Los otros ojos
Por Orlando Mazeyra GuillénPor Orlando Mazeyra GuillénPor Orlando Mazeyra GuillénPor Orlando Mazeyra Guillén
“No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”“No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”“No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”“No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”Andrés CalamaroAndrés CalamaroAndrés CalamaroAndrés Calamaro“¿Qué te pasa, ah? No camines tan a prisa”, pensó Ismael Gallodesacelerando el paso, “tienes que disimularlo bien, despacio, paraque no lo noten: con el pecho frío y la sangre de pato; ahora escuando no puedes parecer ansioso”.Él no tenía tiempo ni ánimos para notarlo, pues estabarecogido en esa vorágine malhadada que era su propia intimidad,pero la calle San José lucía casi desierta, apagada; parecía feriado oesos domingos por la tarde en que sólo las gentes sin vida y sinfamilia matan el tiempo deambulando por el centro histórico de laciudad. “¡Ya sé! Mejor primero me compro algún libro pararelajarme”, concluyó, y entró a la librería Aquelarre a revisar lasnovedades. Se encontró con libros de Francisco Umbral, Pamuk,Cortázar, Mario Levrero y Bryce. Como nunca antes Aquelarreprometía lecturas de bandera: el anaquel de Anagrama repleto y elde Tusquets también. Alfaguara, Planeta, Seix Barral y Brugueraterminaban de atiborrar el recinto.—¿Me consiguió
El escritor y sus fantasmas
, señorRamírez? —le preguntó al librero sin dirigirle la atención.—Ah —bostezó el anciano con cierto descontento, como silo acabaran de despertar malamente de un plácido sueño—, Hice elpedido pero no me ha llegado todavía… Y tú, ¿estás escribiendoalgo?—Sí y no…—Y ¿cómo es eso?
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