Cambio de poderJessica T. MathewsDe Foreign Affairs En Español, enero-febrero de 1997
Resumen: La revolución de las telecomunicaciones ha provocado una redistribución de poder.El papel westfaliano de los estados se ve disminuido ante la expansión de los protagonistas noestatales. Más allá de los intereses oficiales, las organizaciones no gubernamentales tienencontacto directo con los pueblos, llevando consigo la esperanza de un mundo más justo y conmayor capacidad para manejar los problemas interconectados de la humanidad.
EL ASCENSO DE LA SOCIEDAD CIVIL GLOBAL
EL FIN DE LA GUERRA FRÍA no ha traído únicamente ajustes entre los estados, sino unanovedosa redistribución del poder entre los estados, los mercados y la sociedad civil. Losgobiernos nacionales no sólo pierden autonomía en una economía globalizante, sino quecomparten los poderes –incluidas las funciones políticas, sociales y de seguridad, queconstituyen los elementos básicos de su soberanía– con empresas, organizacionesinternacionales y una multitud de grupos ciudadanos, conocidos como organizaciones nogubernamentales (ONG). La progresiva concentración de poder en manos de los estados,iniciada en 1648 con la Paz de Westfalia, ha terminado, al menos por el momento. La autoradesearía reconocer las contribuciones de los autores de diez monografías realizadas para elgrupo de estudio del Consejo de Relaciones Exteriores, "Sovereignty, Nonstate Actors, and the New World Politics", en que se basa este artículo.Se disuelven los absolutos del sistema westfaliano: los estados con territorio fijo que abarcandentro de sus fronteras todo lo que tiene valor; la autoridad única, laica, que gobierna cadaterritorio y lo representa fuera de sus límites; los estados sobre los cuales no pesa ninguna otraautoridad. Cada vez más, los recursos y las amenazas de importancia, incluidos el dinero, lainformación, la contaminación y la cultura popular, circulan y conforman las vidas y laseconomías casi sin respetar las fronteras políticas. Las normas internacionales de conductacomienzan a restar valor a las pretensiones de especificidad nacional o regional. Incluso losestados más poderosos se percatan de que el mercado y la opinión pública los obligan cada vezmás frecuentemente a seguir un curso determinado.La tarea capital del Estado (garantizar la seguridad) es la menos afectada, pero de todos modosno se ve exenta de esta tendencia. La guerra no desaparecerá, pero con la disminución de losarsenales nucleares estadounidenses y rusos; la transformación del Tratado de la NoProliferación de las Armas Nucleares en un pacto permanente a partir de 1995; el Tratado deProhibición Total de Ensayos Nucleares de 1996, al que se aspiró durante tanto tiempo; y la probable entrada en vigor en 1997 de la Convención sobre Armas Químicas, la amenaza a laseguridad de los estados por otros estados se encuentra en un curso descendente. Aumentan, sinembargo, los peligros no tradicionales, como el terrorismo, la delincuencia organizada, el tráficode drogas, los conflictos étnicos y la combinación del rápido crecimiento demográfico, eldeterioro del medio ambiente y la pobreza (que provoca estancamiento económico, inestabilidad política y, en ocasiones, lleva los estados al colapso). La mayoría de los casi cien conflictosarmados surgidos luego de terminada la Guerra Fría se produjo dentro de las fronteras de losestados. Muchos tuvieron su origen en las medidas de los gobiernos contra sus propiosciudadanos, a causa de la extrema corrupción, la violencia, la incompetencia o el desplometotal, como en Somalia.Estas tendencias han alimentado la sensación creciente de que la seguridad de las personas no sederiva necesariamente de la de su país. Poco a poco, surge en los márgenes del pensamientooficial un criterio rival sobre la "seguridad humana", según la cual debe vérsela como algo queemerge de las condiciones de la vida diaria –alimento, vivienda, empleo, salud y seguridad