alquimistas llaman al elixir "espíritu" (rúh), y cuerpo
(yasad)
a lasustancia a la cual su añade el elixir».Este vocabulario enigmático es debido en parte, pero sólo en parte, a que algunos de esos procederes y de los aparatos utilizadosfueron conocidos en la Antigüedad y, por tanto, sus nombres ofueron transliterados al árabe o traducidos a esta lengua, biendirectamente, bien por intermediación del siríaco. Tal, por ejemplo,el alambique, que figura citado en la Traducción árabe de
Lamateria médica
de Dioscórides, en los
Mafâtîh al-‘ulûm
de al-Juwârizmî y en el
Kitâb al-asrâr
de al-Râzî, textos todos ellos delsiglo X. La forma y la configuración de estos aparatos no fueconstante
y los musulmanes distinguieron distintas variantes ydieron nombres distintos a sus partes como puede versecomparando la descripción que del mismo hace Ibn al-`Awwám deSevilla (s. XII) al tratar del agua de rosas. Esas voces, sumadas aotras absolutamente nuevas, pasaron a integrar la terminología delos textos alquímicos latinos. Así alcalí, alquitrán, alcohol, atíncar (bórax), athanor (horno), nafta, natrón, zaibar (mercurio), etc.Pero la utilización de ese lenguaje no hubiera sido suficiente para acusar de oscuros a los tratados de alquimia. Hay otrosmotivos que explican el confusionismo de esos textos: en primer lugar, la riqueza de la sinonimia, ya que un mismo cuerpo recibemúltiples nombres. El oro presenta veintidós sinónimos; la plata,diecisiete; el hierro, dieciocho; el cobre, quince; etc. Y, confrecuencia, el término que en un autor significa una cosa en otroindica algo muy distinto. Por otra parte
muchos alquimistas de buena fe -es necesario hacer una distinción entre éstos y los simplesembaucadores- creían que la «obra» no sólo presentaba un interésmaterial -la transmutación de los metales viles en oro-, sino que su práctica conducía a un camino de perfeccionamiento moral que, alno ser admitido como tal por los hombres de religión, debía ser celado detrás de términos alegóricos y enigmáticos. Otros, muchomenos honrados, utilizaban la palabrería más florida y abstrusa para esconder con ella sus pretendidos descubrimientos.Entre estos últimos hay que incluir a los falsificadores demoneda, generalmente
tálibes
(estudiantes) bereberes que sehacían acreedores no sólo del menosprecio de los alfaquíes, sinotambién de la pena coránica -corte de extremidades- prevista paralos ladrones, puesto que ellos, en el fondo, robaban a suscontríbulos poniendo en circulación no ya una moneda de baja ley-procedimiento empleado a veces por el poder-, sino moneda falsa.He aquí uno de estos casos referido por el gran escritor cordobésIbn guhayd (m. 426/1035):
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