El estercolero
Rafael Peñaloza N.
Cada mañana, acompañado de las siete campanadas de la iglesia local, el estercolero salía de casacargando una pala y un saco marrón. Sin apenas dar los buenos días a aquellos que llegaba a ver en sucamino, se apresuraba a los grandes pastizales que rodeaban el pueblo, donde rumiaban felices lasvacas destinadas a donar su carne a la ciudad más cercana, y uno que otro ovino salvado del matadero por el fin mayor de donar el pelaje a sus dueños. Nadie sabía cómo es que Marco había elegido esa profesión. Durante su niñez gozó de todos loslujos que un infante de campo puede llegar a pedir, bajo el amparo de un padre propietario de la mayor extensión de tierras de la zona. Fácilmente se podría decir que pertenecía a una familia acomodada.Pero la enfermedad de su padre vino a disipar toda la dicha.Era evidente que el señor de la casa estaba muriendo. La última posibilidad era mudarse a la ciudade internarse en un costoso hospital de alta categoría. La decisión fue más sencilla de lo que podríaesperarse; en pocos días, las tierras familiares cambiaban de dueño. Toda la familia, especialmente suhermana Ana, estaban encantados con la idea de irse lejos, a los lujos de la gran ciudad. Marco era laúnica excepción.Para ese entonces, Marco comenzaba a convertirse en un hombre y había conocido a una mujer. Contoda la estupidez del que se cree enamorado cegándolo, rogó a su padre que lo dejara quedarse acontinuar su apacible vida de campirano. En un último y altamente inesperado gesto de amor paternal,Marco obtuvo posesión de una pequeña choza; muy lejos de las comodidades de su casa anterior, peromás que suficiente para él solo. No sabía qué haría, no sabía trabajar la tierra, no entendía de plantas y,sobre todo, temía a los animales grandes, pero creía que podría encontrar una solución. No pasaron más de dos semanas antes de que esa mujer lo dejara por alguien con un poco de futuro.Gritando maldiciones y llorando como una nena, se encerró en sus cuatro paredes.Una semana después, justo cuando todos comenzaban a darlo por muerto, salió cargando una pala yun pequeño saco blanco. Estaba esquelético y se notaba el gran esfuerzo que le exigía su herramienta, pero caminaba sonriendo.Aquel día comenzó su oficio de estercolero y, aunque le tomó un tiempo perfeccionar su técnica,rápidamente demostró su potencial.Con el tiempo, ese saco tornó su color en el marrón que ahora todos recordaban.Todos los días pasaba horas andando en las cercanías del ganado, analizando sus excrementos yrecogiendo apenas un kilo de materia fecal. Después regresaba a casa, y se encerraba hasta el siguienteamanecer. Sólo dejaba sus labores un día al año, con la llegada del otoño, que se dedicaba a recoger hojas secas con la misma paciencia metódica que aplicaba a las heces.Los domingos se detenía un momento en el mercado a vender el abono de la semana. Al principioalgunos vecinos bondadosos le compraban su escasa mercancía. Sin embargo, muy pronto fue claro queeste estiércol era de la máxima calidad; la gente se peleaba ahora por comprarle. Esto agradaba muchoa Marco, que podía continuar pronto con su trabajo.Con el dinero que obtenía, compraba material para mantener su cabaña en buenas condiciones, y unaque otra vez algunas manzanas que compartía gustoso con los bovinos de los pastizales. Marco sesentía altamente agradecido ahora con los gigantes cuadrúpedos que le daban de comer.De vez en cuando alguien lo detenía para preguntarle el secreto de la calidad de su abono. Marcosimplemente murmuraba unas rápidas frases sin mucho sentido sobre las técnicas se selección que le
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