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Revista de filosofía, ciencias humanas,teoría de la ciencia y de la culturaVersión digitalVersión papelSuscripcionesRedacciónÍndices 
El Basilisco
(Oviedo), nº 20, 1996, páginas 55-72
La filosofía en Españaen un tiempo de silencio
Oviedo
Planteamiento de la cuestión
El enunciado titular que los organizadores de estas
I Jornadas de la Sociedad de Historia y Filosofíade la Psiquiatría,
consagradas a analizar la figura y obra de Luis Martín-Santos (11 noviembre 1924 /21 enero 1964), me han asignado, da por supuesto, si nos atenemos a la forma gramatical del propioenunciado, un concepto de «tiempo de silencio» que tiene el formato de un concepto-clase(distributiva), pero que no excluye tampoco (simultáneamente) el formato de un concepto analógico,con diferentes acepciones, cada una de las cuales podría también estar reconocida en la expresiónindefinida «un tiempo de silencio».«Un tiempo de silencio» dice, sin duda, aun dentro de una misma acepción, «cualquier tiempo desilencio», no un tiempo de silencio concreto o determinado. A lo largo de la historia de España, o dela historia de cualquier otra nación, habría, según ese concepto, intervalos que podríancaracterizarse, al parecer, como «tiempos de silencio», intercalados (si nos atenemos al prototipomusical) en el curso fluyente de los «tiempos sonoros». La «ominosa década», en el reinado deFernando VII, o los años que siguieron al cierre de las escuelas de Atenas por Justiniano, en el 529,podrían ponerse como ejemplos de «un tiempo de silencio». Por lo demás, no aparecen explícitoslos criterios que determinan cuales son las líneas de nivel a partir de las cuales hablamos de untiempo de silencio dado, puesto que es evidente que una sociedad humana, incluso una comunidadde cartujos, no puede dejar de hablar, o al menos, de hacer diariamente algún ruido. El tiempo desilencio al que nos referimos ha de suponerse, por tanto, definido de un modo especial; un modo quenos permita, además, incorporar las causas y funciones de esos tiempos de silencio. Y el modo dedefinir el tiempo de silencio, además, habrá de estar proporcionado a los contenidos que se suponenpuedan encerrarse en los límites del intervalo definido. Es evidente que, para una sociedad dada, lacondición de «estar inmersos en el cono de sombra del tiempo de silencio» tendrá un significadomuy distinto para contenidos tales como la vendimia o la fabricación del pan que para contenidostales como la propaganda política o la edición de libros de filosofía.Pero, por otra parte, no podemos olvidar que, por el contexto dentro del cual aparece incluida en elenunciado titular la fórmula «un tiempo de silencio», sin perder la intención universal-distributiva, o sise quiere, genérica, «nomotética», está referida a un intervalo concreto, «idiográfico», del tiempohistórico, lo que no excluye la intención universal distributiva que hemos asociado al formato de laexpresión «un tiempo de silencio». Simplemente ocurre que, por una suerte de dualidad, el ejerciciode un concepto clase tiene lugar, ya sea cuando nos situamos desde la perspectiva de suuniversalidad, en tanto va referida siempre a «individuos concretos» [56] (aunque estén indefinidos),ya sea cuando nos situamos en la materialidad de un individuo concreto, pero en tanto ella seapercibida como un caso más del concepto clase. Ahora bien, la «materialidad» concreta, lareferencia a la que nuestro contexto nos remite, no es, por supuesto, la ominosa década y, menosaún, el período en el que el emperador Justiniano cerró las escuelas filosóficas de Atenas, sino
 
precisamente el intervalo del tiempo dentro del cual se contienen las fechas dramáticas de la novela
Tiempo de silencio
de Luis Martín-Santos (fechas dramáticas que se sitúan en torno al año 1949); yno sólo esto, sino (un complemento que me parece imprescindible) en tanto que las fechasdramáticas del relato de referencia se presupongan, en este caso al menos, en continuidad «epocal»con las fechas en las cuales el propio autor escribió y publicó (aunque no fuera en su íntegratotalidad) su obra, fechas que pueden situarse entre los años 1959 y 1962{2}. Unas fechas, por lodemás, que están tan próximas a las de estas
Jornadas,
que sería posible decir que todas ellas sonfechas de un mismo «Presente». Un «Presente», en cuanto se nos delimita en una escala históricaque no puede reducirse, no ya al
instante
psicológico, al
nunc 
que fluye sin cesar en la concienciasubjetiva, pero ni siquiera al intervalo de una biografía; el «presente», a escala histórica, implica, sinduda, múltiples biografías, susceptibles de ordenarse por «generaciones», que, hasta un número deseis o siete, permanecerán «imbricadas como las tejas de un tejado», al decir de F. Mentré. Y larazón por la cual puede decirse que este presente constituye una unidad objetiva distinguible, almenos conceptualmente, de lo que llamamos «Pasado» y «Futuro», en sentido histórico, sería esta:que el «Presente» engloba al conjunto de individuos o grupos de individuos (por ejemplo,generaciones) susceptible de mantener relaciones de influencia recíproca; lo que significa que el«diámetro» del círculo de ese presente, centrado siempre en torno a alguna generación dada, podráestimarse en un siglo. El «Pasado», en cambio, englobará a todos aquellos individuos o grupos queinfluyen sobre nosotros sin que nosotros podamos influir, ni hayamos podido influir sobre ellos; y el«Futuro» histórico podría redefinirse como el conjunto de los individuos (o grupos) sobre los cualesnosotros influimos sin que ellos puedan influir ya sobre nosotros. Cabría afirmar, según esto, queMartín-Santos pertenece a nuestro presente, porque, aunque haya muerto hace poco más de treintaaños, todavía están vivos quienes influyeron, más o menos, en él (a la vez que recibieron también lainfluencia suya), muchos de los cuales están activos en estas
Jornadas.
 Ahora bien, el reconocimiento de la realidad de un presente histórico, al que pertenecemos nosotros,desde luego, pero también Martín-Santos, no implica, en principio –aunque tampoco implica sunegación– que nuestro presente deba considerarse todo él envuelto por la idea de un «tiempo desilencio». Lo más probable es que los participantes (al menos, la mayor parte) en estas
Jornadas,
muchos de ellos familiares, amigos, enemigos o colegas de Luis Martín-Santos, presupongan que,sin perjuicio de la copresencia que mantuvieron con él, existe una línea de separación bastanteclara, aun dentro del círculo del presente de referencia, entre el «tiempo de silencio» en el quetranscurren los sucesos dramáticos de la novela, así como la vida del autor que la escribió (perotambién períodos de la biografía de muchos o de todos los «aquí presentes», que estuvieron en lacárcel o experimentaron los efectos de la censura policiaca) y el «tiempo de libertad» (por ejemplo:libertad de prensa, libertad de opinión...) en el que, al parecer, vivimos quienes, en estas
Jornadas,
estamos rememorando precisamente aquel otro «tiempo de silencio». Una línea de separación quees muy probable que muchos identifiquen con la línea que separa la
época franquista
de la
democracia coronada
instaurada por la Constitución de 1978, y cuya expresión consolidada másplena (después del frustrado golpe del 23-F de 1981) habría culminado con la victoria en las urnas,en octubre de 1982, del Partido Socialista Obrero Español. Pero fue en este partido en el que militóLuis Martín-Santos. Por ello no parecerá impertinente, cuando nos referimos al presente en nuestrocontexto, la mención de la victoria electoral de 1982, desde el punto de vista del análisis ideológico,ni tampoco carecen de sentido las cuestiones, que algunas veces se han suscitado, sobre el lugar que, de no haber muerto prematuramente, en un accidente de automóvil, en 1964, ocuparía LuisMartín-Santos en la vida política de los últimos años del siglo.2. Lo que he pretendido hacer hasta ahora, en mi exposición, no ha sido otra cosa sino llamar laatención sobre una distinción que parece estar implícita en el planteamiento mismo del tema titular, asaber, la distinción entre el concepto clase de «un tiempo de silencio» y el «tiempo de silencio»concreto, dado en nuestro «presente», que desempeña en estas
Jornadas
la función de referenciaprincipal de aquel concepto clase. Porque el concepto clase de «tiempo de silencio» no ha sidoexplícitamente definido; más bien, y gracias al significado mínimo, por vago que sea, que tiene elpropio sintagma castellano «tiempo de silencio», se da por establecido, a fin de analizar qué puedasignificar en su ámbito, la filosofía. Pero, a la vez, sobrentendemos que ese concepto clasehabríamos de referirlo a nuestro presente, en particular, al presente en el que ocurren los episodiosdramáticos de la novela
Tiempo de silencio
de Luis Martín-Santos, y esto debido a que, desde luego,las características generales del concepto clase han de estar actuando en cada una de susreferencias o realizaciones, pero también, por tanto, recíprocamente, a que, si no todas, sí muchas
 
de las características de nuestro presente (o del tiempo de silencio de nuestro presente yatranscurrido o por transcurrir) habrán de poder servir para determinar las características de «untiempo de silencio», en general, y de las funciones o situaciones que en él puedan corresponder a lafilosofía. Y esta constatación tiene ya un alcance metodológico indiscutible: es casi seguro que unaexposición, necesariamente dilatada, que comenzase por definir, en general, un concepto previo (nopor ello necesariamente
a priori 
) del concepto clase de «un tiempo de silencio» en general (tomandocomo referencias la llamada ominosa década del siglo XIX, el cierre de las escuelas filosóficas por Justiniano en el siglo VI y otros cientos de referencias que serían sin duda necesarias para esbozar un «concepto inductivo», no apriorístico) no sólo no garantizaría su pertinencia en el momento de ser aplicado al tiempo de nuestro presente que nos ocupa, sino que, acaso por ello mismo, produciría enel auditorio la impresión de una extravagancia. Y, en cambio, supongo que lo que todo el mundoespera ante el anuncio, en estas
Jornadas,
de una exposición sobre «la filosofía en un tiempo desilencio», es que esta exposición vaya referida, desde el principio, al concepto del tiempo de silencioconcreto del que venimos hablando, y ello sin perjuicio de que este «tiempo de silencio de lafilosofía» sea visto como «un caso» de un concepto más general, con el riesgo que esto tendrásobre la posibilidad de transferir características acaso peculiares e irrepetibles de nuestro presente alos tiempos de silencio de otras épocas históricas. Un riesgo, por lo menos tan probable, como elque correspondería a cualquier decisión de aplicar una supuesta característica general del tiempo desilencio a nuestro caso. [57]
I. Tres perspectivas (A, B, C) desde las cuales puede ser consideradala fórmula «tiempo de silencio»
Lo primero que tenemos que constatar es que nuestro «presente» –que ha de contener, ante todo,según hemos dicho, a la persona y obra de Luis Martín-Santos– no nos conduce a un conceptounívoco de «tiempo de silencio» (incluso cuando él va referido al mismo presente) sino a muydiferentes conceptos o acepciones, si se quiere, modulaciones del mismo concepto que, sin duda,podrán estar estrechamente relacionadas entre sí por alguna analogía de proporción, simple ocompuesta. Sin duda, el número de estos conceptos determinables (cada uno de los cuales estarácontenido en la expresión indefinida «un tiempo de silencio») es muy alto. Por nuestra partelimitaremos esta multiplicidad, ateniéndonos lo más estrictamente que podamos a nuestro contexto.Pero, aún así, no es posible circunscribir a una sola modulación unívoca, salvo por convencióngratuita, o por acrítica ingenuidad, el concepto de «tiempo de silencio». Y esto debido a que lasperspectivas emic y etic por respecto al propio sintagma «tiempo de silencio», acuñado por LuisMartín-Santos, son diversas y, en ocasiones, contradictorias, a pesar de que muchas de ellasaparecen mezcladas, confundidas o identificadas por quienes hablamos de estas cosas. Las tresmás significativas perspectivas que distinguiremos (porque no son ni siquiera conceptos, sinoperspectivas para construir conceptos) son las tres siguientes, que designaremos, no tanto paraabreviar, cuanto para evitar complicaciones connotativas, por A, B y C:
Perspectiva A.
Es la que corresponde a quienes, como nosotros, nos consideramos situados en1995 para analizar conceptos o procesos ocurridos hace más de treinta años en un «presentetranscurrido» en el que se escribió
Tiempo de silencio.
Se trata de una perspectiva que podríaconsiderarse, en principio, como perspectiva etic, en el sentido histórico, en cuanto ella está referidaa «actantes» que ya no viven y que por tanto, necesariamente, ha de estar fuera, de algún modo, deellos. Pero esta exterioridad etic, de principio, no excluye la posibilidad de una aproximación emicque tome como punto de partida la propia obra
Tiempo de silencio,
y, sobre todo, la presencia de suautor en las vidas de muchos de quienes hoy participan en estas
Jornadas,
sobre todo las deaquellos que comparten o compartieron sus planteamientos políticos y filosóficos. Una perspectivaetic no necesariamente ha de ofrecernos contenidos diferentes a aquellos que pueden determinarsedesde una perspectiva emic; y, en nuestro caso, esta observación tiene la mayor importancia dado elgrado de identificación (en militancia política o en ideas filosóficas) de sus amigos con Martín-Santosmismo. Por esta razón el criterio más pertinente para separar o clasificar la multitud de conceptosque podrán darse, sin duda, desde esta propia perspectiva A será el criterio de la identificación o noidentificación del concepto etic de «tiempo de silencio» que se tome como canon, con el concepto (olos conceptos) emic que hayamos logrado determinar. Designemos por A
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al concepto (o conceptos)
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