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Francisco Arriaga – Año 2, No. III. Libres libros de a libra. 05 Nov. 2009
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Mé-xi-co
Caudales de tinta han empapado las hojas de libros, tomando la forma de concienzudosensayos, diatribas, disertaciones u opúsculos históricos, tratando de dilucidar lo que seesconde detrás de esa palabra engañosamente clara.Gutierre Tibón emprendió el resumen de las teorías y explicaciones, que tomaron la formade reflexiones en torno al nombre y la no menos difícil y oscura fundación de la ciudad, enuna obra monumental titulada ‘Historia del nombre y de la fundación de México’, donde,en poco menos de novecientas páginas, va demostrando la cada vez más huidizaetimología que encierra esa palabra total, segundo nombre de nuestro país, y aún nooficializada por los gobiernos en turno.
Los nombres
Si pensamos que el libro de Tibón es una árida mescolanza de datos dispersos,estaremos minimizando una obra que resuma frescura, ingenio, y una erudición queparece más anécdota que cita bibliográfica. Y aunque el tema de su búsqueda, y ladirección de la obra está bien definida, el autor enriquece el libro con observacionespropias que ayudan muchísimo a esclarecer hasta dónde el alcance de esa oscuridad aúnnos alcanza, y está lejos de ser sobrepasada.En el turbulento año de 1970 acude a una marcha, y nos confiesa maravillado, que elantiguo grito de guerra sigue escuchándose en las tierras aztecas, brotando contundentede cada garganta. Esto sucedía 646 años después de la fundación de México, el 7 de junio de 1970: ‘Una multitud radiante por una victoria en cierto tlachtli jugado contra lagente de Cuzcatlan e Izalco, gritaba enardecida, escandiendo las sílabas: ¡Mé-xi-co, Mé-xi-co! Había una mezcla de alegría y de amenaza en sus voces; faltaba la segunda partedel nombre, Te-noch-ti-tlan; pero era en sustancia el viejo grito de guerra azteca como lohabían oído, justamente aterrorizados, los habitantes de Orizaba, en tiempos delhueitlatoani Ilhuicamina, y como lo oyó, dese lo alto de un teocalli en Xochimilco, ciertocapitán español, de apellido Cortés, en tiempos del hueitlatoani Cuauhtémoc.’
Los extremos se tocan
Si el ejemplo anterior pareciera brotar de alguien que escribe enfebrecido y cegado unarecopilación, reseña o semblanza sobre el nombre de México y los sucesos acaecidosalrededor de su fundación, en otras partes del libro establece lo cerca que está el
 
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nacionalismo exacerbado de la traición y de la ignominia. Demostrando su conciencia y latranquilidad de todo sabio y estudioso al tanto del conocimiento que posee y que deseatransmitir a sus interlocutores, Tibón repasa someramente el papel que juega Aztlán entrelos mexicanos estadounidenses, aquellos que orgullosamente se hacen llamar ‘chicanos’.En la enumeración rápida y jugosa de ciertas actitudes que nos obligan a replantearnosexactamente no sólo nuestra identidad, sino también nuestra idea de lo que es ‘sermexicano’; el autor resalta que a partir de la década de los setenta, el movimiento chicanopuso ‘en boga’ a Aztlán, y quien contribuyó notablemente a este nuevo interés fue ni másni menos que un norteamericano, Jack D. Forbes.Forbes establece que el sur-oeste norteamericano era la ‘patria de los chicanos’, y suescrito mimeografiado fue ampliamente distribuido entre 1962 y 1963. Siguiendo con eldetalle y deslinde de los hechos, Gutierre apunta que cierta Sara Estrella escribió en 1971un poema titulado ‘Soy chicana de Aztlán’.Y aún se permite agregar una referencia por demás escandalosa:‘En 1972 Ester R. Pérez, con la colaboración de James y Nina Kallas, publicaron enGuadalajara una “reseña de historia mexicana” bilingüe, titulada
Orgullo de Aztlán-Pride of Aztlan 
, que dedican “
al espíritu de valor y nobleza que ha permanecido en nuestra raza desde que salió de Aztlán, hasta encontrarse nuevamente en la tierra de origen de sus antepasados, el México Americano.” 
Prologa el libro, escrito con tanta buena voluntadcomo abundancia de errores, Jorge Terrazas Acevedo.’Tibón recoge un párrafo de este prólogo, en donde actualmente no encontramos rastrosdel lamentable
espanglish 
, aunque parezca escrito por alguien que habla y escribe enespañol pensando en inglés, y preocupado, por si esto fuera poco, por mantener intacta eincólume su simpatía y compromiso por y con el chicanismo: ‘Orgullo de Aztlán
pertenece al bilingüismo y biculturalismo fulcro de nuestra autoidentificación y radicalización (sic)como chicanos. La reconquista del poder y la reconquista de nuestra imagen, ambos son una responsabilidad dentro del chicanismo 
’.¿De dónde proviene la difícil identificación de lo mexicano con lo azteca, de la búsquedadel ‘Return to Aztlan’ como una vuelta al paraíso perdido o al vientre materno? Tibón seatreve a esclarecerlo, por más que las razones sean dolorosas, casi increíbles:‘Dice el mismo historiador [Durán] que los aztecas, según resulta
por las pinturas y caracteres de la historia antigua 
eran del linaje de los toltecas y de la familia de Huetzitin.Este caballero, al decir del mismo cronista
escapó con su gente y familia cuando la destrucción de los toltecas en el puerto de Chapultépec (…) y fue con ella por las tierras 
 
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del reino de Michoacan hasta la provincia de Aztlan. El sucesor de Huetzitin, Ocelopan,acordándose de la tierra de sus pasados, acordó de venir a ella, trayendo consigo a todos los de su nación (…)Venía con ellos una hermana suya, mujer varonil llamada Matlálatl (…) Traían por su particular ídolo a Huitzilopochtli.
Es fácil deducir que las raíces raciales,religiosas y lingüísticas de los aztecas eran toltecas […]’
El extranjero y la tierra
Se sabe que Gutierre Tibón fue sobre todo, un autodidacta, recibiendo a los 41 años suprimer doctorado Honoris Causa [por la Universidad de San Nicolás de Hidalgo enMichoacán], esto por su labor de investigación y difusión de la historia de México, sulengua y sus tradiciones. Filólogo en toda la acepción de la palabra, Tibón nació en 1905en Milán, Italia, viviendo prácticamente su vida toda en México, falleciendo enCuernavaca, Morelos, en 1999. Su libro fue publicado en 1975, y es reconocidoampliamente como una exposición de la más alta erudición, y también de la preocupaciónmáxima de un hombre que aprendió a amar, a querer a la tierra que le diera abrigo.Quizá por esto mismo pocos tan calificados y capaces como él, de sacar adelante laempresa de recolección y explicación de los distintos sucesos que fueron fortaleciendo,enriqueciendo y también difuminando, lo que se encuentra detrás de la palabra
México 
yla fundación de la ciudad que llevase el mismo nombre.La lista de autores a quienes cita minuciosa y detenidamente se nutre con los nombres deSahagún, Durán, Boturini, Ixtlilxóchitl, Tezózomoc, Torquemada, Molina, Seler, León-Portilla, León y Gama, Clavijero, Eguiara, Bernal Díaz, y Cortés.Y por si esto fuera poco, se permite incluir referencias que a más de un lector podríanhaber hecho brincar, como la siguiente:
México y las conejitas… de Playboy
Mé-xi-co significa, entre otras ochocientas cosas ‘el conejo en la luna’, y ‘el ojo delconejo’. Filólogo trabajando, Tibón define claramente al animalillo silvestre: ‘El conejo:humano, demasiado humano’. ¿Por qué nos agradan tanto los conejos? RespondeGutierre que es algo perdido en lo más profundo de nuestros instintos. ‘
Nos agrada instintivamente la vida de esas criaturas, con sus preocupaciones inocentes: una vida infantil, despreocupada y serena.
Además, y aquí viene la justificación de la referencia, los varones inconscientementeasocian al conejo con ‘el atributo de femineidad esencial: su prodigiosa fecundidad’.

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