vanagloriarse de algo...Del 6 al 10 de marzo de 1972, en Reggio Emilia, invitado por el ayuntamiento, tuveuna serie de encuentros, con una cincuentena de maestros de las escuelas primariasy secundarias, y presenté, en forma digamos oficial, todas mis herramientas detrabajo.Tres cosas me harán recordar siempre aquella semana como una de las más bellas
de mi vida. La primera es que el cartel anunciador, creado para la ocasión por elayuntamiento, proclamaba con todas sus letras:
Encuentros con la Fantástica,
demanera que pude leer, sobre los muros estupefactos de la ciudad, aquella palabraque me acompañaba desde hacía 34 años. La segunda es que el mismo carteladvertía que las «reservas» para asistir a los encuentros debían serobligatoriamente limitadas a cincuenta: un número mayor de asistentes habría
transformado cualquier encuentro en una conferencia, que no habría sido útil anadie; pero lo mejor del caso es que la advertencia contenida en el cartel parecíaexpresar el temor de que se produjera una avalancha humana, al reclamo de la«Fantástica», y que el público tomase al asalto el gimnasio de los bomberos, consus columnas de hierro pintadas de violeta, que había sido el lugar elegido para lacelebración de los encuentros. Todo resultaba muy emocionante.La tercera razón de mi felicidad, y la más sustanciosa, residía en la posibilidad deretener todo el tiempo el control de la discusión, mientras razonaba larga yampliamente sobre la función de la imaginación y las técnicas para estimularla, y
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