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Mário de Andrade
ROSA Y EL AVISPÓN
Traducción: Carlos A. Paserohttp://portugues.zxq.net
 Mário Raul de Morais Andrade nació en São Paulo el 9 de octubre de 1893 y falleció en lamisma ciudad el 25 de febrero de 1945. Escritor fundamental de la literaturalatinoamericana del siglo XX, su obra abarca la investigación musical y folclórica, la críticaliteraria, el ensayo, la crónica, el cuento, la novela y la poesía. Los veinte volúmenes de susObras completas dan cuenta de ese trabajo inquietante y monumental. Fue el grananimador de la Semana de Arte Moderno (1922) y predicador constante de la renovaciónintelectual del Brasil.En cuanto a su producción literaria, la crítica suele verificar tres fases; una primera,exaltada y demoledora representada en su libro de poemas
Paulicéia desvairada
 («Paulicea alocada») (1922), una segunda, mayormente orientada a descubrir las raícespopulares y el carácter brasileño como en su novela-rapsodia,
Macunaíma
(1928). Unatercera etapa, más serena, le permite asentar un estilo personal y maduro, es el poeta de
Remate de males
(1930) y el narrador de
Contos novos
(1946).“Mário de Andrade -escriben Antônio Cândido y José Aderaldo Castello- fue sin duda elespíritu más vasto del Modernismo: el más versatil y culto, el que mayor influencia ejerciópor sus escritos, por la actuación de hombre público, por la irradiación personal y por laenorme correspondencia, aún casi toda inédita. Poseído por el sentido del deber, imprimióa su obra un carácter de misión, al servicio de los ideales del arte y pensamiento que leparecían adecuados para la renovación del país.”El cuento que tradujimos pertenece al libro
Belazarte
(1934).CAP
 
Belazarte me contó:No creo en bichos malignos, pero del avispón, no sé. Mire lo que sucedió conRosa... Dieciocho años. Yo no sabía que los tenía. Nadie había reparado eneso. Ni doña Carlotita ni doña Ana, ya viejecitas y solteronas, ambas concuarenta y muchos. Rosa había venido para acompañarlas a los siete añoscuando se le murió la madre. Murió o dio la hija que es lo mismo que morir.Rosa crecía. Su adorable tipo portugués se pulía poco a poco de lasvaguedades físicas de la infancia. Diez años, catorce años, quince... Al finaldieciocho en mayo pasado. Pero Rosa seguía con siete, por lo menos en loque respecta a nuestra alma. Servía siempre a las dos solteronas con lamisma fantasía caprichosa de la antigua Rosita. A veces limpiaba bien la
 
 
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casa, a veces mal. En ocasiones se olvidaba del palillero al poner la mesapara el almuerzo. Y en el cuarto acariciaba con la misma ignorancia demadre de jugando la misma muñeca, ¡no sé cuánto tiempo hace!, que lehabía dado doña Carlotita con la intención de mostrarse simpática. Pareceincreíble, ¿no? pero nuestro mundo está hecho de esos increíbles: Rosa todauna muchacha ya, era infantil y de pureza infantil. Que las purezas como lasmorales son muchas y diferentes... Cambian con los tiempos y con la edad...No debería ser así, pero es así, y no hay nada que discutir. Pero condieciocho años en 1923, Rosa poseía la pureza de los niños de... allá por labatalla del Riachuelo
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más o menos... Eso: de los niños de 1865. ¡Rosa... quéanacronismo!En la casita en la que vivían las tres, camino de la Lapa
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, su juventud sedesarrolló sólo en el cuerpo. También salía poco y la ciudad era para ella elviaje que uno hace una vez por año cuando mucho, por algún finado.Entonces doña Ana y doña Carlotita se vestían de seda negra, ¡sí señor! Seponían toda esa seda negra haciendo barullo que era una lástima. Rosaacompañaba a las patronas con su ropa fina más nuevita, llevando los jarrosde leche y las plantas de la huerta. Iban a Araçá
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donde reposaba elrecuerdo del capitán Fragoso Vale, padre de las dos tías. Junto al mármolraso doña Carlotita y doña Ana lloraban. Rosa lloraba también para hacer compañía. Notaba que las otras lloraban, se imaginaba que era necesariollorar también, ¡enseguida! llantollanto... abría los pequeños grifos de los ojosnegros negros, que brillaban aun más. Después visitaban haciendocomentarios las tumbas endomingadas. Aquel olor... Velas derretidas, familiasdescansando, agitación dificultosa para tomar el ómnibus... ¡quéaturdimiento, Dios mío! ¡La impresión llena de miedos era desagradable!Anualmente ese viaje grande de Rosa. No más: llegadas hasta la iglesia de laLapa algún domingo suelto y en Semana Santa. Rosa no soñaba nimaduraba. Siempre atendiendo la huerta y a doña Carlotita. Atendiendo lacena y a doña Ana. Todo con la misma igualdad infantil que no implicadesamor, no. Ni era indiferencia, era no imaginar las diferencias, eso sí. Unopone diez dedos para hacer la comida, dos brazos para barrer la casa, unpedacito de amistad para Fulano, tres pedacitos de amistad para Zutano
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«Riachuelo», decisiva batalla naval que se libró al sur de la ciudad de Corrientes durantela guerra con el Paraguay y en la cual resultaron victoriosas las armas brasileñas.
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«Lapa», barrio de São Paulo.
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«Araçá», cementerio de São Paulo.
 
 
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que es más simpático, una mirada a la bonita vista de al lado con elcampanario de Nuestra Señora de O
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en un embobamiento allá lejos, y desopetón, ¡zás! se hace todo amor como en el truco
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para ver si toca unabuena mano. Así es como hacemos... Rosa no lo hacía. Era siempre el mismopedazo de cuerpo que ponía en todas las cosas: dedos, brazos, vista y boca.Lloraba con eso y con eso mismo atendía a doña Carlotita. Indistinta y bienbarridita. Vacía. Una hermanita. El mundo no existía para... ¡qué hermana!santita de iglesia perdida en los alrededores de Évora.
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Hablo de la santitarepresentativa que está en el altar, hecha de argamasa pintada. La otra, larepresentada, usted bien sabe: está allá en el cielo sin interceder por nosotros... Rosa si se precisaba intercedía. Pero sin saber por qué. Intercedíacon el mismo pedazo de cuerpo, dedos, brazos, vista y boca sin nada más.La pureza, la infantilidad, la pobreza de espíritu, se empañaban en unaredoma que la separaba de la vida. ¿Vecindad? Sólo la casita de más allá,en la misma calle sin vereda, barrio oscuro, verde de pasto libre. La callejuelaera engullida en un arrebato por la confusión civilizada de la calle de lostranvías. Pero ya en la esquina el almacencito de don Costa le impedía aRosa entrar en la calle de los tranvías. Y don Costa pasaba de los cincuenta,viudo sin hijos, pitando de su pipa maloliente. Rosa se detenía allí. El almacénmovía toda la dinámica alimenticia de la existencia de doña Ana, de doñaCarlotita y de ella. Y eso en las horas apuradas de la mañana, después dehervir la leche que el lechero dejaba muy temprano en el portón.Rosa saludaba a las vecinas de la otra casa. De tanto en tanto se paraba unminuto para conversar con Ricardita. Pero no tenía tema, ¿qué tenía quehacer? partir enseguida. Con esas despreocupaciones de vivir y de disfrutar de la vida, ¡cómo podía reparar en su propia juventud! no podía. El únicoque reparó en eso fue Juan. Primero él envolvía los dos panes en el papelceniciento y tiraba el paquete en la galería. Golpeaba para que supieran yse iba tlindliirim dlimdlrim, en su triciclo. Solamente cuando había lluvia yviento, esperaba con el paquete en la mano.-Buenos días.-Buenos días.-¡Qué lluvia!-Un espanto.-Hasta mañana.
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Iglesia del barrio de la Lapa.
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«Campista», en el original, juego de naipes.
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«Évora», ciudad del sur de Portugal.
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