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 STANISLAW LEMNació el 12 de septiembre de 1921 en Lvov, ciudad de Ucrania que hasta1939 perteneció a Polonia. En la actualidad reside en Cracovia. Durantela Segunda Guerra Mundial, trabajó como mecánico de automóviles.
 
Terminada la guerra, estudió medicina,, especializándose en sicología. Se
 
ha interesado también por cuestiones de matemáticas y cibernética, y es
 
miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica. Desde 1973enseña Literatura Polaca en la Universidad de CracoviaOTRAS OBRAS DEL AUTORMemorias encontradas en una bañera*(Pamietnik Znaleziony w Wannie, 1961)
 
Ciberiada* (Cyberiada, 1965)
 
Diarios de las estrellas*(Dzienniki Gwiazdowe, 1971)La fiebre del heno* (Katar, 1976)La investigación** (Sledztwo, 1977)
 
Publicada en esta colección
 
** De próxima publicación en esta colecciónSTANISLAW LEMRETORNO DE LAS ESTRELLAS
 
BRUGUERATítulo original: POWROT Z GWIAZDTraducción: Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio1.* edición: enero, 1980 2.' edición: diciembre,1983La presente edición es propiedad de Editorial Bruguera, S. A.
 
Camps y Fabres, 5. Barcelona (España)
 
© 1961 by Stanislaw Lem
 
Traducción: © Editorial Bruguera, S. A. - 1978
 
Presentación: Cario Frabetti - 1978Diseño de cubierta: Neslé SouléPrinted in SpainISBN 84-02-06819-7 / Depósito legal: B. 35.508 - 1983
 
Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A.
 
Carretera Nacional 152, km 21,650. Parets del Valles (Barcelona) -1983PRESENTACIÓNEl retorno imposibleEl tema —incluso el título— de esta novela es un tópico de laciencia ficción: el astronauta que parte hacia un objetivo lejano y a
 
su regreso, a causa de la contracción relativista del tiempo, se en-
 
cuentra con que el mundo que dejara al partir pertenece al pasado.Desde Cuando el durmiente despierte, de H. G. Wells, el asombrodel hombre contemporáneo ante su futuro (al que puede llegar
 
mediante hibernación, máquina del tiempo o contraccióneinsteiniana), constituye un tema recurrente del género.Pero, como suele ocurrir con Lem, en sus manos un temaaparentemente familiar se reviste desde el primer momento de una luzinsólita e inquietante. Algo tan obvio como los problemas de
 
adaptación de un astronauta que, tras una ausencia de diez años, seencuentra con que en la Tierra ha pasado más de un siglo, da lugar a
 
la más desazonadora reflexión sobre la fragilidad de nuestros valores
 
y la soledad e indefensión del hombre, no sólo entre las estrellas, sino
 
entre sus propios semejantes.
 
Una vez más Lem nos ofrece el relato en primera persona de unastronauta, recurso al parecer tan caro al autor como maleable ensus manos (recordemos al paradójico Ijon Tichy de Diarios de las
 
estrellas y al protagonista de La fiebre del heno). Y es que el
 
símbolo del astronauta no podría ser más adecuado, si de lo que setrata es de meditar —ya sea de forma jocosa o dramática— sobre la
 
incesante búsqueda del hombre más allá de sus condicionamientosinmediatos.Retorno de las estrellas es en cierto modo una antiodisea, en lamedida en que la épica clásica expresa el mito del eterno retorno y
 
Lem lo impugna: no hay Penélope que desteja el tapiz de la historia,
 
ni siquiera de la historia individual, y el viajero que es cada
 
hombre deberá hacerse a la idea de que el horizonte es
 
inalcanzable, tanto hacia adelante como hacia atrás.
 
CARLO FRABETTI
 No llevaba nada, ni siquiera un abrigo. Dijeron que no era
 
necesario. Me permitieron conservar el jersey negro, menos mal.
 
Y logré quedarme con la camisa; pensaba que me costaría un poco
 
acostumbrarme a prescindir de ella. En el mismo pasillo, bajo el casco
 
de la nave, donde nos agolpábamos, Abs rne alargó la mano con una
 
sonrisa de complicidad.
 
—Ten cuidado...Ya había pensado en ello; no le estrujé la mano. Me sentía
 
completamente tranquilo. El quiso decir algo más, pero se lo impedí 
 
dando media vuelta, como si no hubiese advertido nada, y subí los
 
peldaños hacia el interior. La azafata me condujo entre los asientos
 
hasta la parte delantera. Yo no quería ir en primera clase, y pensé
 
que ya la habrían puesto al corriente. El asiento se abrió sin ruido.
 
Ella me ajustó el respaldo, me sonrió y se fue. Tomé asiento. Cojines
 
blandísimos, como en todas partes. Los respaldos eran tan altos queapenas podía ver a los otros pasajeros. Ahora ya aceptaba sin resisten-
 
cia la policromía de los vestidos femeninos. Sin embargo, continuaba
 
viendo insensatamente en los hombres un disfraz de carnaval y había
 
esperado en secreto que aparecerían algunos con trajes normales; un
 
reflejo necio. Todos se sentaron en seguida; ninguno llevaba
 
equipaje, ni siquiera una cartera o un paquete. Las mujeres tampoco.
 
De repente Rae pareció que éstas nos superaban en número, Delante demí había dos mulatas con chaquetones de piel que imitaban las
 
plumas del papagayo; debía de imperar la moda de los pájaros. Más
 
allá, un matrimonio con un niño. Después de los cegadores? elenóforos
 
del andén y los túneles, después de la insoportable luz propia de las
 
plantas callejeras, la luz del techo convexo parecía un resplandor suave.
 
Coloqué las manos sobre las rodillas, pues en cierto modo me
 
estorbaban. Ocho hileras de asientos grises, una fragancia de abetos,
 
la quietud de conversaciones ahogadas. Esperé el anuncio del
 
despegue, una señal cualquiera, la orden de colocarse el cinturón de
 
seguridad. No ocurrió nada. Por el techo mate empezaron a pasar
 
sombras confusas, parecidas a siluetas de pájaros de papel. «¿Qué
 
diablos significan estos pájaros? —pensé, desconcertado—. ¿O no
 
significan nada?» Estaba como petrificado en mi tensa atención,
 
procurando no hacer nada incorrecto. Aquello duraba ya cuatro días.
 
Desde el primer momento. Siempre me quedaba rezagado frente a los
 
acontecimientos, y la tentativa constante de comprender una situación
 
o un diálogo fue transformando poco a poco mi tensión en un
 
sentimiento que se parecía mucho a la desesperación. Estabafirmemente convencido de que los deriás sentían lo mismo. Pero nohablábamos de ello, ni siquiera cuando nos encontrábamos solos. Sólohacíamos bromas sobre nuestro exceso de fuerza, y era cierto que de-
 
bíamos tener mucho cuidado: al principio, cuando quería levantarme,
 
saltaba hasta el techo, y todo lo que agarraba con la mano se me
 
antojaba como de papel. Entonces aprendí bastante de prisa a controlar
 
mi propio cuerpo. Al saludar ya no estrujaba la mano de nadie,
 
aunque por desgracia esto era lo menos importante.
 
Mi vecino de la izquierda, corpulento, bronceado, de ojos un poco
 
demasiado brillantes —tal vez llevaba lentes de contacto—,desapareció de pronto porque los lados de su asiento seensancharon: los brazos se elevaron y se unieron hasta formar una
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