En la estación de Jesús, los viajeros que esperan en el andén escuchan un ruido parecido a una explosiónseguido de una corriente de humo. Corren hacia las escaleras. Piensan en un atentado. Con ellos va unmaquinista, le llaman Viva, que observa que no es humo lo que sale del túnel, sino una nube de polvo. Viva setopa con otro maquinista y ambos alcanzan a ver un vagón por los suelos y otro aún de pie. Apenas hay luz.Se dirigen al tren. En ese momento no tienen tiempo para pensar. "Los cadáveres estaban esparcidos por eltúnel", recuerda Viva. Opta por dirigirse al vagón que todavía se mantenía en pie. "Entré en la cabina delconductor, al final del convoy, y abrí con un sistema neumático todas las puertas. De allí salieron unas sesentapersonas. Del tren volcado vi salir algunos jóvenes, por arriba. La gente corría hacia la estación de Plaza deEspaña. Apenas había luz. Nos iluminamos con linternas y los móviles de los propios viajeros". Sólo muchashoras después, este maquinista pudo reflexionar sobre el accidente. Casi no había término medio: o gente queparecía herida de poca importancia o muchos cadáveres, pero nunca imaginó que la tragedia alcanzara unacifra tan elevada: 42 muertos y 47 heridos.Unos minutos antes del accidente, nada hacía presagiar en la estación de Plaza de España que la unidad 3736del metro de Valencia arrancaba para su último viaje. La conducía Joaquín Pardo Tejedor, de 40 años,reservado y bien considerado por sus compañeros, experto en informática y amante del ajedrez. A Joaquín lequedaba algo menos de media hora para terminar su jornada laboral.Había hecho ese itinerario cinco veces, cinco veces había detenido el convoy en la estación de Plaza de Españasin incidencia alguna, y se aprestaba a pasar por sexta vez aquel lunes por la curva maldita. Pero en esaocasión la tomó demasiado rápido, al doble de la velocidad permitida, a 80 por hora, cuando el reglamentoexige discurrir a 40 por hora. La caja negra detectó un inexplicable error humano en un trayecto que apenasduró 36 segundos, desde que arrancó ese tren hasta que, alcanzada la máxima velocidad, no desaceleró paratomar la curva. Desprovista la línea 1 de un sistema de seguridad moderno, el error fue fatal.Ese lunes, Joaquín había dejado su piso de soltero en Alfafar, un pueblo de la costa pegado a Valencia, todavíasiendo noche cerrada. Se había puesto el uniforme de la empresa: un pantalón azul oscuro y una camisablanca con finas rayas rojas. Desde allí enfiló la carretera rumbo a la capital. Aparcó su coche en la estación deValencia Sud y se dispuso a iniciar el turno a las cinco de la mañana. Como maquinista, conduciría el tren enturnos de 67 minutos, con periodos de descanso que sumarían dos horas. Joaquín Pardo estaba satisfecho consu oficio. Después de años como interventor, yendo y viniendo por los vagones, en 2002 había superado laoposición y desde el pasado abril era maquinista. Criado en una familia de ferroviarios, Ximo, como lo conocíansus amigos, con 224 horas de prácticas ya estaba conduciendo en la línea 1 del metro valenciano.
Gente de compras
Pardo llevaba casi ocho horas de trabajo cuando detuvo el tren en la estación de Plaza de España. La una delmediodía. No es hora punta. Los vagones están llenos de gente que acude de compras al centro o viene y vade hacer algún recado. Quizá por eso, a esas horas viajan más mujeres que hombres en el metro. Hay gruposcomo el que forman Encarna López Contreras, de 46 años; su amiga Josefa Lluch Donat, de la misma edad, yla hija de ésta, María José García Lluch, de 22 años, que regresan a Torrent después de una mañana derecados. Otros coincidieron en el vagón por puro azar, por capricho del destino que acabó con la vida deEncarna y María José.Josefa Lluch, que sufre heridas graves, viajó a Valencia para cambiar el traje que le habían hecho para lasfiestas de su pueblo, Real de Montroi. Es importante porque ella y su amiga Encarna son festeras de la DivinaAurora, la patrona local. Toda la organización de las fiestas patronales recae sobre ellas: verbenas, meriendaspopulares, orquestas y baile. Lo sabe bien Alejandro Blasco, alcalde de Real, donde las esperaron en vano.No son las únicas mujeres del vagón que vienen de compras. Violeta Rius vuelve a casa con su madre, CarmenGarrote, de 41 años, después de haberse dado una vuelta por las rebajas. A sus 11 años, Violeta es campeonade gimnasia de Aldaia. Salieron de casa esa mañana sin dar cuentas a nadie. El marido de Carmen y padre deVioleta, Gregorio Rius Puig, se fue al trabajo (es director del centro de menores de Aldaia) ignorante de susplanes. Total, es sólo una escapada y a la 13.30 estarán de vuelta en casa, a tiempo para la comida demediodía. Del centro de Valencia a Picanya, la estación más próxima a Aldaia, el metro tarda unos 25 minutos.Carmen murió el pasado jueves. Su hija se salvó.Algunos ocupantes lo son por pura casualidad. Es el caso de Luis Saiz Díaz, de 27 años, empleado del Servef (Instituto de Empleo valenciano). Nunca toma el metro, pero lo hace ese lunes para ir al hospital por unamolestia en un ojo. "Voy un minuto a que me lo vean", le dijo a Manolo, con el que compartía bocadillo, cañay un café cortado. Su compañero le vio alejarse camino de la boca del metro, con su pantalón de sport y lacamisa de cuadros grandes, delgado y atlético. Ya de regreso, hacia la una, el vagón estaba en Plaza deEspaña. Es la estación más próxima a su centro de trabajo. Pero Luis Saiz no se baja. ¿Tenía algún otro asunto
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