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MANOLA
Supermicio
Inscrito en el registro de la Propiedad Intelectual© Hu-28-2006supermicio4@hotmail.com1
 
Cada loco, con su tema
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Trabajo de corrector en una editorial de tres al cuarto. Mi dueño, también llamado jefe,se las da de culto porque edita libros. En cambio las noticias apuntan a que sus lecturasson tan esporádicas como sus ideas brillantes y se componen, fundamentalmente, deinstrucciones para el manejo de electrodomésticos y folletos publicitarios. Y de escribir,no digamos: sus obras completas se condensan en la esquela de su señor padre,fundador de la editorial que ahora maneja, no sé si con mano de hierro o pata de burro,el silvestre que lo enterró a base de disgustos.Muchas cosas contribuyen a que el negocio funcione pese a estar en manos de untroglodita. Una es Internet. Cuando el heredero se dio cuenta de que además del fácilacceso al porno, la red permitía otras ventajas -tardó cinco años en advertirlo-, nosmandó a todos los correctores a casita. Allí nos mandan por correo los originales ynosotros devolvemos a Cenicienta adecentada y bien vestidita para presentarla ensociedad. De esa forma la empresa ahorra diez mazmorras habilitadas como despacho,diez ordenadores, reduce las facturas de luz, teléfono, etcétera. Adivinen quién lo paga.Esta organización de las tareas me apartó definitivamente del mundo.Trabajo por la mañana. Suena el despertador a eso de las siete. Remoloneo un poco -esla ventaja de no tener que fichar- y luego, invariablemente, me rasco la barriga, me pongo en posición fetal para descerrajarme un buen cuesco, y me levanto suspirandomientras deseo fervientemente que llegue el fin de semana. Desayuno escuchando en laradio los últimos rebuznos de los políticos, la relación de calamidades patrias, lasnoticias internacionales -de importancia graduada por el número de muertos y sucontinente de procedencia- y, finalmente, los deportes -partidazos del siglo, lesiones ydiarreas de futbolistas célebres y otras cosillas de igual trascendencia-; después meducho. Me afeito día sí, día no, y antes de eventos significativos. Me pongo la segundataza de café y a las ocho en punto estoy ante el ordenador, enfrentado a los delirios dealgún tarado con ínfulas de escritor. A las once me levanto; voy al baño y meo con una potencia de la que sólo una próstata intacta puede vanagloriarse. Acto seguido tripeouna tostada con queso y el tercer café del día; luego me rasco los mismísimos hasta lasdoce. Desde esa hora sigo currando hasta las dos y media. No doy golpe el resto del día.En resumen: trabajo sólo cinco horas y media. Parece poco, pero en casa cunde muchomás que nueve o diez horas en las oficinas de la editorial: nadie viene a molestar  preguntando cosas, ni a tocar las narices con temas de intendencia. Tampoco teentretienes comentando chorradas con los compañeros. En casa, a lo sumo, sufro un par de llamadas telefónicas de apenas un par de minutos cada una. Por ese lado miexistencia ha mejorado; al menos mientras sea capaz de mantener en secreto que lo queantes hacía en diez horas ahora me lo pulo casi en la mitad. De vez en cuando me toca ir a las oficinas, pero siempre poco rato y en horario matutino.Los inconvenientes del trabajo en casa son tres:El primero, la imposibilidad de beneficiarme de las ventajas que para la tranquilidadespiritual tiene la contemplación de las mamas y el trasero de la secretaria delcavernícola del jefe. Ignoro en qué tipo de antro la conoció -es asiduo a muchos-; nosabe hacer la
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con un canuto y es incapaz de cometer menos de dos faltas de ortografía por cada tres líneas de escritura. Las malas lenguas dicen que eso no le importa al capo, porque el principal trabajo que le encomienda no es escrito, sino oral.3
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Ejem, ejem... ¿Qué hace Manola por aquí?

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