inteligible. Por la acción mantenemos con el objeto real una relación viva, lo captamos,lo concebimos. La imagen neutraliza esta relación real, esta concepción original delacto. El famoso desapego de la visión artística –en el cual– se detiene el análisis actualde la estética –significa antes que nada una ceguera con respecto a los conceptos.El desapego del artista apenas amerita este título. Excluye precisamente la libertad quela noción de desapego implica. Hablando rigurosamente, excluye el sometimiento quesupone la libertad. La imagen no engendra como el conocimiento científico y como laverdad; una
concepción
–no conlleva el
laisser être
(dejar ser), el “
Sein-lassen
” deHeidegger, donde se lleva a cabo la transformación de la objetividad en poder. Laimagen marca una influencia sobre nosotros, más que sobre nuestra iniciativa: una pasividad innata. Poseído, inspirado, el artista, dicen, escucha una musa. La imagen esmusical. Pasividad que es directamente visible en la magia del canto, de la música, de la poesía. La estructura excepcional de la estructura estética trae consigo este singular término de magia, que nos permite precisar y concretar la noción un poco desgastada de pasividad.La idea de ritmo, que la crítica de arte invoca tan frecuentemente, aunque dejándola enestado de una vaga noción sugestiva y “passe-partout”, indica la manera en que el orden poético, mas que una ley inherente a de este orden, nos afecta. De la realidad sedesprenden conjuntos cerrados donde los elementos se nominan mutuamente comosílabas de un verso, pero que sólo se llaman entre si cuando se nos imponen. Pero se nosimponen sin que los asumamos.
O más bien es nuestro consentimiento de ellos el que setransforma en participación
. Entran en nosotros o nosotros entramos en ellos, pocoimporta. El ritmo representa la situación única donde podemos hablar deconsentimiento, de asunción, de iniciativa, de libertad –porque el sujeto es sorprendidoy llevado. Toma parte de su propia representación. Pero
no a pesar suyo
, porque en elritmo desaparece el uno mismo: como un paso del si mismo al anonimato. Esto es elembrujamiento o el encantamiento de la poesía y de la música. Un modo de ser al queno se aplica ni la forma del conciente, puesto que el yo se despoja de su prerrogativa deasunción, de su poder, ni la forma del inconsciente, porque toda la situación y todas susarticulaciones están presentes en una oscura claridad.
Sueño despierto
. Ni la costumbre,ni el reflejo, ni el instinto se mantienen en esta claridad. El particular automatismo delandar o de la danza al son de la música es un modo de ser donde nada es inconsciente, pero donde la conciencia, paralizada en su libertad, juega, absorbida por completo enese juego. Escuchar la música es, en un sentido, contenerse de bailar o andar. Elmovimiento, el gesto, importan poco. Sería más justo hablar de interés que de desapegoa propósito de la imagen. Ésta es interesante, sin ningún espíritu de utilidad, en elsentido de “entraînante” (arrastrar). En el sentido etimológico: estar
entre
las cosas que, por lo tanto, no tendrían que tener más que rango de objetos. “Entre las cosas”, distintodel “estar en el mundo” heideggeriano, constituye lo patético del mundo imaginario delsueño: el sujeto está entre las cosas, no solamente en su profundidad de ser, exigiendoun “aquí”, un “algún lugar” y conservando su libertad. Está entre las cosas, como cosa, participando del espectáculo, exterior a él, de una exterioridad que no es la de uncuerpo, ya que el dolor de ese yo-actor, ese yo-espectáculo lo resiente sin que sea por compasión. En verdad exterioridad de lo íntimo.Es sorprendente que el análisis fenomenológico no haya buscado sacar partido de esta paradoja fundamental del ritmo y del sueño, que describe una esfera situada fuera delconsciente y del inconsciente, y donde la etnografía ha puesto en evidencia su rol en
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