En el curso de los \u00faltimos cien a\u00f1os las sociedades que habitan Europa Occidental y Am\u00e9rica del Norte han alcanzado notable dominio sobre la naturaleza exterior. El espectro del hambre, que acechaba constantemente a las civilizaciones antiguas y medievales y que a\u00fan hoy amenaza con la destrucci\u00f3n a las masas campesinas de Asia ya las tribus b\u00e1rbaras del Pac\u00edfico, ha sido eficazmente desterrado, salvo en aquellas ocasiones en que la propia sociedad lo evoca a trav\u00e9s de su conducta belicosa. Las plagas y la peste, que, conjuntamente con el hambre, constitu\u00edan un peligro general cuando se compil\u00f3 la Letan\u00eda de la Iglesia de Inglaterra, son problemas que el hombre es capaz de controlar, salvo - tambi\u00e9n en este caso - cuando la guerra favorece su aparici\u00f3n. Como consecuencia de ello, la vida media del ser humano se ha alargado considerablemente. Las estupendas fuerzas naturales encauzadas por la turbina, el motor el\u00e9ctrico y el motor de combusti\u00f3n interna trabajan en beneficio de los fines sociales - y de los antisociales - del hombre m\u00e1s eficazmente que los m\u00fasculos de millares de sudorosos jornaleros o de robustos bueyes. El aire acondicionado emancipa a la actividad humana de los caprichos del tiempo, y hace a la vida igualmente tolerable, sana y c\u00f3moda en medio de una tormenta de polvo o bajo una nevada. El hombre puede circunvalar el globo r\u00e1pida y seguramente por tierra, mar y aire, transportando de un polo al otro tanto los art\u00edculos de primera necesidad como los superfluos. El tel\u00e9grafo, el tel\u00e9fono, la radio y la televisi\u00f3n han
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