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Cave canem o el perro y el hombre antiguo
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El cielo de los antiguos
Prefatio
Como una antigua letanía romana, desde mi cátedra, con insistenciacatoniana repetía diariamente, que el presente sólo nos puedebrindar un mejor futuro, si aprendemos el arte de recoger los frutosdel milenario pretérito.Cuando era niño, vivía en la capital de Hungría, en un barrio quelindaba con una antigua ciudad romana, llamada Aquincum. Ahí hevivido durante muchos años. Aprendí de memoria las inscripciones,era frecuente huésped de las ruinas y columnas, y me hice muyamigo de un escriba, que vivía allí desde siglos y siglos, en unsarcofago; llamábase Apiarius...* Todo esto me reveló un maravilloso mundo porque allí me hablaronlos muros, las estelas milenarias, Apiarius el escriba; y hasta el suavesusurro de las olivas hacían correr el velo, que cubría celosamente lossecretos del tiempo infinito.Ese escriba me dijo que el hombre que nace de un querer sin querer,tres veces tiene como compañera a la Muerte. Primero, antes denacer; por segunda vez, cuando deja de latir el corazón y por terceravez cuando el muerto ya no tiene a nadie que pudiera recordarlo.Por ello, fiel a la exhortación pliniana, que nos recomienda escribircosas dignas de ser leídas, he recopilado todo lo que esos viejosmuros y Apiarius comentaban acerca de un mundo pasado...Al escuchar sus interesantes relatos me asombraba la luz de tanprofunda cultura, y a veces, me encandilaban sombras..., sinembargo, perdonando los pecados del presente, anotamos esassombras también, porque cuando la posteridad pretende cubrir con elvelo los vicios del pretérito, demuestra que el presente tampoco esmejor de lo que fue el pasado.Al presentar ahora algunos de los memorables hechos y dichos deesos inolvidables antiguos, creo ofrecer a su memoria un piadosorecuerdo, para vencer esa Tercera Muerte, que es enemiga de laInmortalidad.En las páginas que siguen, Apiarius Marcallinus, el Escriba deAquincum tiene la palabra con los lectores...
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