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éste último libro y las cosas últimas, como sabemos, tienen sus derechos. no nos necesitan, pero connuestra necesidad de ellas conmemoramos y hacemos que sea más real esa finalidad que nos rodea ynos plantea nuevamente esa cuestión central de cualquier muerte: ¿para qué es la vida? raymondcarver vivió y escribió su propia respuesta: “yo siempre he despilfarrado” –le dijo a unentrevistador-. sin duda emprendiendo un difícil camino para alejarse de lo arrogante y noble. eracasi una ley, la ley de carver, el no ahorrar nada para un posible futuro, sino usar diariamente lascosas del mejor modo posible y confiar en qué tendría más. incluso la pitillera donde guardaba los pitillos que fumaba llevaba escrito este principio en el imperativo: AHORA.ésta era una orden que se abatiría con creciente intensidad sobre nosotros cuando intentábamosterminar este libro. en un episodio extrañamente parecido al que precedió a la muerte de chéjov, alcual rindió tributo recientemente en su relato “tres rosa amarillas”, a ray le habían diagnosticadocáncer de pulmón después de que escupiera sangre en septiembre de 1987. Seguirían diez meses delucha durante los que el cáncer terminaría manifestándose como tumor cerebral a primeros demarzo. después de renunciar por dos veces a una operación cerebral recomendada por algunosmédicos, se sometería a un tratamiento de siete semanas de intensa radioterapia. tras una brevemejoría, sin embargo, los tumores volverían a aparecer en sus pulmones a primeros de junio.
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realismo crudo
se trata de hechos de aquella época que bastarían para hacernos realistas si ya nos hubiésemos sido realistas. contodo, igual que chéjov continuó leyendo los horarios de los trenes que partían de la ciudad en la que moriría, raysiguió trabajando, haciendo planes, creyendo en la importancia del tiempo que le quedaba, y también creyendo queiba a poder, gracias a un giro del destino, incluso librarse de aquello. una lista de la compra que encontré en el bolsillo de una de sus camisas decía: “huevos, mantequilla de cacahuete, chocolate”, y luego, después de unespacio en blanco “¿australia?” ¿la antártida?”la insistente creencia de ray en su propia capacidad para recuperarse de los reveses durante el curso de suenfermedad, nos dio fuerza a los dos. escribió en su diario:“cuando ya no hay esperanza, lo único cuerdo quequeda es aferrarse a unos frágiles asideros”. así vivía la esperanza como una función del gesto, como una búsquedade algo, mientras el objeto a alcanzar resultaba ilusorio. la alternativa era la aceptación de la muerte, lo que a loscincuenta años de edad le resultaba imposible. otra entrada de su diario revelaba su angustia ante el rápido progresode su enfermedad “me gustaría que me quedara tiempo. no cinco años – ni siquiera tres años-, no podría pedir tantotiempo,  pero si tuviera un año. si supiera que me quedaba un año.”en enero de 1988 ray empezó a llevar un diario inspirado por los journals: 1939-1983, de stephen spender, perocuando se descubrió que tenía el tumor cerebral lo interrumpió súbitamente en marzo, aunque posteriormente lovolvería a reemprender en otro cuaderno de notas. pero entonces nuestra atención se dirigía a la tarea de redactar un breve ensayo que iba a aparecer en un folleto que se publicaría en la universidad de hartford, donde ray iba a recibir un doctorado en letras en mayo.durante gran parte del tiempo yo había estado dedicada a la lectura de los relatos de chéjov, y le ofrecí dos pasajes aray de pabellón número 6 para que ilustrasen el epígrafe de santa teresa (“las palabras llevan al obrar… preparan alalma, le ponen presta, y la mueven a la ternura”). ray incorporó los pasajes de chéjov en su trabajo, y esto supuso elcomienzo de un importante acompañamiento espiritual que empezó a ser una constante de nuestros días, y queterminaría desempeñando un importante papel en la escritura de este libro.
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