POLÍTICA Y ESTRATEGIA
Hay muchos que creen que la preparación para la guerra es sólo cuestión de dinero, hombres,medios e industria para producirlos. Esta idea, casi inocente en la paz, suele ser el origen deuna verdadera tragedia cuando la lucha llega.La guerra es la continuación de la política por otros medios; por eso, en la preparación que lapolítica internacional y la política interna realizan para la guerra residen a veces factores deéxito más decisivos que los de las fuerzas mismas. Muchas guerras se han perdido a causa deerrores acumulados en la etapa de acción de la política.Los países que todo lo confían a su poder poseen la política de su fuerza y suelen renunciar a lahabilidad. Los débiles, generalmente, desde que carecen de poder, deben servirse de suhabilidad y tienen sólo la fuerza de su política. El ideal, que rara vez se presenta en la historia,es poseer la fuerza al servicio de la habilidad.El político y el estratego se sirven y complementan mutuamente. El primero preparapolíticamente la guerra; el segundo la realiza y, terminada ésta, vuelve el político para sacar lasventajas de la paz que sobreviene, pues es menester también saber “ganar la paz”. Por eso esque las guerras modernas de coalición requieren tanto hábiles políticos como capacitados yafortunados estrategos.Con políticos prepotentes e insidiosos que emplean engaños, amenazas, presiones, coerciones obloqueos económicos para obligar a los gobiernos, sólo se siembran vientos que, a veces, llevana cosechas de tempestades. Lo más que se alcanza con ese método es aumentar el número deenemigos ocultos, que si sirven por temor lo hacen sólo aleatoriamente. Flaco servicio hacencon ello estos políticos a los conductores de la guerra. El oficio del estratego es, en últimasíntesis, llevar pueblos y hombres a la muerte. A la muerte se la enfrenta sólo cuando se tieneuna causa, se está persuadido de la necesidad de hacerlo y se han desarrollado los valoresmorales para enfrentarla. Tales políticos llevan a la impopularidad de la guerra. En estostiempos, de continentes en armas, la guerra impopular vale más no iniciarla.En la guerra de coalición algunas naciones ponen su destino en manos de políticos y estrategosextranjeros. El menor derecho que les asiste es contar con la garantía mínima de sucompetencia y capacidad. A nadie puede obligarse, ni aun por la fuerza, a confiar su destino enmanos de hombres incapaces y desprestigiados.El engañoso clima de la propaganda puede servir para sorprender a incautos en tiempos depaz. La guerra, con la aplastante elocuencia de los hechos, rompe toda posibilidad de apoyarvictorias inexistentes en la difusión sofística de noticias optimistas.Si se anhela reforzar la influencia de América y para eso se convoca a la reunión de cancilleres,debemos confesar que será necesario dar nuevo impulso a la Organización de los Estados Americanos, detenida durante largo tiempo en sus efectos.Tal actitud se debe a que las cosas no van bien en el “Atlántico Norte”, pues Washington haperdido sensiblemente prestigio y autoridad en todo el mundo desde su intervención en Corea.Estados Unidos, por primera vez desde la segunda guerra mundial, comienza a sujetar suconducta a los consejos de Londres. La política norteamericana es frenada, primero, con el viajede Attlee, que obliga a Truman a cambiar de rumbo, y luego se le imponen las negociacionescon China contra su gusto. La renuncia inglesa al Plan Marshall indica que Londres buscarecobrar su libertad de acción. Hoy ya se habla de un cierto distanciamientoanglonorteamericano.Londres, sutilmente, asegura la acción de conjunto en la “Conferencia del Commonwealth” yextiende la influencia de su dirección política a numerosos países del mundo, y los efectoscomienzan a hacerse sentir. Divide el gobierno del mundo occidental. Enfrenta su “habilidad” ala “fuerza”.Por eso Estados Unidos, frente a la propia debilidad de su política, busca fortalecerse en laprotección del sistema creado por la Organización de los Estados Americanos.Los graves errores de la dirección política comienzan a hacerse sentir, al punto de pensar yexpresar algunos norteamericanos eminentes que el último reducto defensivo de la políticayanqui está en América y que hay que encerrarse en él.Los millones del Plan Marshall, la inmensa propaganda, las presiones de todo orden, lasmaniobras bruscas e incongruentes de los agentes políticos de las embajadas, las costosasconferencias internacionales, los congresos de prensa, la acción de las empresas informativasdirigidas y la de los servicios de inteligencia, parecen esfumarse en sus resultados prácticos.
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