la fotografía como algo que obligara a un juicio sobre la especificidad del propio campo delarte. Igual que el carácter documental y la funcionalidad comunicativa de la fotografía hansido planteados siempre desde un
a priori
irrefutable, así también la condición artística deuna foto suele ser aceptada como una especie de homogeneidad desde la que se puede pasar por alto cualquier tensión entre funciones extra artísticas, incorporadas también al lenguajede la fotografía.En esas condiciones la artisticidad de una foto parece ser un concepto que se define y seconstruye desde una posición distinta al de la funcionalidad de la foto dentro de los lenguajesartísticos. Si bien el segundo concepto tiene en cuenta los contactos y los cruces entre ellenguaje fotográfico y otros, el primero presume una suerte de autonomía, protegida desde parámetros muy particulares. Esos parámetros, de acentuada raigambre modernista, atiendenespecialmente a la evaluación de las soluciones formales y de la capacidad del autor paradedicar la destreza técnica al logro de dichas soluciones formales. De hecho, en talescircunstancias, la figura del autor suele construirse como un valor a partir de la exhibición dela destreza técnica, un poco a pesar del valor formal de la foto. Por otra parte, también seasocia a la construcción de la cualidad artística, la habilidad para relacionar las solucionesformales con determinados contenidos que se aprecian a partir de la capacidad discursiva dela propia foto, es decir de su capacidad para desencadenar una especie de metatextualidad por medio del uso más o menos eficiente de una retórica visual.En general la Bienal de Fotografía siempre ha incluido la necesidad de proveer a la foto deun espacio propio, que debería funcionar dentro de la lógica del museo, rigiendo lascondiciones de la contemplación y estableciendo la contemplación como paradigma de larealización de la foto como objeto estético. En tal sentido, la creación del Centro de laImagen, en 1994, vino a ofrecer el espacio idóneo para la contextualización museológica dela Bienal de Fotografía; asimismo, aunque el Centro de la Imagen no se define como unmuseo, la Bienal de Fotografía es probablemente uno de los proyectos que de manera másevidente impone en esta institución la necesidad de asumirse desde los modelos de lamuseología contemporánea. No deja de ser interesante, en consecuencia, que una partesignificativa de la colección del Centro de la Imagen esté constituida por obras que provienen de las diversas ediciones de la Bienal de Fotografía y que la propia bienal se hayaconstituido en uno de los proyectos claves del Centro, para garantizar el impacto de lainstitución dentro de la comunidad artística y, en general, para justificar la funcionalidad dela institución de acuerdo a sus objetivos de promoción, circulación, consumo y evaluación -tanto como de educación, investigación, archivo y conservación (todas éstas, funcionesmuseológicas) de la fotografía a nivel nacional e internacional.Demostrar que la creación del Centro de la Imagen transformó significativamente la historiade la Bienal de Fotografía requeriría de un análisis mucho más concienzudo y autorizado queel que da origen a este texto. Sin embargo,
grosso modo
pueden señalarse algunos puntosque resultan útiles para sugerir una pauta. Primero, en términos cuantitativos, la VII Bienalde Fotografía (primera celebrada después de la constitución oficial del Centro de la Imagen)muestra una diferencia respecto a las anteriores: En la Segunda Bienal de Fotografía se habíaseñalado la cantidad de 165 participantes, mientras que en la tercera se contaron 224 autoresy en la cuarta edición sólo llegan 206 aspirantes. La Quinta Bienal y la sexta tuvieron 146 y326 participantes respectivamente, mientras que en la Séptima Bienal de Fotografía,celebrada en 1995, se contaron 560 propuestas, un número sin precedentes.Por otra parte, creo que pueden señalarse dos tendencias en ese proceso de legitimaciónestética de la fotografía, que ya he comentado. Las cuales estarían marcadas por diferentes
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