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El Petróleo Viene de La Luna

El Petróleo Viene de La Luna

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88
DEBATES IESA • Volumen XIX • Número 1 •
ENERO
-
MARZO
 
2014
reseña
Aunque el veredicto de Gustavo Coronel frente a la nueva Pdvsa es muy negativo, ve «las semillas del fracaso» en la década de 1980
E
n 1974 Venezuela vivía uno de los debates más grandes de su historia. Por lo que estaba en juego (nada menos que su destino como colectivo), solo es comparable con las disputas de la inde-pendencia y de la conquista; pero, por su amplitud (contada por el número de venezolanos participantes), ninguno había sido tan amplio hasta el momento (ni lo ha sido desde entonces).Una sociedad alfabetizada, una democracia que aparentemente había vencido a todos sus enemigos, con buena parte del pueblo organizado en partidos políticos, con influyentes medios de difusión masiva, con una libertad de expresión que en general era respetada, permitía la participación de todos los sectores, incluyendo a la mayor parte de los que se declaraban antisistema. Estos hablaban desde sus curules en el Congreso, desde sus cá-tedras universitarias, lo hacían en la prensa, publicaban libros, incluso for-maban parte de la amplísima comisión nombrada por el presidente Carlos An-drés Pérez para analizar la decisión que se avecinaba.Después de sesenta años trans-formando cada ángulo de la vida ve-nezolana, la industria petrolera estaba en vísperas de pasar a manos del Esta-do. Era, como anunciaba un libro que por aquella época gozaba de bastante atención, un asunto de vida o muerte (Arturo Uslar Pietri,
Petróleo de vida o muerte
, Caracas, Editorial Arte, 1966): nada menos que el porvenir del mode-lo de vida de Venezuela, su consuma-ción definitiva como Estado-nación, la prueba de que la democracia podía hacer grandes cosas; de que, a pesar de todo, el venezolano no era un fiasco como pueblo.Desde imágenes apocalípticas y admoniciones morales sobre lo que la riqueza petrolera podía hacerle al país (o ya le había hecho), hasta un nacio-nalismo capaz de impulsar esa unidad nacional por la que las élites venían pugnando desde la independencia, el petróleo había sido uno de los prota-gonistas centrales en el pensamiento y en las luchas políticas venezolanas del último siglo, al menos de ese «siglo XX corto» que en Venezuela va de 1936 a 1998. Tales luchas parecían coronarse con la nacionalización que finalmente se decreta en 1974 y entra en vigencia el 1 de enero del año siguiente. Ante hechos de tal envergadura los técnicos de la industria petrole-ra sentían que algo debían decir. En efecto, su situación (lo que incluía un muy respetable temor por su destino profesional) parecía estar en cierta minusvalía. No es que no habían sido llamados a la discusión. Eso había ocu-rrido. Incluso el presidente Pérez y el general Rafael Alfonso Ravard, primer presidente de la estatal que asumió el control de las compañías concesiona-rias, fueron enfáticos en defender la meritocracia de los técnicos y exper-tos en el área. Pero, dentro del gran debate, estaban lejos de contar con los medios con los que los políticos, intelectuales y académicos influían en la opinión pública. Ante ellos, parecían unos convidados de piedra. Además, en el clima de exaltado nacionalismo del momento, sufrían la desventaja de llevar el sambenito de «agentes del im-perialismo», «pitiyanquis», «defensores de los intereses foráneos», los herede-ros —peor, los herederos venezolanos, una especie de cipayos— de aquellos gringos de caqui y salacots que en las décadas de 1910 y 1920 encarnaban al imperialismo en los campos petroleros. El protagonismo que la izquierda había adquirido durante el debate no hizo sino abonar esta visión. Así las cosas, los que mejor conocían la industria eran los menos oídos en la discusión sobre la nacionalización, o al menos eso fue lo que concluyeron los emplea-dos de las compañías cuando crearon la Agrupación de Orientación Petrolera (Agropet), cuya primera reunión tuvo lugar en el Hotel Tamanaco de Caracas el 27 de marzo de 1974. Agropet anunciaba fisuras en el aparente consenso de la nacionaliza-ción, que entonces pasaron inadver-tidas, pero que treinta años después, durante las huelgas petroleras y la crisis política de 2002-2003, demostraron ser el centro de las disputas por el control y los modelos de país que entonces se contraponían (y que en buena medida siguen haciéndolo). Tales fisuras deja-ban ver las contradicciones entre dos formas de ver lo que era y lo que debía ser Venezuela.La dicotomía aparente entre la ge-rencia y la política, entendida como ca-bildeo y pérdida de tiempo (al estilo de la «poca política y mucha administra-ción» de Porfirio Díaz) entre los «geren-tes» y los «burócratas» que durante la rebelión de los petroleros contra Hugo Chávez alcanzó su clímax, aunque ve-nía incubándose casi desde los inicios de la industria, con la nacionalización empezó a revelarse en toda su grave-dad. Políticos y gerentes no estarían en-frentados en una mesa de negociación: tendrían que arreglárselas para trabajar  juntos. No fue fácil. Para los petroleros, las decisiones políticas, que no respon-dían necesariamente a criterios técni-cos, representaban un inconveniente, una especie de abuso por parte de igno-rantes con poder, de holgazanes inca-paces de producir riqueza que estaban cada vez más ávidos de dinero. Para los políticos, los petroleros nunca enten-dieron que las cosas habían cambiado, que ya no eran gerentes de transnacio-nales, que debían responder a grandes intereses nacionales que iban más allá de la rentabilidad del negocio. Sus an-helos de autonomía eran convertirse en
P
OLÍTICA
 
CONTRA
 
GERENCIA
:
MEMORIAS
 
DE
 
UN
 
HOMBRE
 
DEL
 
PETRÓLEO
T
OMÁS
 S
TRAKA
,
profesor de la Universidad Católica Andrés Bello.
Gustavo Coronel:
El petróleo viene de la luna: una novela del petróleo venezolano
. Edición del autor. 2010.
 
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un Estado dentro del Estado, como los definió Gonzalo Barrios.Las consecuencias han sido mu-chas: desde la ruptura del equilibrio de poderes entre el Estado, las empresas privadas y la sociedad civil, cuando el primero logró controlar la princi-pal fuente de riqueza nacional, con su subsecuente impacto para la salud de la democracia, hasta las implica-ciones en inversión y producción. En este sentido, Agropet es el antecedente más claro de lo que sería la «Gente del petróleo». Uno de sus principales pro-motores, Gustavo Coronel, fue quien impuso esta categoría en los artículos que sobre el tema publicaba en la fa-mosa revista
Resumen
 de Jorge Olava-rría a principios de la década de 1980.En un extremo del mapa político-ideológico estaban los intelectuales del Partido Revolucionario Venezolano (una escisión del Partido Comunista que no depuso las armas) que en el periódico
Ruptura
 proponían la estati-zación radical como una palanca para llegar al socialismo. En el otro estaba  Agropet, preocupada por mantener la industria fuera del alcance de los políticos, dedicada exclusivamente al negocio petrolero y subordinada a criterios técnicos y gerenciales. Entre ambos había una amplia gradación de tendencias que le daban un peso ma-yor o menor a lo técnico y a lo político en su visión de la industria estatizada. No es, por lo tanto, cualquier cosa que en 2002-2003 los dos grandes ideólo-gos del petróleo del chavismo hayan sido, precisamente, los del PRV, Alí Rodríguez Araque y Bernard Mommer; mientras que sus contrincantes adop-taran para sí el nombre que Coronel ideó para quienes compartían el espíri-tu de Agropet: Gente del petróleo.«Gerentes» y «políticos» respon-dían tendencialmente —porque no eran grupos químicamente homogé-neos— a modelos contrapuestos de modernización que fueron desarrollán-dose desde la década de 1920, en es-pecial entre quienes llegaron a formar la Gente del petróleo, inspirados en el capitalismo occidental (sobre todo el estadounidense) y sus valores, frente a quienes por diversas razones no se in-corporaron a esta forma de entender al mundo, lo hicieron parcialmente o in-cluso albergaron resentimientos frente a ella. Entre estos últimos se encontra-ban no solo quienes ideológicamente eran en mayor o menor medida antica-pitalistas y antiliberales, desde católi-cos nacionalistas como Mario Briceño-Iragorry hasta, naturalmente, todo el piélago de los marxistas, sino también gente de a pie que por distintos moti-vos se sintió perdedora o excluida de la bonanza petrolera, tuviera o no razón en sus conclusiones.La polarización que, a diez años del paro petrolero, sigue existiendo en Venezuela puede entenderse por estas dos formas de ponderar los últi-mos cincuenta o sesenta años de his-toria, el proyecto de país desarrollado durante ese tiempo y los valores que llevó adelante. Otro tema clave es el del nacionalismo venezolano. Como con todo, hay diversas formas de ser nacionalista. Hay un nacionalismo —el llamado «negativo»— que se centra en la defensa de determinados valores patrimoniales, indistintamente de lo que tengan de «tradición inventada». Existen otros —como los liberales— que entienden la transformación radi-cal de la sociedad como la prueba in-superable del amor a la patria: hacerla a imagen de los países más modernos y poderosos. Aunque desde la desco-lonización en la década de 1960 casi todos los nacionalismos combinan un poco de ambas cosas, hay una dife-rencia, por poner dos casos extremos, entre ser nacionalista como Kemal Ata-turk y serlo como el Ayatola Khomeini.Las memorias que Gustavo Coro-nel (1934) publicó en forma novelada en 2010 —el libro no tiene pie de im-prenta, pero tal es la fecha del prólogo, a cargo de Antonio Pasquali— consti-tuyen una fuente de gran importancia para el estudio de estos problemas. Re-curriendo a un heterónimo, Bernardo Mateos (lo cual le permite, en ciertos casos, desdoblarse y hablar de sí mismo en tercera persona), Gustavo Coronel va narrando no solo su vida de «hom-bre del petróleo», sino también la his-toria de la industria petrolera que vivió y padeció. En especial, pudiera leerse como una de las primeras historias —acaso la primera— que de Pdvsa se han escrito. Naturalmente, es la visión de un hombre, y de uno, además, que siem-pre tuvo posturas claras ante las cosas y que nunca ha parecido especialmente temeroso de las polémicas. El talante de sus artículos durante los últimos años frente al régimen chavista es básicamen-te el mismo que tuvo ante las adminis-traciones de Pdvsa que, en la década de 1980, le parecieron erráticas y que marcaron su salida de la estatal. Eso, en buena medida, apuntala su estatura moral, incluso si no se está de acuerdo con sus ideas.Para el venezolano de hoy —en-frentado a la dicotomía de una «nueva Pdvsa» que nada bueno ve en la ante-rior y se declara radicalmente distinta de ella, y la Pdvsa profesional y exito-sa que según otro sector existió hasta 2003 y se contrapone a la «nueva», ineficiente y corrupta— tal vez lo pri-mero que llame la atención sea la ima-gen que Coronel da de Pdvsa. Aunque su veredicto frente a la nueva Pdvsa es muy negativo, ve «las semillas del fracaso» (así se titula un capítulo, pp. 304-326) en la década de 1980. A par-tir de la gestión de Humberto Calderón Berti (uno de los grandes villanos del libro), describe una empresa cada vez más dominada por los políticos y sus cálculos, en contravía a lo prometido por Carlos Andrés Pérez. ¿Continuida-des entre la «nueva» y la «vieja» Pdv-sa? ¿2003 como el puntillazo final de un control político sobre los gerentes iniciado con Calderón? Una herejía para ambos bandos que es necesario estudiar y muestra hasta qué punto Coronel escribe sin ataduras.Con su salida de Meneven en 1987, por no prestarse a lo que dibuja como un negociado de bienes raíces, Coronel llega a su punto de no retorno con la estatal. Pdvsa comenzaba a ser víctima de lo que llama «la contaminación al re-vés»: en vez de «contagiar al resto de la administración pública con los buenos hábitos gerenciales imperantes de la in-dustria petrolera» (p. 350), la industria se contagió con los malos hábitos de la administración pública. Esta idea atra-viesa todo el libro y probablemente sea la nuez del pensamiento de los gerentes del petróleo. Lo señala cuando rememo-ra sus días en la Shell y los encontrona-zos que tuvo con los funcionarios del Ministerio de Hidrocarburos; después,
Recurriendo a un heterónimo, Bernardo Mateos (lo cual le per
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mite, en ciertos casos, desdoblarse y hablar de sí mismo en tercera persona), Gustavo Coronel va narrando no solo su vida de «hombre del petróleo», sino también la historia de la industria petrolera que vivió y padeció

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