faltaban tres meses para que cumpliera cincuenta y seis años. Y ya ha comenzado asurgir en torno a él una serie de libros, una verdadera leyenda dorada, escritos por muydistintas personas de todos los rincones del mundo. No pocas de ellas han afirmado quenunca lo conocieron directamente, pero que habían quedado profundamente afectadas por sus libros. Otras han tenido el privilegio de una profunda relación con él. Y otrassólo han experimentado brevemente la magia de su palabra hablada. No son muchos los que c.ompartirían plenamente todo cuanto él dijo o hizo,especialmente cuando traspasaba los límites establecidos de la aventura espiritual (nitampoco Tony esperaba que le siguieran dócilmente, sino más bien todo lo contrario).Lo que a tantos atraía de su persona y sus ideas era precisamente que Tony desafiaba atodos a cuestionar, examinar y liberarse de los modelos establecidos de pensamiento yde conducta, acabar con toda clase de estereotipos y atreverse a ser verdaderamente unomismo; dicho de otro modo: a buscar una autenticidad cada vez mayor.Una búsqueda constante de autenticidad: he ahí la impresión que daba Tony desdecualquier punto de vista que se le mirara. Lo cual otorgaba a su polifacética personalidad una integridad, una sensación de totalidad, que poseía un encanto y unmagnetismo propios: el de reconciliar los contrarios, no a base de tensión, sino comouna mezcla armoniosa. Era la persona más dispuesta del mundo a hacer amigos y acompartir, pero a la vez sentía uno que había en él una dimensión inalcanzable. Sucompañía podía ser de lo más divertido, porque era capaz de ensartar, uno tras otro, loschistes más disparatados; pero nadie podía dudar de la absoluta seriedad de suintención, A lo largo de los años cambió mucho y de muchas maneras, pero había unaserie de constantes de su carácter que siempre se mantuvieron incólumes.Un elocuente ejemplo de esto último fue su compromiso como jesuita. Tony habíafomentado con extraordinario entusiasmo los Ejercicios Espirituales según el propósitooriginal de San Ignacio (en realidad fue esto lo primero que le hizo ser internacionalmente conocido y apreciado); pero, de hecho, al final de su vida se hallaba bastante lejos de lo que suele entenderse por «espiritualidad ignaciana». Sin embargo, jamás renunció a su identidad jesuítica. Para lo cual, evidentemente, no tenía quehacerse demasiada violencia (ni tampoco, probablemente, demasiados razonamientos).Sencillamante, se sentía en profunda sintonía con la mente y el corazón de Ignacio, aquien supo conocer y comprender.En una homilía que dirigió a los Provinciales Jesuitas de la India en 1983, antes de queéstos y el propio Tony acudieran a Roma a participar en la última CongregaciónGeneral de la Orden, les hizo partícipes de una idea acerca de Ignacio que, en realidad,era más una auto-revelación:«Hay una tradición, que se remonta a los primeros Padres de la Compañía, en el sentidode que Dios le había dado a Ignacio las gracias y los carismas que El tenía destinados para toda la Compañía en general y para cada uno de los jesuitas en particular. Si hoytuviera yo que escoger, tanto para mí como para la Compañía, de entre los muchoscarismas de Ignacio, escogería sin dudar los tres siguientes: su contemplación, sucreatividad y su valor».Parmananda R. Divarkar, S.J,4 de Septiembre de 1987
2
Leave a Comment