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El gol soñadoRómulo de la Serna voltea nervioso hacia el banquillo, pregunta cuánto falta para quetermine el partido, para que la esperanza se convierta en desilusión. Como pueden, singran estética, los suplentes le hacen ver que el tiempo se agota, dos minutos cuandomucho… De la Serna se meza los cabellos. Tan cerca y tan lejos del título. Lossegundos corren. La pelota es del oponente, que arrincona el esférico en la esquinaderecha. Juárez busca impactar la de gajos en Benítez para negociar saque de esquina.El rebote favorece sorpresivamente a los de Rómulo. Se viene la última oportunidad, elrespiro final. El “Trompo” se escapa por la izquierda, accede a la cintura del campo y semanda un cambio de frente preciso al pecho de Andrade. Rómulo se bota, propone eluno-dos, la pared desequilibrante. Andrade le entiende: toca y va. De la Serna enfila azona caliente. Andrade, gambeteando por derecha entre dos hombres manda centro.Rómulo gana en el salto, conecta la de gajos. El esférico viaja. El arquero no va a llegar.¡Gol seguro!, piensa De la Serna al tiempo que mira angustiado el viaje de la redonda.La pelota está a centímetros… Ring, ring.-¡Puta madre! –se lamenta el viejo Rómulo de la Serna después de haber sidoimportunado por el timbre de su casa. No es la primera vez que un sonido acaba con el dulce sabor de uno de los golesañorados desde hace más de veinticinco años, cuando decidió colgar los botines y vivir con los modestos ahorros que edificó a lo largo de su exitosa trayectoria futbolística.“¿Por qué no fui jugador en esta época en la que ganan millones?”, solía preguntarse.La edad no la puede esconder. Los años le pesan, le cobran factura y alargan un viajerumbo a la puerta que en condiciones normales no le habría llevado más que unoscuantos segundos.-¿Quién? -pregunta con un tono de voz que mezcla el fastidio con la curiosidad.-Soy yo, abuelo –responde su interlocutor con el desenfado propio de un adolescente alque le cuesta trabajo respetar las formas y asimilar que no es recomendable despertar aun anciano cuando el reloj apenas está por marcar las ocho primeras horas del día.-Y ahora tú, ¿qué haces aquí? –dice el viejo de la Serna al tiempo que abrecautelosamente la puerta para evitar que se cuele el frío-. Hace como un mes que no teveo, Mariano.-Cálmese, abuelo… No han pasado ni tres semanas desde que nos vimos… -mencionala joven y esbelta figura de Mariano, adolescente de trece años, indisciplinado como lamayoría de los pubertos a esa edad y vestido con el uniforme de gala del Colegio SimónBolívar-. ¿A poco no le da gusto verme?-Claro que sí, pero no deja de parecerme sospechoso que te aparezcas así como así.Ándale, pasa. Me estoy muriendo de frío y tú ahí parado sin reaccionar.
 
Mariano obedece a su abuelo y entra a una casa que siempre le ha parecido cálida yconfortable. Pese a que los jóvenes de su edad saben perfectamente que los arrebatossentimentales están prohibidos si es que desean conservar una imagen digna yrespetable, el nieto de Rómulo siempre se ha sentido atraído por los recortes de periódico enmarcados y los trofeos que adornan la vieja sala. Su mirada lo delata, sienteadmiración por el “viejito”, aunque nunca se permitirá decirlo en sociedad. La premisaactual es que ningún joven puede admirar a las viejas generaciones, integradas por individuos obsoletos, ignorantes de la tecnología y de las bondades de la vida.-Siéntate- invita Rómulo al tiempo que señala uno de los tres sillones que adornan lasolitaria casa-. Dime, ¿qué te trae por aquí?-Iba pasando y me pregunté: ¿por qué no visitar al abuelo? Y pues aquí me tienes, vivitoy coleando.De la Serna no se tragó el cuento. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Entrandoal juego del adolescente y complacido por tener compañía, se acomodó en el sillónindividual, su preferido, y lanzó el dardo a su vulnerable nieto: “¿y para qué traes eluniforme, no será que tenías escuela y decidiste irte de pinta, o peor aún, que estássuspendido?-¡Tú sí sabes abuelo! No estoy suspendido, pero sí decidí irme de pinta-respondióMariano con rostro sorprendido y tierno a la vez-. Te propongo un trato: tú no les dicesnada a mis padres y me quedo haciéndote compañía un rato.-Te aprovechas de mi soledad, hijo. Desde que murió tu abuela, hace ya más de un año,esta casa vive de aisladas visitas y borrosos recuerdos –Rómulo luce triste, nostálgico,con el brillo típico en los ojos de quienes ya vieron pasar sus mejores épocas.-Cálmese, abuelo, no empiece a poner cara de perro triste. Muchos quisieran haber sidocomo usted. Además, no está solo, tiene todos esos trofeos y portadas que le recuerdanlo importante que fue.Rómulo voltea a su alrededor y siente un vacío aún más fuerte. Sí, muchas alegríasquedaban plasmadas en sus paredes, pero los recuerdos, por más memorables quefueran, le llegan a la mente inexactos, borrosos, lejanos. Él quiere volver a sentir esaadrenalina en carne propia, marcar un par de goles y llegar a casa para abrazarse con suamada María Elena.-Los recuerdos no me bastan. Sabes… Hoy que llegaste, espantaste un sueño recurrentey que siempre, por una u otra razón, se ve interrumpido. –Mariano miraba a su abuelocon cierta rareza, como si el viejo estuviera volviéndose loco gracias a la edad; pese atodo, aguantó las ganas de reírse y esperó a que el viejo siguiera con su monólogo-.Estoy en una de las muchas finales que disputé. En realidad es una mezcla de todasellas. Ya sabes, como buen sueño, hay drama y tensión. Está por terminar el partido,quedan dos minutos y se me presenta la oportunidad. El heroico Rómulo de la Serna seeleva para rematar un centro, conecta la pelota y ésta vuela rumbo al arco enemigo… eneso, llegas tú y tocas el timbre o llama tu madre para preguntarme si estoy bien. ¿Se tehace justo?
 
-Jaja, perdónanos, no es nuestra culpa. –Mariano se remueve en el asiento, sabe que a élle han sucedido cosas semejantes, aunque no les da la misma importancia-. Yo sé queeso pasa, pero ¿qué tiene que ver todo eso con lo de tus recuerdos?-Que los sueños se viven siempre como si se tratara de la primera vez, como si losvivieras en carne propia. Eso quiero; deseo que nadie me moleste, concluir mi sueño ysentir que vuelvo a ser un delantero letal aunque en la realidad no sea más que un viejocualquiera acostado en un colchón gastado por el paso de los años. ¿Será mucho pedir?-Pues yo estoy igual que usted, abuelo. Siempre que se acerca el final, ¡tómala! un ruidome despierta y valió todo.-El joven se queda meditando un poco y decide ayudarle, conlo que puede, a su abuelo-. Lo que sí podemos hacer es disminuir al mínimo los ruidosque acaban con sus sueños. No le puedo garantizar nada, pero cuando menos lohabremos intentando. Sirve que me cuenta en qué termina su sueño.Rómulo cavila un par de segundos. La propuesta de su nieto le parece un juego deniños. Qué más da, se dice. Un viejo como él no tiene qué perder. Además, pasar un ratocon su Mariano no le iba a caer nada mal para su cambiante estado de ánimo.-Pues lo primero que tendríamos que hacer es desconectar el teléfono de aquí de la casa.Pero eso es fácil, lo que me preocupa es el timbre. La verdad no se me ocurre cómoapagarlo sin que sufra algún desperfecto. Me quiero quedar incomunicado unas horas,no toda la vida- bromeó sin pensarlo en toda su amplitud.-Podemos buscar cómo hacerle… yo preferiría cortar unos cuantos cables y listo. Le prometo que mañana yo mismo le pido a mi mamá que te consiga a alguien para que loarregle.-Mmm, está bien. No entiendo por qué ustedes los jóvenes se divierten destruyendo, pero adelante.-¡Vientos, abue!-Ya, ya… Toma las herramientas que están guardadas en el librero y encárgate dedejarlo inservible, que no funcione ni por accidente.Mariano se levanta con vigor. Es la primera vez en que oficialmente le dan el sí paradestruir algo. Lo más cercano había sido tirar algo a la basura. Se acerca al librero queestá justo detrás del sillón que ocupa el abuelo y abre las compuertas inferiores, tose un poco por el polvo acumulado y toma la caja que le servirá como armamento para hacer cualquier cantidad de desperfectos en la casa del anciano.-Usted acuéstese o póngase a ver la tele. Yo me encargo de arruinar todo lo que lo pudiera molestar--Nada más no te pases, Mariano. Si algo sale mal, será tu madre la primera en enterarsede tu inesperada visita- afirma el viejo Rómulo mientras esboza una pequeña sonrisa desatisfacción al saberse el dueño de la situación.Mientras el joven juega al destructor, Rómulo se siente ridículo por permitir quedestruyan su casa. Tiene absoluta seguridad de que ni así podrá concluir su sueño,

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