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Agradecimientos
Esta obra no hubiera podido realizarse sin la ayuda entusiasta de las más de cuatro mil personasque recibieron nuestro cuestionario y nos regalaron unos minutos de su tiempo para recordar lasleyendas urbanas que aparecen en sus páginas. Este libro está dedicado a todas ellas.También queremos agradecer su colaboración a los profesores que desde el principio confiaron ennuestro proyecto, brindándonos sus aulas y coordinando la recogida de cuestionarios.En este apartado figuran por derecho propio Amparo Moreno, catedrática de Historia General de laComunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona; María Jesús Casals Carro, profesora delDepartamento de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid; Natividad Abril, profesorade la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la Universidad del País Vasco (Bilbao);Manuel Antonio Martínez Nicolás, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de laUniversidad de Santiago de Compostela; Inmaculada Sánchez y Juan Antonio García Galindo, pro-fesores de Periodismo de la Universidad de Málaga; Pilar Rodríguez López, profesora delDepartamento de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Facultad de Educación de la Universidad deExtremadura, así como las profesoras valencianas Milá Belinchón y Lola Ortí.Asimismo, es de justicia agradecer la gentileza de una serie de especialistas de diferentes ámbitos,caso del antropólogo Manuel Delgado, que nos animó a investigar la suerte que corrían losciudadanos chinos una vez muertos; Victoria Cirlot y Alain Verjat, que nos inculcaron su pasión por la mitología clásica; Joan Perucho, que nos deleitó con su bagaje folklórico; Màrius Serra, al quedebemos la explicación de algunos enigmas de este libro; Joan Prat, que nos ilustró sobre las raícesdel miedo; a los escritores Bienve Moya y Juan García Atienza; al cineasta Pere Portabella; alhistoriador Josep Maria Perceval; a Edgar Vega, que nos adelantó su tesis doctoral sobre el imaginariourbano; a José Vázquez, portavoz del Cuerpo Superior de Policía de Barcelona; a Josep Maria Pujol,que nos hizo sentirnos menos solos en un campo inexplorado; a Josep Caríes Rius, que nos permitió publicar en el
Magazine
de
 La Vanguardia
el reportaje que dio pie a este libro; a Silvia Ventosa, cuyatesis sobre las corseteras nos fue de enorme utilidad; al profesor Jan Harold Brunvand, sumosacerdote del folklore universal, por su constante apoyo en este trabajo, por remitirnos amablementesu última obra y por el prólogo con que nos obsequió. A Matías Morey, Luis R. González Manso yRicardo Campo, quienes nos cedieron varios expedientes de los archivos de la
 Fundación Anomalía
ycontribuyeron a la causa con valiosas aportaciones. A Jordi Ardanuy, que nos dio a conocer su brillante estudio sobre las avionetas antinubes; a Joan Fitó, por los numerosos servicios prestados; aRicard Fusté y Miquel Segura, que hicieron lo que pudieron. A Joel Soriano, por el famoso pleito delMacDonald’s y a Teresa Mas, por estar siempre ojo avizor. A Epi Cid, por lo que él ya sabe. AAlberto Luque, que se acordó de cierta compañía de seguros. A Lidia Ramos, que escuchó impasiblealgunos desvaríos fisiológicos. A Magda Sampere, por leerse enteros los periódicos, y a Oriol Puig, por su versión enciclopédica de la leyenda del submarinista calcinado. A Joana Martí y Joan Sampere, por fijarse en ciertas botellas misteriosas. A Joaquim Font, jefe del departamento de química de laEscuela Industrial de Igualada, por sus valiosas apreciaciones en materia de aditivos, y a PacoBarquino, por presentarnos a la mujer pálida. Sin olvidar a Zenaida Osorio y a tantos otros a los que pedimos disculpas anticipadas si no los citamos aquí.Y muy especialmente a Núria Rossell, espejo de bibliotecarias, por encontrar agujas en un pajar y bordar con ellas las costuras invisibles de este tapiz de caprichos goyescos. Y no menos especialmentea Birgit Cortada. Gracias a las dos por «aguantarnos» durante la larga gestación de este trabajo. Nuestra eterna gratitud a todos y a todas.
 
Prólogo
 Doy mi mas calurosa bienvenida a esta obra, la primera antología de leyendas urbanas procedentes de España. Desde la aparición en 1981 de mt primer libro dedicado a las leyendasurbanas estadounidenses,
The Vanishing Hitchhiker,
un buen número de publicaciones ha venidoconfirmando la existencia, en Europa y otros continentes, de dichas leyendas contemporáneas. Hastaahora, sin embargo, nadie había demostrado al resto del mundo la presencia -que algunos intuían-de leyendas similares en España. Esta obra de Antonio Ortí y Josep Sampere aporta pruebasconvincentes de que en España no sólo existen leyendas urbanas, sino que muchas de ellas poseen unestilo o un contenido marcadamente hispano, y que éstas -como las que circulan por otros paises- sehallan profundamente arraigadas en la cultura popular, la prensa, la literatura, el cine, la radio, lostextos transmitidos en fotocopia e Internet.Ortí y Sampere han realizado un trabajo notable, no sólo al recoger múltiples ejemplos deleyendas urbanas difundidas en España, sino al relacionarlas con la tradición internacional del  género. Este libro, pues, constituye una excelente introducción a las leyendas urbanas de su país así como un óptimo estudio de los antecedentes internacionales de los relatos autóctonos, tanto en losmedios de difusión populares como en las obras de los especialistas en la materia. Los autores citanotras colecciones de leyendas urbanas y aportan numerosos paralelismos con la tradición medieval oclásica, extraídos de la narrativa folklórica extranjera y de los catálogos de «motivos» elaborados por estudiosos de todo el mundo.Muchas de las leyendas recogidas en esta obra resultarán familiares a los folkloristas y, sin duda,a un gran número de lectores de otras tierras profanos en la materia.
Aparecidos itinerantes, Muertosquitados de encima, Animales resucitados, Tarántulas en el tronco del Brasil, El submarinistacalcinado
 y otras muchas son indudablemente internacionales. Ahora bien, algunas de estas historiascontadas por doquier contienen rasgos netamente españoles, como la que trata de la «celebridad  servicial», que resulta ser el mismísimo rey Juan Carlos I, o del «animal fantasmagórico» que no esuna pantera u otro felino, como en la mayoría de los casos, sino un buitre gigante.Ciertas leyendas de esta antología se conocen más en Europa -o solamente allí- que en EstadosUnidos. Tal cosa ocurre, por ejemplo, con las que tratan de «víboras caídas del cielo»,«hipnorateros» italianos o secuestros en probadores. A mi entender, los elementos más fascinantes que emanan de esta antología de Ortí y Sampere sondeterminadas historias que han empezado a surgir recientemente y que pudieran tener un carácter internacional. Aunque tengo constancia de otras leyendas que describen percances ocurridos enbodas, nunca me había tropezado con
La corbata del novio y la sierra mecánica.
Tampoco estaba al corriente de las historias tituladas
Las lascivas del Viagra
o
La mujer pálida y el ladrón
hasta queesta obra señaló su reciente aparición como posibles leyendas internacionales que nadie habíarecopilado anteriormente. Es interesante comprobar que la primera ha absorbido un motivo de losrelatos sobre la mujer que contagia voluntariamente el sida mientras que la última tiene parientes próximos en la narrativa tradicional. Con todo, aún está por ver si dichas historias son leyendasurbanas genuinas que alcanzarán con el tiempo difusión internacional, más allá del ámbito de la prensa o los cotilleos de Internet. Sea como sea, no cabe duda de que esta primera -y excelente-antología del género en España animará a otras personas, tanto en el propio país como en el ex-tranjero, a recopilar y estudiar leyendas urbanas, y que tales preguntas, probablemente, se veráncontestadas en futuros estudios o antologías. Así lo espero.
PROFESSOR EMERITUS JAN HAROLD BRUNVANDDepartment of English University of Utah (Salt Lake City)
 
Introducción
En noviembre de 1998, los autores de estas líneas emprendíamos una investigación que ya se habíallevado a cabo en numerosos países pero que, inexplicablemente, estaba aún por hacer en el nuestro.El objetivo que perseguíamos no era otro que demostrar que en la sociedad española contemporáneaseguía existiendo algo así como un «folklore moderno», es decir, un repertorio de tradiciones ycreencias populares, formado a imagen y semejanza de las de antaño, pero adaptado sutilmente a lasexigencias de nuestra época.Los especímenes que más nos interesaba recoger durante esta dificultosa travesía por las aguasinestables del folklore, se inscribían en una familia de relatos denominados a veces «migratorios», por la rapidez con que cambiaban de residencia, o en ocasiones «rumores», debido a su origeninescrutable, contenido chocante y ardua verificación. Nos referimos a las así llamadas «leyendasurbanas». Estos relatos, como los chistes o algunos cuentos de terror, y a diferencia de los rumores,simples noticias «improvisadas» e informes, se apoyan en una trama urdida meticulosamente enfunción del desenlace, que se condensa en una viñeta violentamente gráfica, a veces redondeada por un pequeño epílogo. En circunstancias ideales, suelen contarse como si fueran «sucesos verdaderos»,o en su defecto, como
noticias ambiguas
que muy bien podrían haber ocurrido alguna vez. He aquí sudiferencia esencial respecto a los cuentos literarios y la razón de su éxito perdurable. Ello exige quelos personajes sean meros arquetipos anónimos («un hombre», «una mujer», «una pareja») aunquesituados siempre en escenarios bien concretos (ciudad tal, calle cual), para reforzar el realismo de unargumento que depende íntegramente del grado de verosimilitud de los detalles. La acción se sitúa enun pasado impreciso pero inmediato, y el narrador suele aludir a fuentes de información «fiables» para conferir una aparente solidez a los puntos débiles de su historia. La más socorrida de dichasfuentes es el quimérico «amigo de un amigo», inevitable protagonista de la historia y último eslabónde una cadena sin fin.Los contornos de estas historias son imprecisos, como los de los mitos, y su lógica, vinculada a ladel insconsciente y sus equivalencias, próxima a la del sueño -reflexionan VéroniqueCampion-Vincent y Jean-Bruno Renard en el epílogo de su obra
 Légendes urbaines:
rumeursd’aujourd’hui-. Lo que cuentan estos relatos combina nuestros miedos y deseos. Estos ultimos sesuelen ver satisfechos gracias a los resultados imprevisibles de la justicia inmanente, que ajusta lascuentas a los malhechores mutilándolos. En ellas abundan los miedos, múltiples y contradictorios:miedo a la técnica y al salvajismo, a la violencia urbana, a las drogas, a los poderes ocultos y a loscomplots, las ideas angustiosas relacionadas con la salud y los niños. Las leyendas contemporáneasdan nombre a estos miedos difusos y los encierran en un caparazón literario. Nombrar y designar son prácticas saludables, pues permiten definir el peligro además de exorcizarlo mediante actossimbólicos.Las leyendas urbanas se hallan tan arraigadas entre nosotros que sus motivos básicos, como los deun cuento tradicional («el lobo devora a la abuela», «Cenicienta pierde el zapato», «los cuarentaladrones se esconden en las tinajas»), permiten identificarlas en el acto. Hagamos la prueba: unaautoestopista desaparece; a un joven le roban un riñón; una mujer blanca da a luz a un bebé negro;una chica es sorprendida en cierta situación embarazosa; el rey viaja de incógnito y ayuda a losconductores que han sufrido avería o es recogido mientras hace autoestop; un buzo aparece en un bosque quemado; una pareja queda «enganchada» haciendo el amor; un maníaco golpea la ventanillade un coche con una cabeza cortada; alguien encuentra un diente de ratón en una hamburguesa...Estamos seguros de que esta rápida enumeración habrá suscitado recuerdos -entrañables o no- a másde un lector. Nos hallamos, pues, ante un fenómeno que goza de una existencia múltiple y universal,lo mismo que otros géneros del folklore como las fábulas, los cuentos de hadas y los mitos.Puede que alguien haya fruncido el ceño al toparse por tercera vez con el término «folklore»,anglicismo de apariencia vetusta, cargado de connotaciones populacheras y utilizado muchas vecescon cierto retintín, cuando no en un sentido abiertamente burlón. Antes de seguir, por tanto,
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