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León Tolstoi
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A T. A. ERGOLSKAIA
(En francés en el original)
Tiflis, 6 de enero, 1852
Mi muy querida tiíta:

Ahora mismo he recibido vuestra misiva del 24 de noviembre y la contesto ya (según la costumbre adoptada). Hace poco os escribía que lloré sobre vuestras líneas y atribuía esto a la enfermedad. Fue un error por mi parte: desde hace algún tiempo vengo llorando sobre todas las vuestras. Desde siempre fui León el llorica; antes me avergonzaba de esta debilidad, pero ahora pensando en ti y en tu cariño por nosotros me corren unas lágrimas tan dulces que ya no siento en absoluto vergüenza de ellas. Tu carta de hoy es muy triste y me ha causado el mismo efecto. Siempre me has dado consejos, y, por desgracia, no siempre los he seguido, aunque quisiera vivir toda la vida de acuerdo con ellos; permíteme contarte la impresión de tu carta, y los pensamientos que ella me ha provocado. Por el afecto que siento por ti, perdóname si lo hago quizá con excesiva franqueza. Dices que te ha llegado la hora de ir con los que con tanto ardor amaste en vida, que ruegas a Dios por el fin de tu solitaria y penosa existencia.

Perdóname, querida tiíta, pero pienso que pecas contra la voluntad de Dios, me ofendes, y conmigo, a todos los que te amamos. Rezas por tu muerte, por lo que es para mí la mayor desdicha (y no es una frase: Dios lo sabe, que no concibo mayor desventura que tu final y el de Nikolenka, las dos personas a las que amo más que a mí mismo). Si el creador oyera tus súplicas, ¿qué sería de mí? ¿Para qué serviría entonces el ansia por corregirme, de tener nobles cualidades y alcanzar una buena reputación entre los demás? Al hacer yo planes de vida feliz siempre te llevo en mente, pienso en ti y en que compartirás mi felicidad. Si mi modo de actuar es bueno, me alegro porque sé que te dará satisfacción. Cuando no es discreto temo, sobre todo, tu amargura. Tu cariño lo es todo para mí, y sin embargo rezas a Dios para que nos separe. ¿Cómo expresar mis sentimientos por ti? No hay palabras para enunciarlos; quizá pienses que exagero, pero estoy bañado en lágrimas. Debido a esta penosa separación he llegado a conocer el valor de tu amistad y el gran cariño que por ti siento.

¿Y es que soy yo solo quien te tiene tanto afecto? Ruegas a Dios por el fin de tus días. Hablas de soledad; aunque nos hallemos distanciados, confía en mi cariño, y esto servirá de consuelo a tu aflicción; consciente de tu cariño en ningún sitio podría yo sentirme solo. Tengo que reconocer, no obstante, que en todo lo escrito no me guía un buen sentimiento, tengo celos de tu pesar. Hoy me ha sucedido algo que me habría hecho creer en el Altísimo, de no ser firme creyente hace ya tiempo.

En el verano en Stari Yurt, los oficiales no hacían otra cosa que jugar, y cantidades grandes. Viviendo en el campamento es imposible no tropezarse con esto continuamente; y a menudo presenciaba yo el juego, pero no cedía a las reiteradas insistencias de que tomase parte; así me mantuve todo un mes. Pero un buen día, bromeando, aposté una insignificancia y perdí; volví a apostar y perdí de nuevo; no tuve suerte; se removió la pasión por el juego y en dos días gasté todo mi dinero y lo que me dio Nikolenka (unos 250 rublos en plata), además de otros 500 rublos en plata por los que di una letra a pagar antes de finalizar enero de 1852. He de decirte que cerca del campamento hay un aúl en el que viven chechenos. Un joven (checheno), llamado Sado, solía venir al campamento y jugaba. No sabía contar ni

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anotar, y había rastreros oficiales que lo engañaban. Por eso, yo nunca jugaba contra él, trataba de disuadirlo de que jugase, diciéndole que lo engañaban, y le propuse jugar por él. Quedó muy agradecido y me regaló un monedero. Como es la costumbre de esta nación corresponder con otro regalo, yo le regalé una escopetilla que me había costado 8 rublos. Para hacerse kitnak, o sea amigo, es necesario, según la costumbre, intercambiarse regalos primero, y después, tomar alimento en casa del kunak. Y, siguiendo la antigua usanza de este pueblo (que se conserva solamente por tradición), se convierten en amigos a vida y muerte, y cualquiera que sea lo que yo le pida: dinero, la mujer, su arma, todo cuanto él tiene de más preciado, debe dármelo, y, del mismo modo, tampoco yo puedo negarle nada.

Él me invitó a su casa y me propuso ser kunak. Yo fui; tras obsequiarme según sus costumbres, me ofreció que cogiera lo que me gustase: un arma, un corcel, lo que yo quisiera. Intenté elegir algo no muy caro y tomé un bridón con guarniciones de plata; pero él dijo que lo afrentaría, y me obligó a coger un sable que valdrá, por lo menos, 100 rublos de plata. Su padre es hombre acaudalado, pero tiene el dinero guardado, y no le da al hijo nada. Por eso el hijo roba caballos o vacas al enemigo y arriesga en ocasiones veinte veces su vida para apropiarse de algo que no suele valer nada; lo hace, no por interés, sino por osadía. El cuatrero hábil goza de gran estima y adquiere el sobrenombre de bravo dzhiguit. Él oratiene 1.000 rublos de plata ora ni un solo copec. Tras mi visita le di el reloj de plata de Nikolenka y nos hicimos íntimos amigos. A menudo me enseñaba su lealtad corriendo peligros diversos por mí; lo cual es valorado entre ellos, ya que no es más que una costumbre y un placer. Al marcharme de Stari Yurt, Nikolenka se quedó allí, y Sado iba todos los días a verle, no sabía lo que hacer sin mí, en medio de un gran aburrimiento. Al saber por mi carta a Nikolenka que mi caballo estaba enfermo, y yo rogaba que me buscaran otro en Stari Yurt, él se presentó inmediatamente y me trajo el suyo, insistiendo en que lo tomase, por mucho que me negué. Tras mi estúpido juego en Stari Ytsrt no volví a coger un naipe en mis manos y constantemente sermoneaba a Sado, jugador apasionado, que no tiene noción del juego, aunque juega con admirable suerte. Ayer por la noche estuve pensando en mis asuntos monetarios, mis deudas y cómo sanearlas.

Pensé por mucho rato y concluí que, haciendo economías, podría ir pagando las deudas poco a poco en dos o tres años; más los 500 rublos que tenía que pagar en el actual mes me hacían caer en la mayor desesperación. No sabía cómo pagarlos y esto me agobiaba; muchísimo más que aquella deuda cíe los 4.000 con Ogariov. Endeudarme en Rusia, venir aquí y otra vez endeudarme, esto me desesperaba. En la oración nocturna recé con fervor para que Dios me ayudase a salir de tan ardua situación. Al acostarme pensaba: "Pero entonces, cómo se me puede ayudar? Nada puede ocurrir que facilite el pago de la deuda." Imaginaba todas las contrariedades que llegarían por el servicio militar, por este asunto: de qué modo él reclamaría, de qué manera me exigirían una respuesta por la línea de mando, por qué no pago, etc. `Señor, Ayúdame'; dije yo y en esto me quedé dormido.

Y esta mañana recibo carta de Nikolenka, con la tuya y algunas más, en la que me dice: `Por estos días vino a verme Sado, le ha ganado a Knoring tus letras y me las ha traído. Es- taba loco de contento con esta noticia, estaba feliz de verdad, y no hacía otra cosa que preguntarme: "¿Piensas que tu hermano se alegrará de que yo haya conseguido esto? "y por eso yo le tomé un gran cariño. De verdad, este hombre siente afecto por ti. "

¿No es magnífico que al día siguiente se cumpliera mi deseo, o sea, la admirable ayuda de Dios hacia quien tan poco merece, como yo? Y qué emocionante la lealtad de Sado, ¿verdad? El conoce la pasión de Seriozha por los caballos y, cuando le prometí llevarle conmigo si viajaba a Rusia, me dijo que aunque le costase cien vidas robaría en las montañas el mejor ejemplar que hubiera y se lo ofrecería a mi hermano.

Hacedme el favor de mandar a comprar en Tula una pistola de seis cañones y que se me
envíe con una caja de música, si no resulta muy caro; le alegrará mucho tal regalo.
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