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 Ana Iturgaiz El sueño1
El sueño
 —Chico —me llama para captar mi atención—, trae ese madero —me indica con ungesto de su cabeza.Me aproximo hasta el rincón y escojo la duela sobre la que se posan sus ojos.Hace más de dos años que mi padre me trajo a casa del tonelero.
Para que aprendas un oficio
,me dijo bajo la mirada triste de la madre. Dos años hace ya y el viejo todavía no me ha llamado pormi nombre. —Aquí la tiene, maestro. —Déjalo ahí mismo —me dice sin mirarme mientras se afana en rebajar los extremos dellistón que le he alcanzado un rato antes.No entiendo esa prisa que le ha entrado. Sólo fue ayer cuando terminamos las barricas deCasa Arribas. Todavía no han venido a buscarlas. Esta vez ni siquiera me ha mandado engrasar niordenar las herramientas, como hace siempre que acaba con un pedido. —Zagal, no te sientes sobre ese tonel.¿Cómo se ha enterado si no ha levantado la cabeza?Renuncio a mis intenciones y me acomodo en el suelo con las piernas encogidas, sin otracosa que hacer más que mirarle.
Zis, zas, zis, zas, zis,zas.
 La azuela se mueve con suavidad como lo haría un pincel en la mano de un artista. —Maestro. —Dime. —¿Qué está haciendo?El viejo alza los ojos y me observa fijamente; sólo un instante, antes de volver a su trabajo.Padre tenía razón. Es el mejor tonelero del pueblo. Por eso Casa Arribas y Casa Bernal nuncahacen sus encargos a otros. —¿No lo ves? —me contesta con su ronca voz. A veces pienso que su tono rasposo es debido al poco uso que le da; ya que apenaspronuncia palabra alguna.Le veo acariciar la suave madera en busca de astillas. Coge la garlopa y repasa de nuevocada una de las duelas. —Sí, pero ¿para quién es la barrica? Ya ha terminado con lo de los Arribas. —Para nadie —me dice antes de ordenarme—: el hierro.
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